Los portalillos de la plaza

21-12-2010.
La Plaza del Reloj, como en otro capítulo decía, siempre ha sido el pulso de todos los aconteceres que en la ciudad latían. También era el punto comercial más grande del pueblo. En ella y en sus calles adyacentes estaban ubicados casi todos los negocios.
Los vendedores, alrededor de la plaza, ponían sus tenderetes y mesas. Los que vendían huevos, pollos, conejos de monte… esos se colocaban fuera de los portalillos, hoy de Hidalgo. Allí ordenaban sus canastos y cestas con huevos frescos y gallinas adultas, que tan buen caldo daban a las parturientas, según ellos decían. Los conejos de monte, ya sin vísceras, los enganchaban en un palo, luciendo en su panza el ensangrentado orificio por donde habían extraído las tripas.

Más arriba, estaba la terraza que la Mezquita allí permanente tenía. A diario se veían subir por la plaza recuas de mulos y burros guiados por gitanos y marchantes con destino a la Posada del Rincón, que tan popular era.
Más abajo, en la esquina de la calle Mesones, estaba la talabartería de Miguel Ródenas.
En los portalillos de detrás de la fuente de la Plaza, en la puerta de la Pensión Blas Cortés se encontraba el afilador, ya mayor, “Labio gordo”, pues el labio superior lo tenía muy grueso y casi partido en dos. Todas las herramientas de Casa Biedma, él las afilaba: medias lunas, las uñetas, las tijeras para repasar los ataharres. Las largas tijeras, para cortar las motas, las dejaba a la perfección. Yo, casi a diario, le llevaba el trabajo. A veces, lo pillaba almorzando con su trozo de tocino magro, cortándolo a pequeños trozos con su reluciente navaja. Los cortaba encima de un bollo tierno de pan alfacar, que compraba en una de las cuatro casetas de lata que había a la salida del camino de la Plaza. Siempre tenía, mientras almorzaba, un vaso de vino blanco.
Delante de esos portalillos, en verano y por las tardes, vendían avena verde que, en montones, los vendedores los ponían ordenadamente y que era alimento muy apetecido por el ganado. Debajo de la Torre del Reloj, en la calzada, había varios puestos con mesas en las que se vendían tortas de azúcar y ochíos de ribete metidos en aceite, a 10 céntimos, y que yo compraba más de una vez.
También vendían unos apetecibles panes de picos, y de visera, y pan blanco, y candeal, y mollazas para los que tenían pocos dientes. El pan corriente, a 45 céntimos las piezas de un kilo.
Más abajo había varios puestos que vendían garbanzos remojados y sustancia para el cocido, y embutidos caseros que tenían mucha aceptación. Seguidamente, había una larga fila de puestos de pescado con sus capachas, y en su interior, palmitos, donde el pescado tenía muy buena apariencia. Allí vendían pescaderos como Damián Parra y muchos otros. Detrás estaban las carnicerías locales, que aún existen, pero reformados y habilitados para otros menesteres.
Otra fila de vendedores seguía el Rastro abajo. Éstos eran hortelanos, con sus canastas y espuertas repletas de patatas, espinacas y hortalizas, según la época. Clavaban un hierro largo en el suelo y allí colgaban el peso con sus dos platillos, pendiendo de tres cadenas cada plato, y así atendían a las clientas. Entonces no tenían los vendedores, como hoy, chaquetas blancas. Algunos, y en particular los hortelanos, lucían su tradicional blusa negra. En el verano, había un hortelano baezano que con guasa y muy burlón decía: «Patatas que saben a la carne», y que tenía muy buena clientela.
En esa estación del año, los puestos llegaban hasta el comienzo de la Cava.
Un día de verano vino una nube y el agua arrastró los melones y sandías Cava abajo y se precipitaron por el saltadero, hoy el Alférez Rojas. En la acera de enfrente del Rastro, desde la buñolería del rincón, los puestos que allí había eran de frutas: plátanos, peras y naranjas. Los Povedas, Doncel, “El Gorra” y otros. Entonces las naranjas se vendían por docenas y medias.
Ese ambiente de bullicio me encantaba.
En los puestos no había precios, como hoy los tiene cada artículo. Entonces, había un pregonero que se ponía frente al puesto que lo solicitaba, se quitaba la gorra de visera, se la ponía frente a la boca, y con voz potente pregonaba los precios de los artículos del puesto de fulano o mengano.
Hay veces que, enfrascado en estos felices pensamientos, sin darme cuenta me creo que vivo en ese feliz tiempo…

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