El amor libre

09-12-2011.

Siguiendo la tónica de Narraciones y Vivencias I, y pulsando mi ordenador mental, salen en la pantalla memorias rancias, escenas que pasaron frente a mis pupilas hace más de seis décadas. La guerra, por lo menos en la zona en que viví, trajo cosas tan modernas y novedosas que hoy, a pesar de haber pasado más de 60 años, no se ha llegado a cotas tan elevadas.

En aquellos tiempos, había gentes sin ninguna preparación moral; pero, a la hora de opinar y algunas de actuar, practicaban el amor libre que preconizaban. A veces pienso: si la guerra que tuvimos y la balanza que se volcó a favor de los enemigos de la República hubiese sido al contrario, ¿por dónde iríamos ya?

 

Junto a Casa Biedma, en el número 12 de la Corredera, había y hay una estrecha casa que, en aquellos tiempos, era de vecinos que, aunque amueblada, residían en Madrid. En aquellos desordenados días, las casas las asaltaban incluso con sus moradores dentro ante amenazas y calificativos de fascistas, y honrados vecinos tenían que abandonarla y salir, como vulgarmente se dice «Con el rabo entre las patas», y salían bien parados…

Esa casa, de la noche a la mañana, se vio inundada por una copiosa vecin­dad con chiquillería incluida. Los corredores y las ventanas daban a la azotea de Casa Biedma y desde el taller se escuchaban, sin quererlo, riñas y querellas que eran la orden del día.

Cuántas veces vi colgadas, en los tendederos, casullas y paños de altares que las hacendosas madres ponían a sus críos como empapaderas en sus cunas. En sus diálogos, el amor libre lo veían como una liberación que las mujeres debían practicar a diario. Así opinaban unas y otras las apoyaban.

Un día de aquéllos, una de esas progresistas mujeres se casó con un hombre como era natural en estos tiempos. El casamiento o la ceremonia no sé dónde se celebraría, ni quién fue el que diera fe de esa unión; lo que sí sé es dónde fue el apareamiento, pues las vecinas, sin quererlo, nos tuvieron bien informados.

Se celebró allí en una de aquellas habitaciones que daban al patio. Esa unión fue para tres meses. La enamorada pareja estuvo saboreando el néctar de la felicidad, emborrachándose de amor durante tres días consecutivos, sin salir de la habitación para nada. Así lo atestiguaban sus vecinas en las charlas que en corro tenían. Una le preguntó a otra con cierto retintín:

—¿Has visto a fulana?

Y la otra le contestaba con cierto tono lastimero:

—Lleva tres días en cama.

Las carcajadas de todas se fundieron en una bien prolongada. En aquellos tiempos, no se había inventado ni descubierto la píldora; la que, en el erróneo concepto de algunas féminas, las tiene creyendo en la liberación de la mujer, pues las ha subyugado con cadenas que difícilmente podrán romper.

Yo me pregunto: cuando se acabaron esos tres meses de idilio amoroso y cada mochuelo se fue a su olivo y la simiente que el hombre depositó en el surco del amor dio su fruto ‑como es natural‑, ¿la ignorante y pobre mujer pagaría los vidrios rotos? El hombre se quedaría como perro al que le quitan pulgas.

En ese y otros aspectos la compasiva mujer siempre ha sido la perdedora.

 

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