Un puñado de nubes, 15

04-03-2011.
—Mi abuela, mis padres y mi hermana Pilar viven en la casa que les dejó mi abuelo. Es una casa de campo, a las afueras de Montealto. Mi padre se llama Rafael Quesada y mi madre Valentina Leyva. Proceden de Almería, tierra de bravas mujeres y de uvas exquisitas —instruía Amalia mientras conducía—. Mi padre se ha dedicado toda su vida a las faenas del campo y mi madre hace de todo: la casa, la comida, la ropa, ayuda en las faenas del campo, incluso vende a los vecinos los productos de temporada, como tomates, pimientos, lechugas… Es un factótum. Un tesoro de los que quedan pocos —aseguraba orgullosa, Amalia—.
La hermana pequeña de quince años, Pilar, estudiaba bachillerato en el instituto de la capital. Empezaba las clases a las ocho de la mañana y las terminaba a las tres de la tarde. Un autobús la dejaba todos los días en el cruce de caminos, a dos pasos del cortijo.
Ron olisqueó el coche de su ama antes de llegar. Era un perro labrador cordobés cruzado, todo blanco, de algodón largo menos el hocico negro y tintes marrones en las orejas, con una oreja tiesa y la izquierda tumbada por defecto al nacer.

—Me lo regalaron cuando tenía unos días de vida. Pensamos ponerle de nombre Beethoven, por lo de la oreja; pero, al final, se impuso el criterio de la abuela Teresa —explicaba Amalia, aunque no sabía muy bien por qué “Ron” precisamente—.
El caserón era un cortijo de los de toda la vida, con su gran portón de hierro sujeto por dos pilares de obra y unos metros de verja de alambre que dejaba abierto el acceso por ambos lados. Entrabas al jardín, donde había un pozo y un estanque que ahora estaba a medio llenar y lleno de hojas. La casa era enorme: tenía dos plantas y una cochera y un granero adosados. Amalia se la iba enseñando a León con la sonrisa cómplice de quien ha vivido cien películas entre sus paredes. León disimulaba un bostezo mientras contemplaba en el pasillo la foto sepia de Amalia vestida de primera comunión. Le gustaba más examinar los aperos de labranza: el arado, una romana, los serones de esparto, un carro grande de madera con sus ruedas radiales, la trilla y la criba, el bieldo y la pala para separar el grano de las granzas y la paja, la hoz, azadas, almocafres y rastrillos que se recogían en los rincones del corral.
Amalia avisó su llegada con un telegrama que Valentina leía a su madre una y otra vez: «León y yo llegaremos este viernes a casa para pasar unos días con vosotros. Besos».
Al ángelus, Valentina mató un pollo del corral y Amalia ayudaba a desplumarlo, mientras León preparaba un gran fuego con leña.
Después del café de pucherillo, la madre, desconfiada, no le quitaba ojo a la pareja y procuraba tenerlos cerca. Amalia, con el pretexto de dar una vuelta por el campo, cogió a León de la mano, se montaron en el coche y se perdieron por esos caminos de Dios, donde hicieron el amor con pasión retenida por activa y por pasiva. Desde el coche contemplaban la maravilla de los almendros en flor en un querer y no poder con la reserva del tiempo aún frío. Vieron las estrellas en la tarde noche de San Blas y bien que las gozaron.
León recordaba estas historias de hacía cuarenta años como si las viviera ayer. Siempre había presumido de una gran memoria, que le ayudaba sobremanera en sus estudios tan memorísticos. «Hay tantas amnesias como amnésicos. Tantos amores como amantes. Tantas locuras como poetas», filosofaba en voz alta. Luego se quedaba dormido y tranquilo, hasta la mañana siguiente.
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