Él nunca lo haría

13-02-2011.
En un flamante piso de protección oficial; en una de esas viviendas actuales de treinta y cinco metros cuadrados, vivía un sencillo matrimonio en compañía de la suegra y un perro “siete leches”, callejero y sentimental, que movía la cola a todo el mundo en señal de paz y de amistad. Se llamaba Florián, que es nombre alegre, primaveral y respetable. Les quedaban treinta y dos años de hipoteca por pagar; sin embargo, eran felices y se amaban apasionadamente en los escasos ratos libres que les dejaban sus ocupaciones. Jacinta cuidaba de la casa y de su madre que, a sus noventa años, gozaba de una salud de hierro si no fuera por el maldito alzheimer que, poco a poco, le enturbiaba la memoria. Manolo, el marido, vendía planes de pensiones “a puerta fría” por los barrios de la periferia, donde la gente era más pobre, pero más humana y fácil de engatusar.

Sobrevino una espantosa crisis que arruinó el país. Cerraban las empresas y el número de parados crecía de manera inquietante. Muchas familias restringieron gastos y suscribieron un plan para el día de mañana. Manolo les hablaba de un futuro tranquilo y sin sobresaltos, viajando en los lujosos autocares del Imserso y recorriendo las soleadas playas de nuestro litoral. Le ayudaba mucho enseñar un recorte de El País con unas declaraciones de don Pedro Solbes: «¿Lo ve señora? Hay que tener un plan. Lo dice hasta el ministro». ¡Cuántas operaciones tenía que agradecerle!
Tras muchos años de trabajo, reunió la bonita cifra de tres mil euros que en aquel tiempo –igual que en éste- no eran ninguna broma. Tenía que hablar seriamente con Jacinta. Después de doce años de casados, se merecían unas vacaciones. Pensaron en Benidorm, que era lo más barato y les recordaba su luna de miel en aquel hotel de veintinueve plantas, repleto de alemanes, con un nombre tan tierno y tan simpático: Los Dálmatas. Sólo existía un problema: ¿dónde dejarían al perro y a la suegra?, que estaba como un roble, «Gracias a Dios», como ella misma recordaba insistentemente. En el piso no se podían quedar y las residencias estaban por las nubes. Más de una noche pasó Manolo en vela buscando la solución, mientras escuchaba los ronquidos de la abuela y el resuello de Florián, echado en la alfombra junto a ella, a los pies del sofá.
Por fin, se decidió a exponer el plan a su mujer. Los llevaría a un bosque de las afueras, los abandonaría y, al anochecer, llamaría a la Guardia Civil para denunciar la desaparición. En los establecimientos del barrio, colocaría unas fotocopias en color, con la fotografía de ambos, y debajo un número de teléfono. Nadie sospecharía. Unos días después, se irían a Benidorm a saborear sus merecidas vacaciones. Era perfecto.
Al oírlo, Jacinta se puso a llorar, pero Manolo la consolaba diciendo que la Guardia Civil acabaría por encontrarlos. Llegó el día señalado. A las cuatro de la mañana, Manolo despertó al perro y a su suegra, que sorprendida preguntó:
—¿A dónde vamos, hijo?
—Al campo. A tomar el aire.
—¿A estas horas?
—Son las mejores —contestó Manolo, disimulando su inquietud—. A estas horas no hay tráfico ni contaminación.
El perro se puso a dar saltos, tan contento como si hubiera entendido la conversación. Subieron al viejo Seat 127. La suegra se sentó delante con Manolo y el perro detrás, como un alumno educado y obediente. Desde la ventana, Jacinta les vio alejarse sin dejar de llorar, moviendo el pañuelo con la mano, diciéndoles «Adiós» para disimular.
Amanecía. El sol triscaba como un choto por los picos más altos de la sierra. Habían dejado la carretera para tomar un camino forestal, sin tráfico apenas. Llevaban tres horas de viaje. No obstante, Manolo seguía adentrándose por una senda solitaria y umbría que lentamente se deslizaba por la ladera; luego remontaron una escarpada veredilla en la que apenas cabía el automóvil, pero siguieron adelante hasta llegar a un claro de sauces y castaños. Eran las dos y media de la tarde. A lo lejos, se oía un rumor de esquilas, triste y aburrido. Sintió miedo. El pastor quizás no andaba lejos. Paró el coche, les mandó bajar, dio media vuelta y, con la excusa de ir a echar gasolina, se marchó. La abuela, como una niña, recogía florecillas entre la verde hierba y el perro saltaba, persiguiendo a grillos y mariposas. De cuando en cuando, se paraba a observar el caminar pausado de un caracol sobre la roca húmeda, olisqueando curioso el rastro que dejaba, claro y brillante, como de nácar.
Pasaron los meses y Manolo no volvía a casa. Jacinta lo esperaba inútilmente asomada a la ventana. Por suerte, el perro encontró pronto el camino de vuelta. La abuela aguantó las tres horas y pico de caminata, sin una queja, incluso con cierta y despreocupada presunción, sin dejar de la mano aquel ramo de ginestas, romeros y campánulas blancas, azules y amarillas.
Manolo no tuvo la misma suerte: incapaz de orientarse, se perdió en el bosque sin remedio. El coche se despeñó por un canchal, cortado casi a pico, yendo a caer en lo más profundo del barranco. A los cuatro meses, un pastor lo encontró entre unas cárcavas ocultas y sombrías. Tenía en la mano un teléfono móvil y en el bolsillo dos reservas para un hotel de Benidorm.
Barcelona, 12 de febrero de 2011.

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