Breves notas o crónicas de algunas vacaciones, y 4

26-01-2011.
IV. Mis quintas vacaciones con el Imserso.
¡Qué incentivo tiene el viajar, el pasar unos días de vacaciones aunque no sea verano! Este año me las he tomado en las postrimerías de este seco otoño.
Mis vacaciones las he pasado en esas cálidas playas de la Comunidad Valenciana, en Gandía. Mi señora y yo hemos estado quince días de ensueño anclados en ese bonito hotel, “Tres Anclas”, de esta bella ciudad levantina. Un hotel muy moderno, ubicado en línea de playa que se podía divisar desde mi balcón. No me pasaba a mí como a Marisol, que decía en una bonita canción: «Desde mi ventana, el mar no se ve…». Yo, a diario, ese Mare Nostrum, con sus azules y tranquilas aguas peinando y deshaciéndose las espumas de sus olas en las finas arenas de esas amplias y luminosas playas de Gandía, sí lo veía.

Desde mi ventana, yo sí puedo verlo;
desde mi ventana, estoy viendo el mar;
desde mi ventana, sus olas me alegran;
desde mi ventana, disfruto del mar.
Hemos paseado a diario por sus amplias y solitarias avenidas, que van todas a desembocar al mar y que están situadas al norte de la ciudad. Aquí hay un nutrido grupo de hoteles y apartamentos, hoy vacíos, a excepción de donde yo he residido, y otros tres que el Imserso tiene contratados a la Comunidad Valenciana. En este sector, sólo se ven algunos jubilados paseando pausadamente por sus cálidas y soleadas playas.
Hemos hecho bonitas excursiones a varios puntos de esta región. Hemos estado en Calpe, al pie de su famosa peña, en su pequeño y bonito puerto; y otras más.
La excursión que más me ha impactado ha sido a Valencia capital.
Yo hice mi servicio militar allí, en el Campamento de Bétera, por el año 1944. Cuando en aquellos días de abril llegué a esa bonita estación de la calle Játiva ‑cargado con una maleta de madera repleta de pan, tocino, morcilla y un sinfín de alimentos que mi madre me había echado, quitándoselo de sus escaso racionamiento‑, con la incertidumbre de no saber ni conocer nada, con mis veinte años, con poca experiencia… me parecía que esa bonita ciudad se me venía encima.
Nos sacaron de la estación andando y un poco aborregados, como reclutas. Atravesamos la entonces Plaza del Caudillo, el mercado de las flores, vimos el Ayuntamiento, igual que la Catedral, el Miguelete, la bonita Plaza de la Virgen y el puente de madera ‑que atravesamos, observando por sus abiertas rajas del suelo cómo discurría el agua del Río Turia, entonces vivo, mientras al andar se notaba un suave balanceo, porque crujían sus gruesas tablas‑.
¡Qué distinta ha sido esta visita de ahora! Con mi querida esposa, mostrándole los sitios y lugares por donde yo discurrí. Le enseñé aquel buzón de correos de ese bello Palacio de Comunicaciones, donde depositaba mis cartas para ella, con la ilusión de su pronta contestación, pues para mí, sus cartas eran un bálsamo, un incentivo que me daba fuerza para la instrucción, las guardias, las imaginarias y la brega diaria.
El Ayuntamiento le gustó mucho, hoy regido por una mujer: Rita Barberá. Visitamos la Catedral, con su torre campanario El Miguelete y sus 207 escalones que en otros tiempos yo subí; pero ahora, con nuestros más de 70 años, ni lo intentamos. Visitamos, en la Plaza de la Virgen y en su Real Basílica, a nuestra Señora de los Desamparados, patrona de los valencianos y madre nuestra. Llegamos al desaparecido puente de madera, hoy un puente sencillo de piedra, hecho cuando la famosa riada se llevó todo lo que había en su cauce. Hoy, ese cauce, ya seco y sin peligro de riada, es un bello jardín para esparcimiento de los valencianos y donde está ubicado el nuevo Palacio de la Música.
Como anteriormente decía, hemos pasado unos verdaderos días de ensueño. El hotel tenía un variado y sabroso bufé, donde podían darse rienda suelta los devotos de la gastronomía. El servicio era muy completo y eficiente. A diario, unas veces orquestas, otras los mismos jubilados, amenizaban las veladas nocturnas.
Estas vacaciones de otoño e invierno, para mí y para los mayores, son muy beneficiosas y relajantes.

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