Un pensador extraordinario: Jerry Iglowitz

07-04-2011.

Jerry Iglowitz, Virtual reality: consciousness really explained!, tercera edición.

Desde sus primeros esbozos ‑que han ido apareciendo sucesivamente en internet‑ esta importante publicación ha llamado favorablemente la atención de expertos internacionales y ha suscitado elogiosas críticas por parte de editores científicos americanos.

Para este blog de la Negociación, la antropología de Virtual reality presenta gran interés.

Un inmenso mérito que hay que reconocer a Jerry Iglowitz es su gigantesco esfuerzo, y su audacia epistemológica, para tender puentes entre la biología contemporánea, en particular las neurociencias, la matemática moderna, la teoría de la computación y la filosofía, entre otras disciplinas. Todas estas disciplinas han sido convocadas para intentar dar una respuesta a la eterna cuestión sobre “el cerebro fisiológico y la mente”. ¿Constituyen una única realidad? Para pronunciarse le ha sido necesario formular unas tesis que pretenden ofrecer las claves del funcionamiento cerebral en los procesos cognitivos.

La multidisciplinaridad de Iglowitz, su significación y alcance

Dejando aparte los monismos o dualismos espiritualistas, la respuesta más simple al problema Cerebro y Mente es la del estricto reduccionismo monista, de factura materialista. Una posición filosófica (?) hoy día muy frecuente entre especialistas de las neurociencias. (No ha sido sencillo, para Iglowitz, acometer la empresa de superar el reduccionismo estricto, a partir de unas bases estrictamente materialistas).

Dados los espectaculares avances de la Física ya desde los primeros decenios del XIX, no es de extrañar que la tendencia materialista reduccionista se impusiera en la cultura y el pensamiento occidental. La Física empezó entonces a reinar sobre las otras disciplinas.

Paralelamente, en los primeros decenios del XX, cristaliza una importante corriente filosófica de unificación de la ciencia, la de los lógico-empiricistas del Círculo de Viena y la posterior filosofía analítica, esencialmente americana (Mach, Wittgenstein, Neurath, Carnap, y algo después el modelo deductivo gnomológico de Hempel y el modelo de reducción de Nagel). Jerry Iglowitz ha encontrado en la ideología del Círculo de Viena una de sus fuentes de inspiración.

El reduccionismo materialista pretendía poder ofrecer una respuesta universal a todos los problemas. (Lo mismo que se había atrevido a hacer anteriormente la Filosofía tradicional).

Para que la integración máxima del saber sea posible, es necesario que haya unidad ‑o una especie de continuidad- entre los fenómenos de diferentes niveles: microscópico y macroscópico; desde el nivel subnuclear, atómico, orgánico…, hasta el hombre, el cerebro y los sistemas sociales. Lo que exige que los hombres de ciencia comprendan tanto las complejas estructuras y topologías que se construyen a partir de las entidades elementales, como las complejísimas dinámicas funcionales de esas estructuras.

Un tal sistema integrado, compuesto de entidades jerárquicamente anidadas, exhibe propiedades en cada determinado nivel. A su vez, cada nivel está compuesto de entidades en niveles inferiores que presentan propiedades específicas y que engloban a su vez niveles más bajos. La causalidad y determinación exigen que cualquier cambio que intervenga en un nivel dado sea explicable en función de cambios que se produzcan en niveles más bajos. (La noción de supervenience). Un tan vastísimo programa resulta irrealizable y las pretensiones de la unidad de la ciencia incomensurables.

Pero lo más significativo fue que los problemas que entraña la unicidad de la ciencia empezaron a aparecer en el propio dominio de la Física. Pronto se pusieron de manifiesto las incompatibilidades entre diversos modelos y teorías, que dificultan -por no decir imposibilitan– la síntesis que requeriría ese título de ciencia ideal, universal y unificante que se le había dado a la Física y en el que soñó el XIX. Son difícilmente conciliables, por dar sólo un ejemplo muy conocido, la relatividad especial y la general con la Física cuántica, o ésta última con la mecánica clásica. La bella arquitectura de la Física aparece hoy fracturada en compartimientos autónomos.

Como dice Dupré, el paradigma de base sobre el que parte el ideal de la unicidad de la ciencia es mecanicista, determinista y esencialista. El paradigma partió de la Física y propagó hacia otras disciplinas sus opciones implícitas de orden metafísico, al mismo tiempo que sus métodos de creación de ciencia. Y eso ha sido filosóficamente calamitoso y socialmente dañino. «Peligrosa e ilusoria unidad del saber» como dice Cartwright.

Y, por esa razón, no hay esperanza de unidad en la ciencia, ni hay cabida para las pretensiones de dominación de una Física, de la que algunos pensaron que acabaría con la Metafísica. (Resulta ridícula la pretenciosa Theory of everything). Hoy los argumentos se acumulan para hablar más bien de pluralismo y compartimentación de los saberes. Estamos muy lejos de la soñada derivabilidad de una región del saber con respecto a otra. Se acabó el reinado absolutista de la ciencia Física. Y al mismo tiempo se acabó el fisicalismo, de que hablan los anglosajones.

La ciencia es y debe ser una confederación armoniosa de saberes autónomos, porque es evidente que deben ser compatibles entre ellos y que han de existir puentes que permitan la fertilización cruzada.

Tender puentes es precisamente lo que Iglowitz persigue con su trabajo. Una tarea ardua y peligrosa. Esa es la significación precisa y el gran valor de su trabajo. Obrar por la integrabilidad de saberes dispares, con estilos epistemológicos diferentes, manejando una serie de conceptos de semántica variable según que el concepto sea empleado en uno u otro compartimento del saber.

El problema Cerebro-Mente

Iglowitz presenta una teoría del conocimiento que comporta muchos rasgos originales.

Sería pretencioso querer resumir en unas líneas las más de 600 páginas, espesas y densas páginas, del libro Virtual reality. Me limitaré por consiguiente a esbozar algunas de sus ideas centrales.

En este libro encontrará el lector una exposición original de los fundamentos del relativismo gnoseológico que hoy constituye el presupuesto indispensable en Teoría e Historia de la Ciencia.

Es demasiado elemental y filosófica y epistemológicamente simplista, el reduccionismo que afirma que lo mental no es más que un conjunto de elaboraciones complejas de la información a partir de un origen extracerebral, vía los órganos sensoriales.

Después de las fases sensoriales, el modo de organización del tratamiento cortical de la información es absolutamente intrínseco y no obedece a la información periférica.

Todo el mundo admite hoy ese rol activo del cerebro en los fenómenos cognitivos. Que en el cerebro se encuentre la explicación del espacio y del tiempo, ya lo sabíamos desde Kant. En ese sentido, Virtual reality es reminiscente de los conceptos kantianos de trascendentales y a prioris. Pero Iglowitz revitaliza estas ideas a partir de conocimientos actuales y las presenta en términos también actuales.

Subraya insistentemente que el cerebro no fabrica representaciones del mundo exterior, sino que está organizado para producir respuestas eficientes en su relación con el entorno exterior. Ese es el extraordinario resultado del despliegue de la evolución que culmina en la complejidad del cerebro humano.

La coordinación de millones de neuronas, estructuradas en configuraciones de redes jerarquizadas, no busca representar realidades externas. Busca satisfacer objetivos intencionales.

Y lo hace mediante estrategias y cálculos que son eficientes y que garantizan la conexión real del cerebro con el mundo.

A las puertas de la Filosofía

A pesar de que el punto de partida de Iglowitz es declaradamente materialista, una lectura atenta de los últimos capítulos revela una apertura clarísima a la metafísica, más aún al espiritualismo, en el sentido de D’Espagnat. (En una nota final, Iglowitz llega incluso a justificar el altruismo ético, lo que es una performance para el que parte de un materialismo raso).

La relación del cerebro con el mundo exterior está garantizada por lo que Maturana llama «structural coupling». O en las formas simbólicas de Cassirer. La inmanencia queda así rota.

No es su contribución más innovadora para el pensamiento filosófico el hecho de que demuestre la existencia de un mundo real, contra el «todo es mental» de Berkeley. El solipsismo quedó superado hace ya mucho tiempo.

La novedad que aporta Iglowitz es que la mente “es” el proceso mismo.

Pero lo más sorprendente quizás sea que la clave última del proceso cognitivo es matemática.

Virtual reality sostiene en sus últimos capítulos que percibimos lo real por medio de una interfaz que es un «ideal matemático» para todas nuestras formas de conocimiento. Para Iglowitz, estos ideales matemáticos son realidades que tienen una peculiar forma de subsistencia propia. Iglowitz hace uso constante del concepto matemático de «definición implícita» de Hilbert, hablando de «axiomas de funcionamiento».

Recordemos las palabras de Quine: «Las razones para creer en la existencia del número no difieren en principio de las que hay para creer en el electrón». Es ésta una modalidad contemporánea de pitagorismo o platonismo.

Esta perspectiva tan abstracta recuerda ciertas corrientes de pensamiento entre físicos, que descubren que la vida y la consciencia están replegadas profundamente en el orden generativo que se manifiesta en los diferentes grados de despliegue de la materia, ya desde las entidades supuestamente inanimadas como el electrón y los plasmas. «Hay una protointeligencia en la materia», como dice Michael Talbot en su libro The holograph universe, comentando el pensamiento de Bohm, en el que halla connotaciones místicas. Como en la física de John Hagelin (ver Google). A pesar de que Iglowitz niega cualquier parentesco.

En un cierto sentido, como algunos físicos contemporáneos, Iglowitz redescubre al final de su recorrido intelectual una forma de espiritualidad totalmente nueva. Yo quisiera ver en ella un entroncamiento spinoziano que probablemente Iglowitz también rehusará.

En resumen, un libro provocador y de lectura no fácil, pero muy fecunda.

bf.lara@hispeed.ch

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