De topos y torpezas

31-01-2012.

Uno de los recuerdos más conmovedores que siento al contemplar, con la imaginación, ese álbum repleto de nostalgias con el que entretengo miedos y soledades, es recordar mi regreso a las Escuelas, cincuenta años después: volver a admirar la imagen de Cristo Rey esculpida en la fachada de la iglesia, rezar un ave maría a los pies de la Virgen, abrazar a los compañeros y ver aparecer con su andar pausado, sus viejos pantalones de pana, aquel jersey de color verde oliva que nunca se quitaba, y la mirada marchita de tantos desengaños, al padre Jesús Mendoza.

Venía a ofrecernos su tiempo, su ayuda y su cariño; a pasar el día a nuestro lado, a contestar a nuestras preguntas, a acompañarnos a la biblioteca, a enseñarnos una vez más las fotografías de aquellas Escuelas de los años sesenta -la época gloriosa-, los nuevos dormitorios o el gran salón de actos. Él, que tanto nos había dado, nunca pedía nada. Su dignidad no se lo permitía. Venía a vernos y a saludarnos con orgullo y admiración, como el artesano que contempla una obra bien hecha. Aquellos pobres chiquillos que un día cruzaron la verja del colegio, con una maleta de madera casi vacía, de la mano de una pobre mujer joven y viuda -como tantas de la época-, se habían convertido en personas importantes, profesores ejemplares, modélicos ciudadanos e irreprochables padres de familia.

Sólo nos preguntaba tímidamente -porque de sobras conocía la respuesta-, quiénes teníamos intención de oír misa al día siguiente. Algunos, no más de tres o cuatro, le daban las gracias y decían que contara con ellos; pero la mayoría le ignoraban, se echaban a reír, soltaban alguna chabacanería -«Joer con el cura; no pierde la ocasión…»- o correspondían al afecto de aquel hombre extraordinario con alguna imbecilidad. Recordarlo me remueve los higadillos del alma. ¿Qué trabajo nos hubiera costado complacerle? ¿Era demasiado conceder media hora a un hombre que nos había dedicado toda su vida? No hablo de fe ni religiosidad. Allá cada uno con su conciencia. Hablo de buena educación. Nada más que de buena educación.

Pero lo verdaderamente asombroso era que luego, durante la comida, a todo el mundo se le llenaba la boca hablando y presumiendo de su compromiso en la lucha contra esto o aquello, la importancia de tutelar los derechos de las fulanas y los menganos, la necesidad de proteger algunas causas justas -como el aborto- y, sobre todo, la necesidad de educar en el progreso y la libertad a las futuras generaciones de ciudadanos para conseguir una sociedad más equitativa, más justa y más moderna.

¡Qué pena! -querido Blas-. ¡Cuántos topos y cuántos torpes!

Los humanos somos unas criaturas tan contradictorias que al lado de la inteligencia y el talento más admirables conviven la cobardía y la debilidad más necias y vulgares. Nos ocultamos en lo más oscuro de la noche, nerviosos y desesperados, como los topos, sin atrevernos a sacar a la luz el hociquillo, por miedo a que nos descubran y nos coloquen una incómoda etiqueta. Debería darnos vergüenza y posiblemente nos avergonzamos de ciertas conductas, sumisas y complacientes, porque hasta los más tontos nos damos perfecta cuenta de cuándo nos vendemos.

Barcelona, 31 de enero de 2012.

roan82@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *