«Bases para el comentario», 9c

25-09-2011.
9.3. El argumento (Los argumentos)
Recordemos, antes de nada, la definición del concepto que adelantábamos en el párrafo 8.2.: argumentos, ‘razo­namientos y actitudes que se emplean para probar la proposición o tema elegidos’. En este sentido, y puesto que en el párrafo 8.4 hemos escogido como ejemplo dos etapas históricas inmediatas, que se apoyan pero que tienen rasgos diferenciadores nítidos, hablaremos de un mismo tema y de cómo se argumenta desde la valoración medieval y desde la valoración renacentista.
Citamos dos textos de dos autores diferentes. Don Juan Manuel (1282-1348) termina su Conde Lucanor en 1335.
Nicolás Bernardo Maquiavelo (1469-1527) termina su De principalibus (El príncipe) en 1513.

EJEMPLO XXVI
De lo que le ocurrió al árbol de la Mentira
[…]
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, se juntaron la Mentira y la Verdad, y después de estar así un tiempo, la Mentira que es acuciante, dijo a la Verdad que sería bueno que pusiesen un árbol que les diese fruta y pudiesen estar a su sombra cuando hiciese calor. Y la Verdad, como es cosa llana y de buen talante, dijo que le agradaba.
Y cuando el árbol fue puesto y empezó a nacer, dijo la Mentira a la Verdad que tomase cada una de ellas su parte de aquel árbol. Y a la Verdad le agradó esto. Y la Mentira, dándole a entender con razones coloreadas y apropiadas que la raíz del árbol es la cosa que da la vida y mantiene al árbol, y que es mejor cosa y más provechosa, aconsejó la Mentira a la Verdad que tomase las raíces del árbol que están bajo tierra y que ella se aventuraría a tomar aquellas ramillas que habían de salir y que están sobre la tierra, comoquiera que era muy gran peligro porque estaba a ventura de tajarlo o pisarlo los hombres o roerlo las bestias o tajarlo las aves con las manos y con los picos o secarlo el gran calor o quemarlo el gran hielo, y que ninguno de todos estos peligros había de sufrir la raíz.
Y cuando la Verdad oyó todas estas razones, porque no hay en ella muchas maestrías y es cosa de gran fianza y de gran creencia, fiose en la Mentira su compañera, y creyó que era verdad lo que le decía y se convenció de que la Mentira le aconsejaba que tomase muy buena parte, y tomó la raíz del árbol y se sintió muy satisfecha con aquella parte. Y cuando la Mentira esto hubo acabado, fue mucho alegre por el engaño que había hecho a su compañera diciéndole mentiras hermosas y apropiadas. […]
Y cuando las gentes se juntaban bajo aquel árbol, como la Mentira es muy halagadora y de gran sabiduría, hacía muchos placeres a las gentes y mostrábales su sabiduría:
[…]
Y estando la Mentira tan bien andante, la sufrida y despreciada de la Verdad estaba escondida bajo tierra, y nadie sabía nada de ella, ni se contentaba con ella, ni la quería buscar. Y ella, viendo que no le había quedado cosa en la que se pudiese mantener sino aquellas raíces del árbol que era su parte, la cual le aconsejara tomar la Mentira con mengua de otros alimentos, hubo de tornarse a roer y a tajar y a gobernarse de las raíces del árbol de la Mentira. Y como quiera que el árbol tenía muy buenas ramas y muy anchas hojas que hacían muy gran sombra y muchas flores de muy apropiadas colores antes de que pudiesen levantar fruto, fueron tajadas todas sus raíces, porque las hubo de comer la Verdad, pues no tenía nada de lo que gobernarse.
Y desde que las raíces del árbol de la Mentira fueron todas tajadas y estando la Mentira a la sombra de su árbol con todas las gentes que aprendían de la su arte, vino un viento y dio en el árbol, y porque las sus raíces eran todas tajadas fue muy ligero de derribar y cayó sobre la Mentira y la quebrantó de muy mala manera, y todos los que estaban aprendiendo de la su arte fueron todos muertos y muy mal heridos, y quedaron muy mal andantes.
[…]
Y entendiendo don Juan que este ejemplo era muy bueno, hízolo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Seguid la verdad y de la mentira huid,
porque su mal aumenta quien acostumbra a mentir.
Don Juan Manuel: El conde Lucanor.
(Versión moderna nuestra)
***
XVIII
DE QUÉ MODO DEBEN LOS PRÍNCIPES OBSERVAR LA FE PROMETIDA
Todos advierten cuán laudable es en un príncipe mante­ner su fe y vivir con integridad y no con astucia. No obstante, se ha visto en nuestros tiempos, por experiencia, que los príncipes que han hecho grandes cosas han sido aquellos que han tenido en poca cuenta la fe prometida y han sabido con astucia burlar los cerebros de los hombres, superando al fin a aquellos que se habían fundado en la lealtad.
[…]
Si todos los hombres fueran buenos, este precepto no lo sería; pero como son malvados y no observarán su fe contigo, tampoco tú tienes por qué observar la tuya con ellos. Por ende, nunca a un príncipe faltarán razones legítimas con que justificar la inobservancia.
[…]
A un príncipe, pues, no le es necesario tener todas las cualidades que arriba enumeré, pero le es muy necesario parecer tenerlas. Aún me aventuro a decir más, y es que, teniéndolas y observándolas siempre, le son dañosas, y pareciendo tenerlas, le son útiles, como se lo es el parecer piadoso, fiel, humano, religioso e íntegro, y serlo, pero estar de tal modo edificado de ánimo, que, cuando fuere menester no serlo, se pueda y se sepa mudar a lo contrario.
[…]
Ha de tener, pues, un príncipe gran cuidado de que nunca le salga de la boca cosa que no esté llena de las cinco sobrescritas cualidades, debiendo parecer, a quien le vea y oiga, todo piedad, todo fe, todo integridad, todo humanidad, todo religión.
Nada es más necesario parecer tener que esta última cualidad, porque los hombres, universalmente, juzgan más con los ojos que con las manos, ya que el ver corresponde a todos y el tocar a pocos. Todos ven lo que tú pareces y pocos advierten lo que eres, y estos pocos no osan oponerse a la opinión de muchos, que además tienen para defenderlas la majestad del Estado.
Además, en los actos de todos los hombres, y especialmen­te en los de los príncipes, contra quienes no hay ocasión de reclamar, sólo se mira el fin. Cuídese, pues, el príncipe de vivir y mantener el Estado, que los medios siempre serán juzgados honrosos y loados por todos, porque el vulgo va siempre con lo que parece y con las eventualidades de las cosas, y en el mundo no hay sino vulgo, y los pocos no encuentran lugar sino cuando los muchos no tienen donde apoyarse.
Niccolo Machiavelli: El príncipe.
(Traducción de Juan G. de Luaces)
En el texto de don Juan Manuel se argumenta y defiende la bondad absoluta de la Verdad y se ataca la maldad definitiva de la Mentira. En el texto de Maquiavelo, se argumenta lo contrario: la Verdad no es buena ni mala; es sólo conveniente para bien aparentar.
Mientras que en la argumentación medieval se despren­de una valoración absoluta, en la renacentista la valoración es relativa, según aconsejen las circunstancias. Estos dos breves ejemplos nos llevan a los siguientes razonamientos:
(A) Los argumentos están unidos al sistema de valores de la sociedad y del individuo. Todo lo que les afecta o puede afectar se compara con un criterio, ya colecti­vo, ya individual, en el que entran estados de opinión sobre cuestiones como las siguientes: la lógica, la religión, la estética, la filosofía, la lengua, la ciencia, etc.
(B) Toda valoración individual arranca de otra valoración colectiva: el niño valora según el criterio de sus padres; el individuo, según el grupo; la ciudad, según el Estado, etc. Pero, aún así, la decisión última siempre será personal. Elijo esto, o hago aquello, por­que el bien social me lo aconseja y yo lo acepto.
(C) Intentar una clasificación de argumentos utilizados por el individuo de una sociedad determinada, con sus preferencias, casuísticas y demás circunstancias, es absolutamente excesivo. El hombre está abierto a toda influencia en el terreno de la ciencia, de los inventos técnicos, de la economía, de la guerra, del Estado, del arte, de la poesía, de la filosofía, etc. Habrá que sujetarse, pues, a cada época, y al autor y sus circuns­tancias.
(D) Los argumentos tienen dos caras indisolubles: una abstracta, lógica, emotiva, espiritual, de raciocinio; y otra concreta, práctica, de actuación y comportamien­to, de aceptación o rechazo, de acción u omisión. Así, en los textos citados, se nos ofrecen la teoría de los razonamientos y la práctica de los comportamientos.
(E) En el texto que comentemos deberemos descubrir:
1. Si hay o no hay planteamiento valorativo.
2. Si lo hay, qué valores aparecen, a qué campo pertenecen, y con qué sentido.
3. Descubrir si hay fallas o enfrentamientos argumentales en el conjunto.
4. Manifestar si la valoración del texto que se comenta, en su conjunto, tiene un talante progre­sista (de aceptación y avance) o reaccionario (de rechazo y regreso) sobre los valores de la época a que pertenece.
Lo normal es que los argumentos sean coherentes y que su correlación haga que se produzca una coherencia gene­ral en la obra. La elección y uso de los argumentos indivi­duales se deberá a una decisión particular del autor que, normalmente y como hemos dicho, dependerán de su relación con los argumentos sociales, que, a su vez, se justificarán en el pensamiento de la época.

berzosa43@gmail.com

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