Cuando salí de la Safa, 4

10-08-2011.

Río sin retorno

No hay ninguna ‑entre todas las tonterías que los hombres somos capaces de llevar a cabo para ligar‑ que entrañe mayor riesgo ni tenga consecuencia más incierta que un sencillo saludo, consistente en decir:

¡Qué guapa estás esta mañana!

Uno lo dice sin darle importancia, más que nada por ser amable y, en ocasiones, por practicar la virtud de la caridad.

¿Qué problema iba a haber? Si era una compañera de academia, siete años mayor que yo, y además tenía novio… ¡Pues lo hubo!

Las mujeres, cuando no se les muestra demasiado interés, adoptan pautas de comportamiento raras y caprichosas. ¡Se enamoran! ¡Cuesta creerlo, pero es así! Y lo más grave es que una mujer enamorada hace cosas extrañas, piensa cosas extrañas y se comporta de forma sorprendente. Te pasas la vida mirando a una chica mañana y tarde con ojos románticos y sentimentales… y nada.

¡Qué tío tan pesao…! Es a lo máximo que puedes aspirar, a que te vea.

La invitas a un cortado para decirle que es el centro de tu vida, que te falta el aire cuando no está, que cada noche tus últimos pensamientos son para ella… y te hace el más omiso de los casos. Es más… ¡te toma tirria! Pero como la trates con indiferencia; como piense que no te importa; como le hables manteniendo las distancias; como te vea relajado y sin ojeras… y además le digas que está guapa, va a por ti. ¡A saco! Vamos, que la vuelves loca, aunque tengas menos tirón que Mariano Rajoy.

¿Qué por qué lo sé? Pues por qué va a ser: porque a mí también me ha pasado.

Digan lo que digan, todas las mujeres piensan que son más inteligentes que nosotros. ¿Verdad? Pues cuando se enamoran, esa idea se incrementa de forma exponencial. Piensan que somos tontos de remate. Yo lo empecé a notar a las pocas semanas de llegar a la prestigiosa Academia San Francisco. Me sucedió con la señorita Montse Pellicer, la profesora de Letras.

Todo lo que decía le hacía gracia. Le conté que un día se perdió una máquina fotográfica en los dormitorios del colegio, y le entró la risa. Le dije que el padre Baena se empeñó en registrar nuestras maletas, y se desternillaba. Luego, le conté que me enfrenté al cura, diciendo que eso tendría que aprobarlo su superior, y se mondaba. Y cuando finalmente le expliqué que, a consecuencia del cabreo, el cura cogió un chungo que casi le cuesta la vida, se moría de la risa. Un cura en peligro es algo serio ¿verdad? Pues se descoyuntaba.

¿Por qué? No lo sé. ¿Le enseñé una foto del Baena? ¡No! ¿Entonces de qué se reía? A las risas siguieron las interrupciones en clase. Estaba yo luchando a brazo partido con el Binomio de Newton, había conseguido que los alumnos me atendieran, no se oía una mosca, y de pronto, se abría la puerta y aparecía la señorita Pellicer:

Perdona. ¿Te sobra un boli? ¿No? Pues te espero a la salida.

¿Verdad que no es lógico? Pues me esperaba, con un libro en la mano. Tomábamos el mismo tranvía y ella se bajaba una parada antes. Nos cogíamos a la barra y cuando distraídamente se rozaban nuestras manos, empezaba la cosa:

¡Ay…! Perdona, ha sido sin querer.

—No te preocupes.

Si el tranvía frenaba, se dejaba llevar por la inercia, se le caía el libro y se me echaba al cuello.

—¡Uy! ¡Otra vez! Disculpa.

«Si guardaras el librito y te cogieras a la barra con las dos manos, no pasaría nada, que cualquier día vamos a tener una desgracia… total… pa ná». Eso pensaba yo, pero… ¿cómo se lo iba a decir? Hubiera sido una imperdonable falta de tacto, creerán algunos. Pues, no señor; hubiera sido lo adecuado. Pero me callaba y buscaba una frase original para cambiar de asunto:

—Me gusta tu perfume.

Ella no contestaba, pero al regresar estaba la primera en la cola, con una falda estrecha y zapatos de tacón. Cuando, después de mil esfuerzos conseguía subir, me saludaba, se cogía a la barra y, al poco rato, el tranvía olía a su desodorante. Dicen que no les gusta presumir, pero presumen; que no les gusta que las acosen, pero acosan; que tampoco les gusta la gente empalagosa, pero se vuelven empalagosas.

Un fin de semana decidió que teníamos que ir al cine.

—¿Qué haces esta tarde? —me lanzó una pregunta trampa, inofensiva en apariencia—.

—Ya lo sabes: tengo clase de Bachillerato hasta las nueve —respuesta prevista—.

—¿Y mañana, sábado? —dijo para iniciar la fase de ataque—.

—No sé, no lo he pensado —respondí como un pardillo… y me pilló—.

—Podíamos ir al cine —entonces, recurrí a la lógica para salir del apuro—.

—¿Y tu novio? —pensé que estaba salvado, pero me respondió muy sonriente—.

—Está en Teruel, con la familia —¡jaque mate!—.

Me despedí del partido de fútbol que pensaba ver con los colegas, fumando como un indioy bebiendo cerveza por un tubo. No tuve más remedio que decir que sí, dejar que eligiera la peli y pasarme media hora en la cola para sacar las entradas, mirando a mí alrededor por si el novio de la Pellicer había adelantado el regreso y la sorprendía en la cola, partiéndose de risa por cualquier tontería. ¡Con los de Teruel nunca se sabe!

Se había puesto un vestido azul, con grandes flores blancas y amarillas y unos zapatos de tacón muy alto. Antes de la película nos sentamos, ella me miró, yo la miré, ella me lanzó una sonrisita leve y adorable y yo correspondí con un gesto afectuoso y seductor. Me iba liando. Cuando empezó la sesión, no me atrevía a cogerle la mano. ¿Para qué, si tenía novio…? Ella, al ver que no me lanzaba, me puso en la boca un caramelo, con la puntita de los dedos. Luego, se acercó hasta rozar mi oreja con sus labios y dijo en un susurro:

—Toma, es de menta —y añadió—. ¿Será verdad que es afrodisíaca? —no me di cuenta de que estaba perdido—.

Como uno es un caballero, no me quedó más remedio que armarme de valor y cogerle la mano. Ella, mimosa y adorable, me echó una cálida mirada y puso suavemente la cabeza sobre mi hombro. Parecía tranquila, pero no era verdad. Esperaba una escena romántica para cogerme por el cuello y darme un beso prolongado, violento, apasionado, definitivo. Cuando eso ocurrió, oí un cuchicheo en la fila de detrás y se me heló la sangre, pensando que podía ser el de Teruel. A partir de ese momento, no pude estar tranquilo. Los de Teruel son imprevisibles.

La película me pareció un tostón. Ninguna escena captó mi atención. Ninguna despertó mi sensibilidad. Ninguna me consiguió emocionar. A Montse le encantó. Se encendieron las luces y, lentamente, miré hacia la fila de detrás. ¿Quién sería el del cuchicheo? Si era el novio, me había lucido. Ya se sabe que el mundo es un pañuelo.

Hay situaciones en la ficción que parecen reales y situaciones reales que parecen producto de la imaginación. Lo que a continuación voy a contar es absolutamente cierto.

Detrás de nosotros, poniéndose la gabardina, con aspecto importante y sosegado, estaba el dueño de la prestigiosa Academia San Francisco, el señor Oromí, con su esposa, gorda y sumisa como una sierva. Con ellos se encontraba doña Virtudes, su cuñada, la encargada del parvulario.

—¿Qué hay, señorita? —dijo el señor bajito, evidentemente sorprendido—. ¿Le ha gustado la película?

—Sí, señor; me ha gustado mucho.

—Ya, ya… ¿Y usted qué tal está, señor Rodríguez?

Me entraron ganas de contestar «Jodido: no sé si volveré al colegio con esta fiera», pero opté por callarme y sonreír amablemente.

A la vuelta, cogimos el tranvía, tomamos un bocadillo y la acompañé a casa. Antes de llegar, se me echó al cuello y me volvió a besar entusiasmada. Habíamos visto Río sin retorno, pero en mi anecdotario personal recuerdo aquella tarde como la del “Lío sin retorno”.

Barcelona, 10 de julio de 2011.

roan82@gmail.com

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