Un puñado de nubes, 97

21-11-2011.

 

Al salir del palacete, León miró hacia el jardín delantero. El jazmín trepaba por la tapia y casi asaltaba ya las ventanas del piso alto. Pensó un momento en su amigo Alfonso y se dijo: «¡Qué pena de hombre!». Y se dirigió a su casa.

 

León casi se había olvidado de su hijo, que le había anunciado su llegada para un día de estos. Por eso, cuando sonó el teléfono, sin mirar el número en la pantalla del móvil respondió:

 

—¡Coño, Alfonso!, si no me has dado tiempo ni a entrar en mi casa…

 

—Soy yo, papá.

 

—Perdona, hijo.

 

—¿Has pasado la noche por ahí con tu amigo? ¿No habréis ido a un puticlub?

 

—Lo que tú digas. Oye, no voy a ponerme ahora a explicarte… Regresó ayer de Suiza, de un tratamiento; bueno, que llegó muy… Y me pidió que me quedara a cenar, charlamos, se nos fue el santo al cielo y ya me quedé a dormir.

 

—Vale, vale, pero no te fíes de él, que ya sabes en qué líos se mete y nos mete…

 

—No te preocupes, viene de Suiza muy cambiado…

 

—Me alegro por él.

 

León hizo una mueca.

 

—¿Cuándo vienes?

 

—Pasado mañana.

 

—Se lo diré a tu hermana.

 

—¿No se lo has dicho aún?

 

—No se me ha ocurrido.

 

—Yo te llamo cuando salga para Sevilla. Un beso.

 

—Adiós, hijo.

 

Unos veinte minutos después era Alfonso el que llamaba.

 

—Has tenido dos cartas, Alfonso. Una de Rosalva y la otra de un tal Maurice. Como nos hemos de ver dentro de un rato en la Buhaira, allá hablamos de la cuestión.

 

—¿Qué dicen?

 

—Nada. Que llegarán uno de estos días y que, cuando lo hagan, te llamarán al móvil.

 

—Bien, pues dejémoslos que lleguen y ya veremos.

 

El jardín de la Buhaira estaba solitario a esa hora. Se sentaron en uno de los bancos, bajo un olivo. Algunos mirlos picoteaban los dátiles maduros que alfombraban el suelo bajo las palmeras.

 

—¡Qué tranquilidad! —dijo Alfonso—.

 

—Este es mi lugar de reposo en mis paseos matinales. A veces me he encontrado por aquí a los niños del padre Luque, ya sabes, gente de los gratuitos de Portaceli. Muchos de ellos estuvieron también en el internado de Úbeda. No te extrañe que aparezcan uno o dos por aquí.

 

—No me gustaría. Prefiero charlar contigo.

 

—Sabes, Alfonso, desde que llegaste anoche, te noto muy cambiado. ¿Estás enfermo, tienes algún problema? Ya sabes que puedes contar conmigo.

 

—Mi problema es que estoy solo y cansado, y no tengo ya ganas de vivir.

 

—No te creo.

 

—Pues es cierto.

 

—¿Por qué no hablas con el psicólogo que te atendió al principio de estar aquí?

 

—No me apetece.

 

—No puedes dejarte vencer.

 

—No me importa la derrota.

 

—Joder, Alfonso.

 

—Ni joder me apetece. ¡Quién me ha visto y quién me ve…!

 

—¡Sursum corda!

 

—Ni el sursum ni el corda se me levanta.

 

—Cualquiera diría que…

 

—¿Sabes…? —Alfonso tomó la mano de su amigo y la apretó. León la sintió algo temblorosa y helada—. Creía que el regreso a España me estimularía, pero no. Es curioso: volver ha significado darme cuenta de mi poquedad. En cierto modo, quizás, sin saberlo ni procurarlo de modo consciente, he regresado a mis raíces.

 

—Mira, yo creo que tienes que desterrar esos pensamientos. Yo también me siento viejo y muchas veces me veo acabado, pero me digo: «¡Qué coño!, aún estoy vivo y no doy por culo a nadie. A vivir lo que me quede». Así que vamos a desterrar estos pensamientos negativos. Vamos a La Luna, se alegrarán de verte. Pero cambia un poco esa cara. Verás qué guapa está Amalia. A mí me da que ella e Indalecio…

 

—¿Indalecio y ella? ¿Y tú…?

 

—He tenido un encuentro íntimo con ella. Y hemos aclarado las cosas. Indalecio es más joven y me da a mí que está aún sin estrenar.

 

—¿Qué Indalecio no…? —Alfonso hizo un gesto significativo con la mano y el brazo—. No me lo puedo creer.

 

—Pondría mi mano en el fuego.

 

—Pues sería todo un acontecimiento. Eso tendríamos que celebrarlo de algún modo.

 

Alfonso pareció olvidar su decaimiento y mostró algo de entusiasmo.

 

A eso de las doce, llegaron los dos amigos a La Luna. La entrada de León y Alfonso fue recibida con auténtico bullicio y sarta de disparates de Indalecio. Amalia salió de la cocina gritando:

 

—Ha regresado de las montañas el abuelo de Heidi. ¿Qué tal las cabras —y le estampó dos sonoros besos en las mejillas—. Tú no me mires —se dirigió a Indalecio—; para ti guardo otros besos —Indalecio se ruborizó—.

 

—Así que esas tenemos… —soltó Alfonso, mientras estrechaba la mano del enrojecido camarero—.

 

—Cosas de la reina de Saba.

 

—Pues no la dejes regresar, que hay muchos leones en el desierto.

 

—Ponnos unas cervezas, anda, y algo para picar —pidió León, mientras Amalia lo miraba cómplice y agradecida—.

 

—¿Para cuando la boda? —siguió Alfonso con la broma, mucho más aliviado de la pesadumbre de un rato antes. En realidad sacaba fuerzas de flaqueza. No quería enturbiar el pequeño jolgorio que se había formado en el bar—.

 

***

 

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