Cuando salí de la Safa, 3

01-08-2011.

Mi primer día como profesor

No quería llegar tarde. En el colegio, si te dormías, no pasaba nada: te ponían un siete en conducta, que estaba muy mal, pero de ahí no pasaba. Al leer tus notas, el padre Sánchez te metía un rapapolvo y luego seguía el hombre con su cantinela: «Religión, siete con “chinco”; Matemáticas, “chinco”; Gramática, “chinco” con “chinco”…». Y así, hasta el último de la lista, Manuel Verdera.

Me levanté a las seis de la mañana. Pensaba que, si me dormía, encontraría a los alumnos rezados y sentados, atendiendo a la explicación del Binomio de Newton por el señor bajito. Eso me preocupaba. ¿Y si me entregaba la tiza y me decía que siguiera yo? Porque el Binomio de Newton no me lo sabía muy bien. Tenía que darle otro par de repasos.

La cola del tranvía era como las que hacíamos en la puerta del váter de la “Tercera”, que algunos días llegaba hasta el túnel de la sala de juegos.

Sí, hombre… una cola que don Antonio Pérez también hacía, como un alumno más. ¿Te acuerdas ahora…? Don Antonio hacía cola, porque los pobres disfrutan en las colas. Los ricos, no. ¿Alguien ha visto a Florentino Pérez haciendo cola? ¿Alguien le ha visto en la cola del pan? ¿Y en la del paro? Yo creo que no hace cola ni para renovar el carné de identidad.

Me puse como un flan. Podía pasarme la mañana en la parada. Tenía que colarme, pero no sabía qué hacer. De repente, me subí el cuello de la chaqueta, saqué el pañuelo del bolsillo, me tapé la boca y empecé a quejarme para que todos me oyeran:

—¡Ay!, ¡ay…!

¿Quiere una aspirina? —me ofreció una señora al verme en aquel estado.

—Lo mejor es el ajo dijo otra con gran seguridad—. Mastique un ajo; verá cómo se le pasa.

—¡Coñac! Como el coñac no hay nada. ¡Mata el dolor! —intervino un entusiasta de los métodos contundentes—.

Y así, cada uno ofrecía su solución, porque la gente humilde es buena y caritativa. Por fin, un señor mayor, tras un amistoso sermoneo, solucionó mi problema.

Se va dejando, se va dejando… y luego pasa lo que pasa. Hay que ir al dentista a las primeras molestias, que ya no hacen daño. Pero, ande… ¡pase usted!

Muchas gracias; no he podido dormir con la dichosa muela —y me coloqué en la pole position—.

Sólo una señora rechoncha, flamenca y desenvuelta, con el pelo a lo garçon,se puso a hacer comentarios en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular.

—Mucha cara es lo que tienen algunos.

—Pero señora… ¡No ve cómo está el pobre…!

—Sí, sí. ¡Mucho espabilao es lo que yo veo! —y me miraba de reojo, como una fiera—.

A punto estuve de derrumbarme psicológicamente y confesar mi culpa, pero resistí como un valiente. La gente me miraba con pena, yo no paraba de quejarme y la señora, con los brazos en jarras, no dejaba de lanzar puyas al aire.

—¡Que se ha colao! Con toa la cara, el tío… ¡Que se ha colao!

Intenté cederle la pole para que se callara, pero se creó un sentimiento colectivo de solidaridad en mi favor. En las colas siempre hay gente dispuesta a censurar ciertas conductas.

No señor; usted se queda ahí y ella que haga cola como los demás. ¡Hay que tener un poco de humanidad! —al oírlo, casi se me saltaron las lágrimas—.

Llegó el tranvía, lleno a reventar. Sólo subimos tres. La señora, que tenía el número cuatro en la parrilla de salida, no pudo subir. Lo intentó clavando los codos en los de delante y dejándose arrastrar por la avalancha para ganar la posición, pero no pudo ser. En ese momento, me hubiera matado.

Cuando llegué al prestigioso centro educativo, eran las ocho menos cuarto de la mañana. Estaba cerrado. Entré en un bar, saqué el libro que llevaba escondido debajo de la chaqueta y me puse a repasar el Binomio de Newton, por si acaso. Pedí un café con leche y al instante vino el camarero:

Señor, su café con leche. ¿Quiere un croissant?

¿Cuánto vale el croissant?

Tres pesetas.

Déjelo. A estas horas no tengo mucha hambre.

Como quiera —y se marchó, algo mosca, con el croissant en la bandeja—.

El prestigioso centro educativo tenía, en realidad, un nombre serio y respetable: Academia San Francisco. En un alarde de creatividad, le habían puesto el nombre del señor bajito, su fundador, que se llamaba Francisco Oromí. Cada mañana, a las nueve menos cuarto en punto, el señor Oromí se colocaba a la puerta para dar los buenos días y estrechar la mano de los niños que iban llegando. Según él, esa era la razón por la que el negocio llevaba tantos años funcionando con éxito. ¡Con qué orgullo me enseñó las clases!

Mire usted, aquí en la planta baja está el parvulario. Hay matriculados sesenta niños, pero como siempre falta un diez por ciento, sólo tenemos nueve mesitas con seis sillas. En total, cincuenta y cuatro dijo con la mayor naturalidad. A estas edades siempre falta alguno: sarampión, varicela, resfriados, en fin… Aquí, la encargada del parvulario doña Virtudes, mi cuñada.

Encantado, señora.

Eso dije, aunque en realidad me hubiera gustado decir:

¡Joder! Pues es verdad, eso que se comenta de los catalanes.

Pero me callé. Y me entró por dentro un cosquilleo pensando que, con un hombre así, Las Escuelas hubieran repartido beneficios cada año. Subimos al primer piso. A la izquierda estaba la clase de Primaria, con cincuenta niños de matrícula a cargo de Juan Galindo, un muchacho de Granada, al que sólo le faltaban tres asignaturas para terminar la carrera. A la derecha estaba el aula de letras y, a continuación, la de ciencias. O sea, la mía.

Mientras los de Primero y Segundo daban clase de letras con la señorita Montse, los de Tercero y Cuarto estudiaban Matemáticas, Física y Química conmigo. Durante la hora de clase todo iba bien; pero, al finalizar, sucedía un hecho curioso: los niños parecían trastornados, recogiendo sus cuadernos, carpetas, abrigos, bufandas… para pasar a la otra clase. En la puerta, se encontraban los que iban con los que venían. La señorita Montse se ponía a explicar a toda pastilla y los chicos no tenían tiempo ni de abrir los libros. Aquello parecía la estación de Francia en pleno mes de agosto. Carreras, apretujones y risas de las chicas mayores, que adivinaban las intenciones de los muchachos. Al cabo de una hora, la escena se volvía a repetir. Yo creo que la verdadera razón por la que el negocio llevaba tantos años funcionando con éxito era la atracción que aquellos apretujones ejercían en el alumnado.

De esto se enteran los niños de los jesuitas y en dos días tenemos aquí al San Ignacio en pleno pensaba yo—.

Al finalizar las clases, vino a saludarme la señorita Montse. Era una chica soltera que estudiaba Segundo de Comunes. No estaba mal; sólo había un problema: era siete años mayor que yo y tenía novio. O sea, que nada. Entre nosotros sólo podía haber lo que entonces se conocía por una relación sana. Le expliqué mi vida en un minuto y salimos de clase. Íbamos distraídos, hablando de nuestras cosas, cuando de pronto, dándole cera al pasillo, con su cubo, sus bayetas y su uniforme azul, veo a una señora rechoncha, flamenca, desenvuelta y remangada, con el pelo a lo garçon.

¡Coño! ¡La del tranvía! —no lo podía creer—.

¡Pero si es el de la muela! ¿Será desgraciao?

Me amargó la vida. Se pasó el curso acosándome cada mañana, en la cola del tranvía, delante de todo el mundo:

—¿Cómo va la muela? ¿Ha descansado bien?

Y yo, medio dormido, porque pasaba la noche dándole vueltas al Binomio de Newton, no contestaba.

No todos los pobres son iguales: hay gente humilde que no conoce la virtud de la prudencia. Es más, a veces son más apasionados que la gente normal.

Barcelona, 7 de julio de 2011.

roan82@gmail.com

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