Lo justo y lo injusto

29-08-2011.

Neurociencias y programación parental

Todas las sociedades de todos los tiempos han reconocido que hay cierto “sentido último y universal del Bien y del Mal”. En todas las épocas el odio es malo, como lo es la cobardía. El respeto a los padres, la veracidad, la generosidad, el heroísmo, la limpieza de intenciones, son cosas buenas y bellas.

Las neurociencias están intentando ocuparse de esta cuestión que ha sido siempre coto exclusivo de los filósofos.

Cuestiones de fondo, íntimamente conexas:

¿Qué razones puedo tener para no buscar ante todo mi propio interés?

¿Por qué hemos de ser buenas personas y no egoístas, que es seguramente lo más ventajoso en la lucha de la vida?

La moral, la virtud, la ética, la honradez… ¿de dónde vienen esas reglas de conducta y quién nos las ha fabricado? ¿La ley natural?

La llamada “ley natural”

La “ley natural” podría haber sido dictada por la divinidad. En apoyo de esta opinión, existe una larga tradición filosófica, y por supuesto teológica.

Es lo que Kant escribió en su Crítica de la razón práctica. Dios ha grabado el imperativo categórico, la forma a priori de todas las leyes morales, en lo más recóndito de cada ser humano.

Escribía Kant:

Dos cosas me llenan el alma de una admiración cada día mayor: la contemplación de un cielo estrellado por encima de mi cabeza y la ley moral en el interior de mí mismo. El espectáculo del espacio inmenso lleno de mundos, aniquila mi propia importancia y me hace comprender que soy una criatura animal, un soplo efímero de vida en este grano de polvo que es nuestro planeta en la inmensidad de los mundos. Por el contrario, la existencia de una ley moral en el fondo de mí mismo, eleva infinitamente mi valor, lo libera de la animalidad, y me lanza a una vida más allá de las estrellas, abierta al infinito.

Gran filósofo fue Kant. Sin embargo, los neurocientíficos de nuestro tiempo prefieren pensar como el filósofo David Hume, del que Kant fue adversario. Hume afirmaba que los fundamentos de la moralidad son algo innato que se encuentra profundamente inscrito en sentimientos de la persona.

Origen de la empatía

Los neurocientíficos de hoy precisan esa idea: esos estados afectivos han sido “cableados” en nuestro cerebro desde la primera infancia. Aunque sólo de manera por así decir germinal, puesto que esos sentimientos primigenios necesitan maduración y desarrollo a lo largo de un período de formación.

Recojo datos del profesor Martin Hoffman de la Universidad de Cambrigde, en su libro Empathy and moral development: implications for caring and justice.

Un niño de pocos meses llora automáticamente cuando oye llorar a otro niño. Lo que Hoffman afirma es que el niño no llora por simple imitación del otro. Si un bebé se siente mal y emite una señal, el otro recién nacido llora porque él mismo se siente mal a su vez. Aquí tenemos una primera forma de “empatía” inconsciente.

Hacia la edad de 12 meses, la reacción de empatía va a ser aún más perceptible. El pequeño va a dirigir su mirada hacia el otro niño que llora y va a ponerse a gemir él también. A los 15 meses empezarán las tentativas de acariciar o besar al otro niño.

En todo ello ve Hoffman el principio de la moralidad empática, la capacidad de ponerse en lugar del otro y de sentir lo que el otro siente. Parece como si nuestros cerebros estuviesen cableados para tener actitudes de compasión hacia los otros.

Es esa la base del altruismo, en la fase inicial de desarrollo.

El rol complementario de la programación parental

Conforme va avanzando en edad, y a partir del cableado neuronal originario, va a desarrollarse en el niño el sentido de la moralidad, gracias al entorno corrector de padres y educadores.

En efecto. Es misión de los padres reforzar los llamados principios universales de moralidad; y lo hacen con el ejemplo cada vez que, en presencia de sus hijos, expresan sentimientos de compasión hacia los desdichados, cuando los encuentran en la vida. (¡O en la tele!).

El concurso del entorno educativo es indispensable para la inserción del niño en el mundo y para que vaya contrastando sus tendencias innatas a la empatía con las experiencias sucesivas del mundo real.

Si le falta al niño esta ayuda de padres y educadores para la afirmación de los buenos sentimientos innatos y la corrección de los comportamientos egoístas, las puertas quedarán abiertas a futuras desviaciones de conducta y hasta a patologías declaradas.

Según los psicólogos cognitivistas, los niños descubren las normas morales a través de las interacciones sociales (disputas, discusiones, negociaciones). Esos conflictos obligan al niño a adoptar puntos de vista diferentes del suyo, los del Otro, y a coordinar sus necesidades y derechos con los de los demás.

Algo más tarde, pero muy tempranamente en nuestra vida, las ideas y abstracciones empezarán a constituirse en redes neuronales complejas que se van organizando en nuestro cerebro. Llegaremos a evolucionar quizás hasta el punto de suponer que el mundo es o debe ser originariamente justo, como pretendía Rousseau.

Y esa será la razón por la que, cuando empezamos a comprobar en la vida que las normas de la rectitud no son respetadas, se alzarán en nosotros sentimientos de cólera contra los infractores y hasta deseos de que se les castigue. Y, si somos nosotros quienes infringimos las normas de la conducta justa, experimentaremos sentimientos de remordimiento, de vergüenza y de culpabilidad.

Resumiendo

1. El origen de los buenos sentimientos se encuentra en el cerebro, en sus redes neuronales, particularmente en la corteza cingulada, la ínsula anterior, y se añade desde hace unos años, con el concurso de las famosas neuronas espejo (mirror neurons).

2. Pero la educación parental es clave en el desarrollo de la moralidad.

Unas preguntas relacionadas

Para terminar propongo al lector algunas reflexiones en forma de preguntas que no tienen respuesta fácil como nunca la tienen las cuestiones esenciales:

¿Es lícito matar en alguna ocasión? Las reglas morales y las leyes, propias de las diversas religiones y de los diversos Estados, entran a veces en contradicción flagrante con los principios morales universales. Por ejemplo: ¿se puede matar a otro porque el Estado nos lo ordena (en la guerra) o porque la religión lo bendice (la no santa Inquisición o el yihad de los islamistas)? ¿Se podría discutir siquiera que Hiroshima sea aceptable?

¿Tienen derecho los legisladores a dictar normas que repugnan a nuestra sensibilidad moral profunda? ¿Qué pensar y qué hacer entonces? ¿Puede el Estado o la religión imponer leyes y reglas que atentan contra nuestro sentido innato del Bien y el Mal?

Poniendo límites a la responsabilidad del individuo. Según lo dicho, algunas faltas a la moralidad pueden ser atribuidas al disfuncionamiento de conexiones cerebrales innatas en el cerebro de una persona. ¿Debemos presuponer que puede tratarse de errores de “cableado cerebral” y abogar de entrada por la tolerancia? Si tenemos en cuenta los errores de conexión cerebral de origen genético y las deficiencias posibles de la educación, la responsabilidad de delitos y “malos comportamientos” de ciertos individuos queda atenuada.

Responsabilidad de los padres. ¿No pudiera ser que por indolencia y descuido en la educación de sus hijos, los padres sean corresponsables de las malas acciones de sus hijos delincuentes? Es fácil fabricar hijos. Pero se asume una gran responsabilidad al traerlos a la vida. Hay que educarlos.

Los jóvenes de hoy están viendo caer los esquemas excesivamente rígidos de la moral sexual de otros tiempos. Nuestra sociedad está favoreciendo nuevas formas de libertad. Pero antes que jalear la libertad de los jóvenes, debiéramos hacer los esfuerzos educativos necesarios para concienciarles de sus deberes y responsabilidades en la educación de sus hijos.

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