La carrera de ADE

11-01-2011.
Cuento chino
Cuenta la leyenda que hace muchos años, en una pequeña aldea, junto al monte sagrado de Peazhopan (‘El de la bondad natural’) nació un niño con los ojos azules, como el cielo, muy sonriente, con un gran corazón, al que pusieron de nombre Jo Chi Luí, que en chino quiere decir ‘El de la bondad personal’. Vivía con sus padres en una pequeña choza de dos plantas, con el techo de cañizo, una ventana con vistas al camino y una puerta para salir por la mañana y entrar por la noche, preferentemente. Al padre, hombre sabio y previsor, le hubiera gustado que el chico estudiara una carrera con un nombre muy largo y difícil de pronunciar en chino, a diferencia del español que tiene tres letras solamente: ADE.

El Rector del distrito universitario de Peazhopan, para darse importancia, hacía lo que hacen la mayoría de Rectores de Universidad: poner nombres raros a las cosas sencillas para presumir y hacerse famosos, a ver si el señor del palacio les acababa nombrando asesores financieros para vivir sin dar golpe el resto de su vida.
Jo Chi Luí no acababa de entender qué utilidad podía tener la carrera de ADE. El activo, el pasivo, el capital circulante o la cuenta de explotación no le interesaban en absoluto. A él le apasionaba el bienestar de la ciudadanía y la salud de sus convecinos. Por ejemplo, le preocupaba, en gran medida, que los pobres trabajaran descalzos en las plantaciones de arroz, arriesgándose a pillar un resfriado. Y se lo llevaban los demonios cuando veía a la gente fumando en la Casa de Té, como si no supiesen, los muy gilipuertas, el daño que hace a los pulmones el “joío fumeque”.
Lleno de buena voluntad, pensó que debía exponer sus preocupaciones al dueño del palacio Man Da Max (‘El ricachón de la comarca’). Y,una mañana de primavera, se dirigió al castillo con gran decisión. Al principio no le querían recibir, pensando que se trataba de alguna tontería. Además, el amo estaba con resaca, porque siempre andaba de fiestas y saraos con los duques, los condes y los banqueros. Pero luego, al comprobar que venía en actitud amistosa y dialogante, no tuvieron más remedio que escucharle atentamente. El humilde muchacho bajó los ojos, abrió los brazos y dijo, ahuecando la voz solemnemente:
—Señor todopoderoso, nuestro pueblo necesita dos cosas urgentemente: que se abra una gran tienda de calzados y se prohíba fumar en la Casa de Té.
Chu Li Ta, la hermosísima hija de Man Da Max que, oculta tras unas lujosas cortinas, oyó la súplica del apuesto Jo Chi Luí, quedó prendada de aquel muchacho de ojos azules, como el cielo, que demostraba tener tan gran corazón. Pero no lo comentó con nadie y mucho menos con su padre, más que nada, por prudencia. No fueran a pensar mal. Que dices algo con la mejor intención y luego la gente… ya sabemos cómo es.
Pero, desde entonces, la dulce jovencita pasaba los días asomada a la ventana, tocando un laúd chino (que no es broma: ¡existe!), suspirando y cantando romanzas lastimeras. Como la chica hacía tan mala cara, el padre, que tenía un genio “que pa qué”, se la llevó a la cocina y la asedió a preguntas hasta que confesó su amor por Jo Chi Luí. El padre se dirigió al establo, ensilló su mejor caballo y salió en busca del joven de ojos azules, como el cielo, que tenía tan buen corazón. Aquel día, los aldeanos se enfadaron con toda la razón, porque el caballo se metió por los campos de arroz y las plantaciones de tomates y pimientos, pisoteándolo todo y dejándolo hecho una pena. Y luego, ni una disculpa, ni un triste «Usté perdone, que no me he dado cuenta». ¡Que los pobres ya sabemos cómo son; pero anda que los ricos!
El joven, que llevaba varios meses intentando cuadrar un balance, sin conseguirlo, se llevó una gran sorpresa al ver a Man Da Max. Sorpresa que se trocó en alegría cuando le prometió instalar, en la zona más comercial de la aldea, una boutique de calzados, nacionales y de importación. Además, decidió prohibir a la ciudadanía fumar en la Casa de Té, para que vivieran sanos y fuertes muchos años y pudieran jubilarse a los setenta y cinco. En pocas semanas, finalizaron las obras y poco después tenía lugar la inauguración del establecimiento.
Al principio, todos estaban encantados con él, sobre todo los pobres. No hacía falta que llegara la cuesta de enero ni las vacaciones de verano. La zapatería siempre estaba en época de rebajas. Iba un pobre a comprarse unas sencillas alpargatas y Jo Che Luí le obsequiaba con unos botos camperos (made in Valverde del Camino), unos zapatos de tacón alto, para la señora, y media docena de bambas para los chiquillos porque, como siempre estaban jugando al fútbol, el calzado no les duraba casi nada. La gente nunca había disfrutado de semejante estado de bienestar. Mañana y tarde paseaban felices luciendo sus zapatos y presumiendo ante los vecinos de la aldea.
Una noche, mientras todos dormían pensando en los zapatos tan bonitos que iban a estrenar al día siguiente, una crisis inhumana y cruel se declaró en toda la comarca. Se secaron los huertos de tomates y pimientos. Luego los arrozales. Al principio, la gente no quería ir al campo por miedo a mancharse de barro los zapatos y, poco a poco, fueron perdiendo el hábito de trabajo. Creció el paro desmesuradamente.
Man Da Max contemplaba desesperado cómo pasaban las semanas y los meses y nadie se ocupaba de labrar los campos ni recoger las cosechas. Los banqueros, a la vista de la que se les venía encima, denegaban los créditos a todo el mundo. La gente dejó de ir a la Casa de Té porque, si encendían un “joío” cigarro, les amenazaban con ponerles una multa y llamar a la Guardia Civil.
Jo Chi Luí, sin hacer caso, seguía regalando pares de zapatos a todo el mundo y sobre todo a los pobres, esperando pacientemente el final de la crisis. Un día se acabaron los zapatos y, precisamente, ese día ‑hay que ver lo que son las cosas‑ Chu Li Ta, la hermosísima doncella de ojos grandes y verdes, como esmeraldas, y mirada mimosa y seductora, se presentó a elegir unos de raso con tacón alto, casi de aguja, para su despedida de soltera. El joven de ojos azules, muy sonriente y de gran corazón, trató de estrecharla amorosamente contra su pecho para decirle que se habían terminado los zapatos.
Al oírlo, Chu Li Ta, que en el genio había salido a su padre, le pegó un par de guantazos, lo mando detener en el acto y lo encerró en los sótanos del castillo. Días más tarde, se casaba con un gallardo y riquísimo príncipe de la vecina comarca de Songshan, que en chino quiere decir ‘de la experiencia’. A la boda asistió la gente más importante de la región: condes, duques y banqueros. La pareja vivió muy feliz y, como fruto de su amor, nacieron doce hijos, pero curiosamente a ninguno le pusieron Jo Chi Luí (‘El de la bondad personal’).
Y cuenta la leyenda que, si el zapatero hubiera estudiado ADE, se habría casado con Chu Li Ta y hubieran vivido muy felices; pero como no sabía que no es bueno que los gastos superen a los ingresos, por culpa de los Rectores de Universidad que todo lo complican, murió arruinado en los sótanos del castillo, sin zapatos, sin novia, sin votos y sin poder fumarse un “joío” cigarro para combatir la soledad, la tristeza y la ansiedad.
Barcelona, 10 de enero de 2011.

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