Un puñado de nubes, 20

16-03-2011.

Unos años antes de que en la cafetería Jacaranda aconteciera esa disputa que estaba a punto de estallar entre los dos viejos amigos y que iba a poner a prueba la solidez de la recobrada amistad, Alfonso había decidido abandonar Suiza e instalarse definitivamente en Sevilla. Tras ardua búsqueda, había conseguido localizar a su viejo amigo León.

Aquel día en que decidió tomar el avión, su amigo León lo estaba esperando en el aeropuerto de San Pablo. Antes, y con objeto de poder reconocerse, ya se habían comunicado, primero por teléfono, luego por e-mail y, finalmente, por Skype:

—Pero qué viejo estás Leo. Sólo te reconozco por la voz y por el ondulado flequillo que ya en la Safa reposaba sobre tu frente. Ahora lo tienes ceniciento…

—Y tú qué te crees, Alfonso, ¿qué sigues conservando aquella antigua carita de ángel triste? ¿No te has mirado en un espejo? En cuanto al pelo, ¿dónde has metido el tuyo? ¿Lo has colocado en un banco suizo?

Un guiño cómplice fue entonces, como lo había sido siempre, la réplica desenvuelta y divertida de Alfonso a cualquier tipo de burla o de acoso. León lo recordó y una carcajada desbarató las desdibujadas figuras que proyectaba Skype en la pantalla del ordenador.

Cuando terminaron de celebrar la reconquista de los recuerdos, Alfonso le explicó que llegaría en el vuelo París-Sevilla.

—Iré —puntualizó Alfonso— sólo para los asuntos de la casa. Si todo va bien, la mudanza definitiva la haré dentro de tres semanas. Tengo pocos bártulos. Siempre he vivido en hoteles.

Al bajar del avión, se dieron un abrazo fraternal que los dejó sin aliento: más de cuarenta años sin noticias el uno del otro.

—Estos días, te quedarás en mi casa. Ya sabes que vivo solo. Mañana vamos a visitar el chalé que te he agenciado y, si te gusta, arreglamos con el notario los papeles y no se hable más.

Sentados a la mesa en casa de León, tuvieron la certidumbre de que aquel día era el del retorno a una gran amistad. Parecían estar vinculados por una especie de vieja complicidad, fundada en hechos reales que habían afectado a sus vidas, hasta tal punto, que ambos parecían encontrarse en la resaca de un mundo acabado, del cual sólo les quedaban fragmentos dispersos por la memoria y embadurnados de nostalgia.

Mil veces, durante la cena, intentaron hablar del futuro, de proyectos que desterraran la tentación al sedentarismo y la domesticidad que, a su edad, los estaban rondando; pero, otras tantas, el puzle de la melancolía vulneraba sus propósitos, imponiendo la recomposición del pasado.

De vez en cuando, se sorprendían contemplándose con una mirada venida de otros tiempos y lugares:

—Sabes Leo, a veces allá en Suiza me sentía olvidado. No con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e inexorable, porque se parecía al desamparo de la muerte.

Y entonces un largo silencio se apoderaba de ellos. Con el puño apuntalando la barbilla, las miradas recorrían como extraviadas los dibujos del mantel de la mesa.

Alfonso hablaba de la desgracia de su corazón, seco y como achicharrado en el viejo recuerdo de la yedra de la iglesia de San Lorenzo. Y León, tratando de sobreponerse a la turbación de Alfonso, le agarraba la voz que se le fugaba y se le convertía en una especie de pólipo petrificado. Y, entonces, le decía que incluso el amor más desatinado y tenaz es de todos modos una verdad efímera:

—Recordar y recordar, amigo Alfonso, es como ir haciendo trizas y tirando al olvido el largo poema de la fugacidad.

—Tú siempre, Leo, con tus consejos filosófico-poéticos que sirven para amansar el corazón…

Y entonces, León le hablaba del futuro y lo incitaba a que abandonara el espacio estático y marginal de los recuerdos. Y le repetía que la memoria tiene caminos de regreso a la bonanza, que toda primavera antigua es recuperable.

Pero la quebradiza incertidumbre del futuro —«Sabes, ya se van quedando muy atrás los sesenta»— les hacía retornar el corazón hacia el pasado. A fin de cuentas, los dos navegaban contra la corriente de aquellos tiempos pasados que se desgastaban en el empeño inútil de hacerlos derivar hacia el desierto del desencanto y del olvido.

Al día siguiente, visitaron la casa. El palacete correspondía prácticamente, punto por punto, a los deseos que Alfonso le había manifestado a León. Al final de una callejuela privada, se alzaba un palacete de dos plantas completamente rodeado por una impresionante valla, con sistema de alarma distribuido por todo el perímetro y una poderosa puerta de acceso enrejada. Del amplio vestíbulo salía una escalera lateral de mármol con pasamanos de hierro forjado que conducía a tres espaciosos dormitorios con cuarto de baño propio y ancho balcón volcado al extenso jardín. Del dormitorio central y como prolongación exterior del balcón, arrancaba una escalinata que descendía, bordeando la fachada, con barandilla para colocar macetas con flores de colores alegres.

En la planta baja había un comedor con la cocina separada y un amplio salón para el uso diario, cómodo y fresco, iluminado y orientado hacia el Sur. Por sus tres puertas‑vidrieras se salía al dilatado parterre, en forma de cobertizo, techado con clemátides, glicinias y buganvillas que lo protegían del resplandor hiriente del mediodía; a pocos metros, una holgada piscina orillada de jacarandas, pinos y palmeras. Y allá en lo alto, como cumbre encaramada a la que se accedía por el balcón del dormitorio central, la terraza‑mirador desde donde se divisaba la cresta de la Giralda y se adivinaba la línea azul del Guadalquivir.

 

—Espléndido, Leo. Muchas gracias: has encontrado la perla que yo buscaba. Y el precio me parece correcto.

—Si necesitas un préstamo hipotecario o algún consejo financiero, te llevo a la Caja: ya sabes que he sido subdirector…

—Muchas gracias, Leo, pero no los necesito —le contestó con un aire entre agradecido y despreocupado—. Ahora vamos a donde el notario; te invito luego a comer en un buen restaurante; y después damos una vuelta por donde tú sueles pasear.

Ya en el avión de vuelta, Alfonso rememoraba el agradable paseo que dieron los dos  por los Jardines de la Buhaira, el brazo del uno apoyado en el hombro del otro, como dos adolescentes de pindongueo. Y recordó que pasaron el resto de la tarde en una vistosa cafetería llamada Jacaranda, cuyo decorado recordaba el Art Nouveau de alguna cafetería vienesa o lisboeta.

Años después, en ese mismo Jacaranda,y a causa de una mujer, se habría de poner a ruda prueba la firmeza de aquella amistad recuperada.

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