Breves notas o crónicas de algunas vacaciones, 1

30-12-2010.
I. Mis vacaciones en otoño.
Este año el Imserso, como en años anteriores, ha desplegado su ancho abanico de viajes para los mayores y jubilados de la tercera edad a lo largo de toda la geografía española.
Yo he tenido la suerte de disfrutar del primer turno, o de la primera varilla, de este amplio abanico de ocio y relajamiento en compañía de mi esposa y de dos matrimonios ubetenses amigos nuestros: Francisco Serrano Pérez, Paco, y su señora, Antonia Román Muñoz; y Manuel Millán, el carnicero, y su esposa Juana Urrutia Aranda. Hemos saboreado durante quince días el néctar de esa felicidad que da el reposo y la tranquilidad, lejos del calor y del bullicio que conllevan las vacaciones de verano.

El lugar de estas felices y gratas vacaciones ha sido Roquetas de Mar, en su bella urbanización junto al poniente almeriense que, con su benigno clima, suele ser el lugar preferido en otoño e invierno para uso y disfrute de muchos mayores españoles y extranjeros.
Nuestra estancia en el bonito y moderno Hotel Playa Azul Albergue, durante los inolvidables quince días otoñales, ha sido maravillosa. Mi apartamento, ubicado en la cuarta planta, me hacía a diario saborear y respirar ese aire puro y fresco del mar Mediterráneo. La vista de allí era majestuosa: a la izquierda, el azul nítido del mar se fundía con la limpieza de ese cielo añil de Andalucía. Las olas en la playa terminaban con un encaje de espuma blanca que se bordaba en la arena con ese juego de ir y venir. A mi derecha, aparecía otro mar, no de agua sino de plástico: una nueva agricultura muy prolífica. Plásticos en los que en su interior se cultivan esas hortalizas y verduras que nos nutren y podemos saborear todo el año, y que han hecho de Almería, una de las provincias antaño más indigentes, una tierra en la que su renta per cápita es de las más altas de España.
Mirando desde mi atalaya, al frente, veía magníficos y modernos hoteles de un blanco puro, con sus azoteas y almenas, y me parecía estar en otra ciudad marroquí como Larache o Tetuán, y hasta veía la esbelta torre de una mezquita mora y me parecía oír, cuando el día se iba esfumando o la aurora alboreaba, la voz de un árabe rezando a su Alá…
Hemos hecho bonitas excursiones a lo largo y ancho de esta cálida provincia e incluso en las provincias limítrofes como Granada o Murcia. Hemos ido al Cabo de Gata, a Mojácar, a Nerja, al desierto almeriense con su mini Hollywood, lugar donde se han rodado tantas películas de vaqueros y después nos han hecho creer que era el verdadero oeste americano, el que teníamos en las pantallas cuando íbamos al cine.
De todo lo que he visto, quiero resaltar la visita que hicimos a Trevélez. Ese pueblecito, enclavado en el corazón de la Alpujarra granadina, es el más alto de España con su 1 560 m sobre el nivel del mar. Muy cerca hemos podido deleitar nuestra vista con esos dos colosos de la altura: el Veleta con sus 3 398 m y el Mulhacén con sus 3 482 m y sus nieves perpetuas.
Trevélez es también famoso por sus secaderos de jamones y embutidos. Su clima hace que el jamón se cure con esos aires tan frescos y puros, dándole un sabor especial. Respirar el aire de estos pueblos es un lujo. Hemos visto cómo los alcornocales se estaban despojando de sus amarillentas hojas, pues sus castañas ya se habían recolectado, y les proporcionaba a los campos un color otoñal, un anticipo de esos inviernos que en la alta montaña se hacen tan largos. Allí hemos degustado ese jamón tan sabroso y bien curado, juntamente con el vinillo elaborado en los lagares caseros y sin química. Hemos saboreado un pan amasado y heñido a mano, fermentado con levadura natural, que tenía unos ojos que me hizo recordar aquel pan que hacía mi padre, cuando trabajaba en el Horno Contador. El día que allí pasamos para mí será inolvidable.
Ya al regreso, atravesamos un sinfín de pueblecitos blancos y todos frente al sol de medio día en la falda de esa majestuosa Sierra Nevada.
Pasamos por el pueblecito de Bubión, donde ha nacido el futuro Lama del Tibet, un niño que lo están educando para que un día rija los destinos de ese sufrido pueblo tibetano, hoy invadido por el coloso amarillo. También pasamos por Pórtugos y bebimos agua en la fuente agria o de la juventud, con la ilusión de que nos rejuveneciera y nos desterrase los muchos achaques.
Cuenta una leyenda de esta fuente que un buen día pasó por ese lugar un señor Obispo y que, al sentir sed y beber de esa agua, cuál no sería su sorpresa que, en bebiendo, se vio muy joven y con los hábitos de monaguillo…
El viaje de regreso al hotel lo hicimos bordeando la costa de Granada y Almería. Cuando pasamos por El Ejido, el pueblo donde nació Manolo Escobar, pudimos ver el gran auge que ha tenido ya en su arteria principal, contando más de veinte Bancos y Cajas de Ahorro, prueba del desarrollo que ha tomado.
Ya nos encontramos en Úbeda y pensando en qué sitio de España vamos a pasar las vacaciones de otoño durante el próximo año.

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