La Corredera

17-05-2011.

 

Visita organizada por el Museo Arqueológico de Úbeda.

 

Autor del texto y comentarista de la visita, Juan Ramón Martínez Elvira.

Autor de las fotografías y director del Museo, José Luis Latorre Bonachera.

 

La calle de la Corredera (que en la actualidad lleva el sobrenombre de San Fernando) pertenece a San Nicolás, si bien, en tiempos muy antiguos, la muralla que bordea­ba su lado derecho que­daba constituida como línea divisoria entre esta parroquia y la de San Pablo.

 

De dicha muralla se perdió el viejo Postigo de Montiel (luego llamado Puerta de la Coronada o Arco de las Descalzas, ya que, bien por un lado, bien por otro, hacía frente a sendos con­ventos). Pero aún se conservan distintos trozos de lienzo, muchos de ellos visi­bles desde la calle Ventanas. Además, queda en pie, mostrando toda su forta­leza, la torre octogonal que fuera cons­truida como albarrana, tal vez por los almohades. Destacan en ella los mata­canes y, por su lado sur, los restos del es­cudo que coronaba la puerta de salida del puente hacia el muro.

Al igual que en otras poblaciones, donde existe una calle con la misma de­nominación, la Corredera era el lugar donde los ca­balleros se ejercitaban en la equitación, entrenándo­se para la lid o el festejo.

Cuando dejó de ser­vir para esta función, a principios del XVI comen­zaron a erigirse viviendas adosadas a la muralla, pasando a convertirse en una de las calles más populosas de la ciudad, plagada de artesanos (el campanero Pedro de la Llama, el rejero Nicolás Pérez, el platero Luis de Troya…), trabajadores de todo tipo (entre ellos muchos tejedores, varios caldereros, un omnipresente hornero…) y diversas tiendas (espaderías, especierías, barbe­rías, zapaterías…). De intensa actividad durante gran parte del XVIII fue la de los Aceiteros de la Coronada, que paga­ban altas cantidades al fisco. Téngase en cuenta la proximidad de esta calle a la Plaza de Toledo, donde se practicaba un comercio diario en paralelo con el de la desaparecida Plaza de Abajo. Llegó a equipararse en ese aspecto a otras como el Real o la Rúa. Pero como en es­tas, la presencia de hidalgos es escasa, constituyendo los pocos que lo hacen la excepción a la regla. Tal vez los más destacados sean el también regidor don Luis de Leiva Messía (1594-1615), due­ño de la mansión que, transformada en pastiche durante la década de 1960, sólo conserva la portada con los escudos de su fundador (la numerada actualmente con el 5) y el Alguacil Mayor don Juan Duque Ramírez, que práctica­mente inicia el siglo XVIII. Gozó también de la pre­sencia de un buen número de artistas: el entallador Marcos Hernández, los pintores Pedro de Medina y Francisco Becerra, diversos músicos (Luis de Arjona y el licenciado don Juan de Dios)…

 

Vecinos fueron también otros personajes pertenecien­tes a distintos estamentos. El de los escribanos, por ejem­plo, mantiene a uno o varios representantes durante los diversos siglos, aunque qui­zás el más conocido popularmente sea don Juan Cortés Fernández, secretario del Ayuntamiento en el XVIII que da su primer apellido a la conocida Casería de Cortés. Tampoco faltaron los relacio­nados con el mundo de la Medicina (ya como licenciados, ya como cirujanos); ni mucho menos, como es natural, los pertenecientes al clero. De entre estos, haremos mención del licenciado Pedro Manjón (por ser hijo del tallista Marco Hernández) y del beneficiado don Diego López de la Torre, Comisario del Santo Oficio. Ambos se sitúan, respectivamen­te, en cada una de las dos mitades del XVII.

 

El apartado de la cons­trucción lo protagoniza, sin duda, “Tomás, el maestro de la Trinidad”, vecino en­tre 1731 y 1733. Por estos años, precisamente, la igle­sia de este convento está sufriendo la remodelación con que hoy se presenta ante nosotros. Dicha re­modelación preservó en principio la hornacina de­dicada por los ganaderos de cerda al Santo Cristo de Burgos, que aquí fue vene­rado desde 1650 hasta su traslado a San Nicolás (sobre 1766). El nicho, aún muestra sus huellas en el muro de la cabecera de la iglesia que da a la Corredera.

 

Si, por un extremo de su lado iz­quierdo, la calle quedaba delimitada por este monasterio trinitario, en la otra punta se hallaba el de Nuestra Señora de la Coronada, de fundación anterior a 1488.

 

En el costado de los números pa­res, y a ambos lados de la mencionada torre albarrana, se erigen dos edificios dignos de atención. El más antiguo, el de la Tercia. Esta, desde luego, no fue la única ni la primera asentada en la calle, pues conocemos otras en ella ta­les como la del licenciado Manuel (en funciones antes de 1558 y cerrada ya trein­ta años después) o la del escribano Antón de Cazorla (quien, a su vez, poseía la Tercia del Pan y del Vino de la plaza del Iruelo). Parece que, cuando esta se cierra a finales del siglo XVIII, se co­mienza a edificar la que hoy podemos ver con alguna que otra modificación res­pecto a su traza original.

 

El siguiente edificio que destacar cae junto al costado occidental del torreón de las ocho esquinas. Se trata de una construcción del último cuarto del XIX (lleva fecha de 1885), levantada por el Círculo de Artesanos y Unión Ubetense a fin de mejorar sus anteriores instalaciones. La monumental escalera de este casino se encuentra hoy formando parte de su subida a la galería del Ayuntamiento.

 

Evidentemente, la Corredera, como otras calles principales de la ciudad, se hace eco del buen momento que la burguesía atraviesa en los años postreros del XIX y los iniciales de la centuria siguiente. En consecuencia, surgen en ella elegantes mansiones, de las que aún perduran bastantes.

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