La pileta

15-08-2012.
Que me he demostrado como un escribidor costumbrista de los de anda pa’lante y escríbete un libraco, así por las buenas y sin esfuerzo (o copiando datos y temas de otros, que tampoco es tarea manca), creo que está claro. Por menos de eso se han titulado escritores algunos y algunas mindundis o, peor, descerebrados diversos, que hasta se postularon y postulan para ser protagonistas y salir en las fotos de todo lo fotografiable, sea una comunión, un entierro, un bautizo, un mitin, o la reunión de hermanas clarisas.

Espero del respetable que acepte esta introducción como justificante y me premie con donaciones, prebendas, condecoraciones varias y, de poder ser, con un sillón en la Academia. Yo lo calentaría con gusto.

Pues que visto el acierto en esto de ser escritor costumbrista, y no tengo abuela y yo me lo digo todo, y pasando de mi natural mala leche, tendente a la crítica acerva (más acerva si critico en las actuales circunstancias, que bien que es cosa fácil, pero exige mojarse el culo), me sigo internando en la difícil tarea (no crean que es fácil para mí) de mostrar cuadros populares o costumbres y festejos tan queridos desde antaño.

Los campos resecos (secos desde la primavera, por ello lo de resecos) desparramaban los terrones de arcilla, deshaciéndolos en cuanto los pisabas, y los chicos de los pueblos se salían a los mismos a realizar correrías por entre los olivares, con tendencia, como el instinto animal determina, hacia donde hubiesen humedales, fuesen las cañadas o las albercas.

A veces, por esperar a los vecinos o amigos que tenían que ir a la escuela de repaso, dadas sus calificaciones obtenidas y que debían superar en septiembre (pues había exámenes en septiembre para todos los suspendidos), escapábamos a horas en las que la calor (¿ven cómo me defiendo entre el “la” o “el”?) aconsejaba quedarse a la sombra en lugares frescos. Mas salíamos a la descubierta y sin gorrillas ni sombrero que nos tapase y raudos nos corríamos por las veredas hasta las bajadas naturales de las escorrentías, que marcaban con sus sinuosas líneas verde‑amarillentas los desniveles del terreno. Allí había cañaverales por los que los más aventurados se metían y los más cobardicas (entre los que yo me encontraba) seguíamos desde la altura. Esas excursiones geográficas permitían experimentar que la tierra mojada y arcillosa era asaz pegajosa y atrapaba los pies de los más osados, arrebatándoles las sandalias o alpargatas, si es que querían salir del légamo; también les enseñaban que había mucha vida en esos humildes cauces (las ranas eran de siempre apetecidos botines), entre la que no faltaba el susto tremendo de algún ofidio (¡la bicha!) que hacía saltar a los más valientes.

Otro peligro real y temido era la presencia de los guardas de campo, con sus trajes grises y sombrero cordobés con escarapela en verano y sus trajes de pana y boina en invierno, y la escopeta que supuestamente te largaba cartuchazos de sal (digo supuestamente, porque nunca las vi usarlas). Los guardas te ponían una multa si te encontraban en alguno de esos menesteres de destrozo (o asalto a los frutales) con los que la chiquillería solía divertirse. O si encontraban a la panda metida de lleno en alguna de las albercas de riego.

Porque esa era otra de las formas en que nos quitábamos el calor o saciábamos nuestro instinto animal de refrescarnos.

Los que tenían suerte y sus padres o parientes tenían huerta sabían que en el verano contaban con una “piscina” particular, allá entre los caballones y a la sombra de parras, higueras y otros árboles frutales (que además de dar sombra daban jugosos y apetitosos frutos, que se refrescaban, por inmersión, en las aguas del pilón). Creo yo ahora, haciendo gala de mi forma de pensar, que eso era herencia de nuestro tránsito histórico por las costumbres morunas, que debiéramos repensar como algo positivo para nuestra civilización. Pero no anda el patio actual para estas filias; que lo moro, árabe o islamista está bastante jorobado.

Los que no poseíamos ni una humilde huerta, parias entre los parias de la ciudad, marchábamos a la exploración del territorio y, descubierta la pila, descubierta su orfandad de habituales visitantes, y descubierto que tenía suficiente agua y lo suficientemente clara como para ser utilizada (mejor si un buen caño la abastecía), pues que, sin pensárnoslo demasiado (y comprobada la hondura), nos metíamos en la misma.

¿Trajes de baño…? Nuestra piel, que para eso se nos olvidaba el pudor y lo del pecado (¡pecado… nuestros cuerpecillos infantiles o apenas púberes!) era nuestro traje de baño y así retozábamos sin importarnos si el agua estaba potable, no potable, con el Ph bajo o alto, clorada (impensable, desde luego) o pasada por depuradora alguna. Y manteníamos nuestras orejas bien en alerta, o poníamos centinela, por si el temido guarda aparecía para jodernos el momento de ocio y disfrute.

Volvíamos secándonos por el camino y vueltos a sudar bajo el terrible y perpetuo sol, que nos perseguía. Y pensando en una nueva cita para largarnos al territorio descubierto que, ¡oh desilusión!, sus dueños conocían mancillado y lo bloqueaban, cercaban o dejaban seco.

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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