¿Es posible la integración de culturas?

20-12-2010.
Europa, el espacio del mundo más desarrollado en derechos humanos y bienestar, está cambiando su geografía humana a una velocidad difícil de controlar. Nos superan los acontecimientos. Aplaudimos la inmigración cuando nos interesa, pero nos preocupa y nos atemoriza en época de crisis por el aumento del gasto en el mantenimiento de los inmigrantes desempleados. Quienes vienen a ocupar los puestos de trabajo excedentes, se convierten en ciudadanos de pleno derecho, al mismo tiempo que contribuyen con sus impuestos a sostener la seguridad social; pero, cuando la balanza cambia de signo, superando la demanda de mano de obra a la oferta, surgen los grupos marginales de inmigrantes.

La señora Merkel, canciller de Alemania, ha declarado con absoluta contundencia que la multiculturalidad en su país es un fracaso. Quizás por pretender un modelo integrador con objetivos imposibles. Los “latinos” en las grandes ciudades, el colectivo musulmán en Melilla, los gitanos en Francia… son algunos ejemplos que reafirman su tesis.
El estadounidense, especializado en terrorismo islamista, Daniel Pipes, afirma que Europa se encuentra en un cruce con dos salidas: «la dominación del islam o el rechazo del islam». El descenso de natalidad y la pérdida de identidad de la cultura propia se contraponen a la «gran identidad religiosa de los musulmanes, su sentido comunitario de la fe, una tasa demográfica alta y mucha autoconfianza en su cultura». «Crece la población musulmana en Europa, pero también lo hace, y a un ritmo veloz, la tendencia anti islamista». 17 millones de musulmanes en Europa, 600 000 en España, 50 000 en la provincia de Málaga, son datos para la reflexión. Con este panorama, es más que improbable la integración cultural.
En los siglos X y XI, Al Ándalus fue modelo de convivencia, no de integración: romanos, visigodos, árabes, beréberes, judíos, eslavos, muladíes, mozárabes… convivían con respeto a sus diferentes culturas. A los judíos los aceptaron en la sociedad islámica como comerciantes que financiaban importantes proyectos. En este contexto, la lengua hebrea, protegida por los Omeyas, alcanzó su mayor esplendor. A los cristianos, considerados politeístas por la creencia en la Trinidad, los respetaron, permitiendo la práctica litúrgica en sus templos. Abderramán III tuvo ministros de las tres religiones. Cristianos y judíos ocuparon puestos de relevancia, junto a musulmanes. El resultado, un clima de paz y tolerancia, único en la historia de la humanidad. Probablemente, contribuyeron a ello las posiciones cercanas de las tres religiones en conceptos ortodoxos, relativos al dominio del hombre sobre la mujer, estricta moral basada en mandamientos similares y una visión teocrática del mundo sin disidentes.
Diez siglos han transcurrido desde que se produjera este fenómeno social. Hoy, las distancias de mentalidad y avances en la igualdad de sexo y derechos, hacen que aquella cultura de la convivencia sea más compleja y nos obligue a encontrar nuevas fórmulas de respeto a las diferencias.
Nuestra sociedad camina inevitablemente por el camino de la multiculturalidad, entendida como un fenómeno de interrelación en un mismo espacio de diferentes etnias, creencias y costumbres. Pero esto no significa que el objetivo sea la integración, sino la convivencia. La primera es imposible, por lo que significa renunciar a la identidad propia para aceptar la del otro. La segunda no solo es posible sino necesaria, bajo el baldaquín de los derechos humanos y de las leyes surgidas de la democracia, que deben tener en cuenta el hecho de la diversidad.

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