Firme en su puesto. Don Isaac Melgosa, y 4

20-01-2011.
En la obra del padre Bermudo leemos:
Villanueva del Arzobispo. 1945‑46.
Don Isaac Melgosa, formado en la Universidad de Comillas y gran educador, fue siempre una de las columnas básicas de esta escuela. (Por Villanueva).
¿Y el resto de profesores? ¿Realmente lo estimaban? Para los jóvenes, quizás seguía siendo aquel “Isaac, el terrible” de los primeros años; para los demás, tal vez un hombre altivo, anclado en el pasado, sin demasiada renovación; de planteamientos conservadores y eclesiales, demasiado fiel a las exigencias del Colegio y a las personas que lo regían; incapaz de oponerse a ninguna de las directrices que se imponían “desde arriba”; un hombre al que gustaba luchar solo, sin apoyarse, ni dar su apoyo a los demás; frío, cerrado y seguro de sí mismo, con la seguridad que otorga la conciencia tranquila y el trabajo bien hecho. Posiblemente, le admiraban y respetaban, aunque dudo que fuera excesivamente comprendido o estimado por todos.

Otra cita del padre Bermudo acerca de los primeros años de Úbeda recoge estas palabras de don Juan Pasquau, el maestro de la pluma sencilla y celestial.
Actos de Filosofía
Hoy, regulados por don Isaac Melgosa, profesor de la asignatura, los alumnos han dicho en “La Academia” cosas estupendas. Bejarano, por ejemplo, ha esgrimido una ingeniosa objeción contra Unamuno. Es interesante y de sumo agrado verlos, a ellos mismos, enzarzados en disputas ordenadas, quedarse cogidos en la mirada del techo, volver a insistir con rabia y hasta meter de vez en cuando un sofisma lógico para ver de despistar al defensor.
Más tarde, a punto de iniciarse la década de los sesenta, el número diecinueve del periódico Safa recoge una crítica suya a la reducción de contenidos humanísticos en favor de los técnicos, del plan de estudios para los alumnos de Magisterio. Su impecable argumentación, su exposición perfecta, parece que sólo fueron testimonio expreso de su protesta.
¿Qué decir de nosotros, sus alumnos? Con franqueza, no creo que tuviéramos capacidad y madurez suficiente para comprenderlo. Se trataba de una persona excepcional y única, cuyos sentimientos y motivaciones excedían con mucho nuestros horizontes y expectativas, éticos y culturales.
Según su forma de pensar, su particular triunfo no se basaba en los logros adquiridos o en las metas sociales o materiales que a lo largo de su vida fuera capaz de obtener. No. Su triunfo, su éxito, su premio y su gloria éramos nosotros. Eran nuestros triunfos, éxitos, premios y glorias los que le afirmaban, le fortalecían y le hacían sentirse feliz.
Veamos, si no, lo que en cierta ocasión me contó acerca de su estancia en Villanueva, en donde, según hemos visto, era «excelente educador y pilar básico y fundamental, de esta escuela». Según me dijo, dormía en un hueco de escalera, separado de la calle tan sólo por una cortina. Cuando le pregunté cómo pudo soportar todo aquello, me contestó seguro, sin necesidad de meditar la respuesta, como si la tuviera decidida y pensada desde siempre: «Si alguno de vosotros, con el paso de los años cree que mi vida y mi trabajo han sido importantes para él, me consideraré feliz y satisfecho». Evidentemente, una generosidad tan grande no puede entenderse cuando uno tiene diecinueve años y está deseando volar del internado para gozar de la vida, del éxito y del triunfo personal. Con el tiempo, estos pensamientos vuelven a nosotros, nos acompañan y nos ayudan en momentos especiales.
Al final de su carrera, las Escuelas le rindieron un merecido homenaje, al que lamentablemente no pude asistir. ¿Fue, quizás, el clamor del pueblo llano, sus alumnos, quien obligó a las cabezas pensantes del Patronato a dedicarle un acto solemne de reconocimiento y gratitud, por su impecable trayectoria profesional y personal? También aquí da la sensación de que las “bases” y el “aparato” pusieron de manifiesto su falta de cohesión.
Me enteré por Ruiz Vargas, cuando habían pasado varios meses. De veras lo sentí, por infinidad de razones:
—Porque en la vida se encuentran pocas personas como él. Por la profunda admiración, respeto y cariño inmenso que le profeso. Por tantos y tantos sentimientos nobles heredados de su trayectoria profesional y educativa. Porque hubiera querido manifestarle largamente, mi agradecimiento más sincero y cordial con palabras sencillas, palabras del pueblo, de la gente sencilla, de los que sólo sabemos agradecer el bien recibido, con la mirada humilde y la expresión sumisa, como cuando éramos niños. Pero que son palabras muy grandes y cargadas de significado, tanto, que no caben en los libros de los hombres.
—Porque, cuando era pequeño e insignificante, me dio su comprensión y su cariño; cuando era pobre e ignorante, me enseñó todo cuanto fui capaz de aprender; cuando no podía pagárselo de ningún modo, se sacrificó por mí, sin esperar nada a cambio. Por sentarme a su mesa familiar, como a un hijo, alguna noche de domingo.
—Porque daba y enseñaba con naturalidad, sin hacernos sentir jamás vergüenza de nuestra modesta condición o escasas facultades. Por aquellos desayunos en las crudas mañanas de plomo del invierno cuando, ateridos, camino de la iglesia de Santa María, nos invitaba a una copa de coñac para que nuestras voces sonaran más graves e imponentes, al cantar el Credo de la Pontifical de Perosi. Por habernos enseñado a vibrar cantando el Aleluya de Haendel, a estremecernos con los cantos de Pasión Iudas mercator pessimus… o a que nuestros ojos se humedecieran con el Ave María de Schubert.
—Porque su fuerza, su honradez y la energía de nuestro “Viejo” amigo, maestro de maestros, siguen siendo un ejemplo en mi vida.
—Porque nos enseñó a pensar con rectitud, a luchar sin descanso, con fe e ilusión en el futuro.
—Porque, durante toda su vida, siempre ha sabido estar firme en su puesto.
¡MUCHAS GRACIAS!

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