Lo escuché contar y no es un cuento

03-04-2012.

Estábamos en los soleados y calurosos días del mes de junio del año 1936. Desde su comienzo, ya se auguraban y se veían negros nubarrones en el ambiente político. Los partidos antagónicos se culpaban de todos los males que el pueblo sencillo y trabajador padecía. Todos sabemos que eso tronó, crujió y España se desmembró y la sangre corrió, desatándose el odio entre los hermanos.

El sol lanzaba sus abrasadores rayos perpendiculares sobre la plaza de Úbeda, que se encontraba casi desierta. De vez en cuando, alguna moza, con los cántaros en sus ijares, se acercaba a la fuente que generosa vertía sus tres caños de fresca y cristalina agua. Algún transeúnte se cobijaba bajo el gigantesco árbol, cuyas ramas hacían de toldo natural para saciar la sed. Enfrente, en los portalillos, dormitaba el viejo afilador al lado de su rueda, que permanecía parada.

Esa sosegada y tranquila paz que reinaba en la plaza se vio turbada por grandes voces y maldiciones que procedían del bar Torres, que estaba situado más arriba del Banco Español de Crédito, exactamente donde hoy está tejidos Berlanga. Varios hombres se enzarzaron en una discusión política, incluyendo en ella descalificativos mutuos con gruesas blasfemias. En aquellos días, pocos eran los hombres que iban desarmados. ¡Con qué orgullo lucían en su cinturón su arma corta o machete! ¡Cómo se jactaban de llevarla!

Las grandes voces subieron de tono y además se escuchó un fuerte disparo. Uno de ellos sacó el revólver, como se veía en las películas de cowboy, y encolerizado lo descargó sobre uno de los que estaban en la barra del bar. El agredido se desplomó y varios concurrentes desarmaron al agresor e intentaron lincharlo, mientras otros cogían al herido y se lo llevaban al Hospital de Santiago. Todos eran de izquierdas, pero de diferentes partidos, pues en esos días los que no comulgaban con esas ideas estaban a buen recaudo; pero entre ellos había discrepancias políticas y ése fue el resultado.

Después de desarmar al agresor, le ataron con unas cuerdas las manos. Los que tenía por amigos lo abandonaron y todos se pusieron en su contra, pues el acto que había protagonizado era reprochable y más contra un compañero. En esos momentos, todos clamaban justicia y se la tomaban por su cuenta y a su capricho o necesidad. A empellones, con duras frases y calificativos, lo sacaron del bar y, recorriendo los portalillos, emprendieron ligera marcha por la calle Trinidad, como si fueran en volandas.

El desgraciado que había protagonizado esa escena (digo «desgraciado» porque con ese proceder se había labrado su desgracia y la de su familia, pues la justicia que en esos días regía era parecida a la que veíamos en las películas de vaqueros, adonde un grupo mayoritario de ellos culpaba a uno y, sin más juicio, lo colgaban en el árbol más grande) era un pequeño empresario que en su vida laboral se dedicaba a dar portes para la construcción. Aunque era muy solicitado por los constructores, no gozaba de buena reputación, pues -según decían- era algo agresivo y provocador. Lo apodaban “Apaños”. Tenía un hermano en Barcelona que ostentaba un alto cargo en un sindicato. Yo conocía a un hijo suyo, que era de mi tiempo.

Las intenciones de los que lo habían prendido no se sabían, pero sí se vislumbraba que no eran ni de justicia, ni benignas. El grupo se fue engrosando cuando enfocaron el camino, que termina en la puerta de San Ginés. La muerte que veíamos en las películas era más rápida y el reo sólo sufría unos instantes. La muerte que se estaba fraguando para este pobre desgraciado era más dolorosa y prolongada. Uno de aquellos que proclamaban justicia vino con una silla de aneas, lo sentaron con el beneplácito de los presentes y, una vez bien sentado, le ataron las piernas a la silla y le prendieron fuego. Éste se extendió por todo el asiento, con el consiguiente recalentamiento de sus partes más íntimas. Él lanzaba gritos aterradores de desesperación. Pedía que le quitaran ese suplicio. Algunos se mofaban de él, diciéndole que se merecía más…

El que me lo contó, me dijo que, a la mañana siguiente, se lo encontró calcinado junto a la cruz de piedra que hay en la explanada del cementerio, cuando pasaba muy temprano, ajeno a lo sucedido, pues iba a recoger hierbas a los frescos huecos que hay detrás del cementerio. Hasta esta hora, nadie se había dignado darle sepultura. «Descanse en paz».

fsresa@gmail.com

 

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