Malditos sean la guerra y quien la promueve

29-03-2012.

Ya estábamos hartos de escuchar por todos los medios de comunicación a los ganadores «Y vendrán banderas victoriosas al paso alegre de la paz». Ya no había guerra y era verdad. No se encontraban hombres en las trincheras, el cañón había enmudecido, el pueblo respiraba a pleno pulmón sin miedo a los bombardeos, el ejército de la República había sido derrotado en todas sus líneas. Parte de ese ejército se entregó a la vecina Francia y, a mi juicio, salieron mejor parados que los que no pudieron volar.

Media España se convirtió en un inmenso campo de concentración; sus cárceles y penales se vieron saturados de tantos inquilinos forzosos. Los vencedores lanzaron un tranquilizador eslogan: «Nada tiene que temer el que no se haya manchado las manos de sangre». ¡Qué fácil es acusar!, ¡qué difícil es administrar verdadera justicia!, ¡cuántos justos pagaron como si hubiesen sido pecadores! En aquellos eufóricos momentos de la victoria, muchos de los derrotados, que tuvieron la desgracia de ser juzgados prematuramente, pasaron a engrosar las largas listas de viudas y huérfanos. Después, el cedazo de la justicia cernió con menos odio y más caridad. Ya las torrenciales aguas habían vuelto a su cauce.

El mes de marzo de 1939 estaba casi agotado. La primavera lucía en esos días sus más alegres y perfumadas galas. La paz ya era un hecho. Observé cómo los vencedores, cantando canciones patrióticas, atravesaron la Plaza del Reloj cogiendo la calle Real para, en el Ayuntamiento, posesionarse de la ciudad. Con mis dieciséis años y ya consciente de lo que a mi alrededor acontecía, escuché los últimos partes de guerra. El último decía: «La guerra ha terminado». Veía que muchos ciudadanos festejaban, con alborozo, esa paz nueva con eufóricos momentos, cantando el Cara al sol que yo nunca había escuchado hasta ese momento. Vi por primera vez, en tres años, discurrir por nuestras calles guardias civiles con su charolado tricornio, algún que otro cura, con su sotana y su manteo en los hombros, que había tenido la suerte de conservar su vida.

Con la paz todo cambió. Al que había sido despojado de sus bienes en la revolución, le fueron restituidos. Los talleres y fábricas, que muchos dedicaron a producir útiles para la guerra, volvieron a su antigua producción para la paz. Las aguas volvieron de nuevo a discurrir por sus antiguos cauces; pero, en todas las revoluciones, siempre han quedado heridas y llagas abiertas.

A mis dos hermanos mayores los vimos partir un día con pesar para la guerra; pero, en la nueva paz, no los vimos retornar a nuestro hogar. ¿Cómo valorarían mis padres esta flamante paz? Mi hermano José, el mayor, se incorporó a la 25.ª Brigada en el batallón que se organizó en Úbeda y su bautizo de sangre fue el frente de Pozo Blanco. Él, que era inquieto y con ganas de prosperar en la vida, se inscribió en la Escuela de Oficiales que había en Paterna (Valencia) y salió de oficial. Varios días de permiso los aprovechó, pasándolos con nosotros y su flamante esposa. Pudimos ver lucir en su gorra su estrella de cinco puntas y sus dos barras horizontales estrechas.

Consumido el breve permiso, se incorporó a su nuevo destino como teniente ayudante de una división que operaba en el frente del Ebro. De los feroces combates que allí se celebraron, él fue testigo y protagonista. Después supe por él que, en ese frente, estuvo condenado a muerte. Una tarde, cuando el fragor del combate estaba en su punto más álgido, revocó una orden de un superior. Éste ordenó desarmarlo y detenerlo para formarle juicio sumarísimo, con el fin de ejecutarlo a la mañana siguiente. El combate seguía con más violencia. Las tropas de la República, por la presión, cedían terreno. Mantener las posiciones era imposible.

Las tropas de Franco, después de violentos combates en que muchas partes del río Ebro se tiñeron de roja sangre española, rompieron el frente, llegando la cuña hasta Vinaroz. Al ejército rojo -como decían los ganadores-, lo habían dividido en dos. Eso le salvó la vida a mi hermano (no hay mal que por bien no venga) que, de Cataluña, pasó como tantos infelices a Francia, adonde a la mayoría de ellos los presentaron a la Legión Francesa como medio y sostén para una nueva vida; y él firmó cinco años en ese cuerpo y deambuló por los campamentos del desierto del Sahara.

¡Cómo se le pusieron a mi madre de pequeños los ojos, de tanto llorar! Cuando pasados muchos meses tuvimos noticias de él, nos pareció mentira: una carta fechada en Tabelbala, en el corazón de África; una carta censurada por las autoridades de nuestro flamante régimen en la paz. Cuando las tropas aliadas en la 2.ª Guerra Mundial atravesaron el estrecho de Gibraltar y desembarcaron en Túnez, la Legión Francesa se opuso al desembarco, le hicieron frente y, a renglón seguido, depusieron sus armas. En esas tropas estaba mi hermano y ese fue su final en la legión.

Se hizo ciudadano francés y se incorporó a su trabajo, en la albañilería. El francés lo hablaba con la perfección de un nativo y se abrió camino en París, cuando se construía el aeropuerto de Orly. Trabajó en él como maestro y capataz de un grupo de trabajadores. Cuando Franco amnistió a muchos españoles, él pasaba unas temporadas en su pueblo, entre nosotros. Alcanzó una buena jubilación. Hoy, sus restos descansan en paz en París, en un bonito cementerio o jardín, adonde el césped verdea todo el año y las flores decoran y alegran ese, para mí, santo lugar.

Mi hermano Juan fue otro al que mi madre no pudo abrazar, cuando la guerra terminó. En mi casa, de nuevo, no pudimos gozar de esa paz, tan alardeada. Cuando el taller adonde trabajábamos se cerró, los jefes José y Fernando se hicieron, o los hicieron, soldados en unión de Pedro Blanco Vera, y se incorporaron al Parque de Artillería de Linares.

Eduardo, su cuñado Francisco de la Paz y mi hermano Juan fueron a un regimiento de caballería en Bailén, y allí les pilló el final de la guerra. En esos días, a la entrada de los pueblos, a los militares derrotados los cogían los ganadores y los detenían hasta que se esclarecía su situación. Mi hermano se vino andando desde Bailén, eludiendo la entrada a los pueblos. Cuando llegó a Úbeda, en vez de rodearla y haberse entrado por donde no había control, lo hizo por el León y lo detuvieron, metiéndolo en el cuartel de la Guardia Civil, en la plaza de Santa Clara, que lo habilitaron para ese menester.

No dio tiempo a nada. A todos se los llevaron esa noche. Varios días después, supimos que estaba en Torremolinos, en un campo de concentración. Mis padres buscaron avales y firmas de camisas viejas y fueron a Málaga a traérselo. Cuando llegaron al referido campo, ya no estaba allí: se lo habían llevado a la cárcel de esa capital. Mis padres retornaron a Úbeda entre lágrimas y fracasados. ¡Cuántas lloró mi madre en los cuatro meses que estuvo en la cárcel! Por fin, gracias a su tesón, ruegos y visitas a personas pudientes políticamente hablando, logró que lo trajeran a Úbeda; y en la fábrica de Sola, habilitada para cárcel, pasó otros diez meses hasta que un día, sin juicio y gracias de nuevo a la constancia de mi madre, le dieron la libertad…

Como decía anteriormente, muchos de los derrotados que tuvieron la desgracia de ser juzgados prematuramente pasaron a engrosar las largas listas de viudas y huérfanos. Yo tuve el valor de asistir tan sólo una vez a los juicios que se celebraban en el Ayuntamiento, en el salón de sesiones. El juicio era público y podía presenciarlo como espectador todo el que quisiera. Ante fuertes medidas de seguridad, llegaban los reos en una Alsina y los subían al referido salón. Todos los componentes del jurado eran militares. A esos juicios masivos, parecían quererles dar un cierto aire de legalidad y, al final, casi todos los reos salían con varias penas de muerte. Casi todos a los que se juzgaban, según ellos, habían participado en el asalto a la cárcel o habían matado a algún ciudadano o a algún cura. ¡En esos días qué fácil era acusar! Muchos les dieron rienda suelta a las malas pasiones, envidias y odios y acusaron quizás a inocentes, con lo bueno que hubiese sido perdonar y los agravios echarlos al olvido.

Ya de nuevo, al terminar la contienda, el taller abrió y volvimos al trabajo. Varios no se presentaron: estaban en prisión. Una de aquellas tardes luminosas de mayo o junio, me mandó mi jefe, en unión de otro aprendiz, a llevar un encargo a la Casería del Chorizo, que estaba situada al término de la desaparecida Era del Pájaro, adonde hoy terminaba la calle Perdiz.

Todos esos lugares estaban desiertos: no había casas, salvo el merendero de Chorizo. Desde allí, se veía perfectamente la cárcel. Nos llamó la atención que en la puerta de ella había varios soldados y una camión con la compuerta de atrás bajada. Aquello nos despertó cierto interés. Nos subimos a un ribazo para situarnos mejor entre las malezas. Nos camuflamos, para no perder detalle. Un soldado puso un taburete con dos o tres peldaños y se subió al camión, seguido de varios más.

Por la puerta de la cárcel, aparecieron varios hombres esposados. Bajaron los varios escalones hasta la calle y se fueron subiendo al cajón del camión; cuando el último se subió, dos militares alzaron la compuerta y este se puso en marcha. Desde nuestra atalaya, no pude captar la expresión de los reos en sus caras. Sentí en mi corazón un hondo pesar, cuando nos dijeron que los iban a fusilar. Comentando lo que habíamos visto, pudimos captar con cierta nitidez una fuerte descarga de fusilería… ¡Cuando pienso lo que yo he visto, qué pena me da!

Al hacer Dios el mundo, su pensamiento sería para que nos lleváramos como hermanos que somos y que gozásemos de las bellezas que creó: este mundo, para que lo trabajáramos y lo cuidáramos; ese sol que todos los días sale y es para todos, como el aire que respiramos, como el agua que desde el cielo nos manda para saciar nuestra sed y nutrir las tierras, cuyos frutos nos alimentan, para que, en una palabra, seamos más felices. También nos dio unos mandamientos para que los observáramos.

Luego, en el corazón insano de algunos hombres, se desarrolló la envidia, el odio, la forma de vivir sin contribuir al desarrollo y mantenimiento de la vida. La ambición se desencadenó en ellos y hubo revoluciones, guerras entre hermanos que, a diario, siembran el mundo de desgracias y calamidades. iMalditos sean la guerra y quien la promueve!

fsresa@gmail.com

 

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