Epílogo

14-12-2010.
Mi epílogo no es a modo de despedida, sino todo lo contrario, ya que tiene estructuras y alas de encuentro; un encuentro fraterno con todos aquellos lectores que, una vez hayan soportado el peso o la ligereza de estas páginas, tengan la galanura de reflexionar sobre todo lo dicho o escrito aquí.
Dichos y escritos que pudieran tener la dualidad que envuelve a toda obra humana: el acierto o el error; pues, aunque nuestra voluntad, nuestro tiempo y nuestro trabajo siempre han intentado caminar sobre las luces, sólo los dioses saben si hemos encontrado la luz o nos hemos topado con las tinieblas.

Una razón hemos tenido al escribir este libro: la necesidad de buscar; más aún, después de comprobar que hombres que se esforzaron en profundizar en nuestras raíces estaban siendo olvidados, mientras que advenedizos y oportunistas llegaban a estar de plena actualidad con la connivencia de unos y la omisión de otros.
Lo hemos repetido muchas veces anteriormente: en Andújar, las leyendas han sustituido a la historia, y esto no es bueno.
Bueno será que las respetemos y las guardemos como oro en paño; pero esto no debe impedirnos una búsqueda en la historia, amplia en la pluralidad y prudente en el silencio.
Pero el silencio con el que se ha tratado en Andújar el origen templario o calatravo (¿qué más da?) de la Imagen de nuestro Símbolo, es un silencio para el grito, un silencio taimado, un silencio interesado.
Los intereses de los hombres ‑y hombres son los miembros de la Iglesia y de las diversas órdenes que por aquí abundaron‑ han impedido que la luz de la historia brille sobre el claroscuro de las leyendas.
Quince años estuve esperando la ocasión para iniciar el camino. Esa ocasión se me presentó en forma de aldabonazo, al contemplar “el montaje” de Flash Back; un montaje a todo trapo, donde sentí que al pueblo de Andújar se le seguían colando brujos estrafalarios, en detrimento de los que, con la humildad de la duda, seguían buscando…
Luego vino el libro Tumbas sin nombre. A vuestro libre albedrío y buen entender dejo su contenido. A mí, especialmente me ha servido como llamada, como repique, como toque de rebato definitivo contra la comodidad, cuando no de la complicidad de cuantos estamos obligados a utilizar nuestros talentos, dicho este término en el sentido de la bella parábola evangélica http://www.tubiblia.net/parabola-de-los-talentos/1311.
Aquella Andújar, que fue ciudad‑convento, tiene una doble obligación: abrir sus celosías, desmontar sus tornos, desbovedar sus secretos pasadizos, desatascar sus escaleras de caracol hacia las salas inquisitoriales, airear sus leyendas y signar a los dinilleros que han secuestrado su historia, y ello para que seamos ciudad‑foro, una ciudad donde haya ventanales y no ventanucos, cunas con sonrisas y besos, no tornos penitenciales del pecado de pernada, jardines soleados y no oscuros túneles, escalinatas de libertad y no potros con argollas, documentos sin lacres y ciudadanos solidarios…
Esa es la Andújar que demanda el siglo XXI. Una Andújar donde cada cual lleve sus señas de identidad, sin tapujos ni caretas, sin disfraces ni pasavantes. Una Andújar donde el tercer milenio nos demanda respetar las ideas y denunciar los hechos. No una ciudad conventina y mojigata, encorsetada y maniquea, permisiva con los charlatanes y tirana con los alquimistas. Una ciudad que fue convento y que ha devenido a ser una ciudad‑babel, donde todo se mezcla y nada reluce.
Quienes crean que no siento el dolor de las palabras que suscribo están equivocados. Me duele Andújar como puede y debe dolerle a cada uno de sus hijos. Pero en ese dolor llevo espinas propias y clavos ajenos. Las espinas de mi increencia en las leyendas y los clavos de los desatinos de la historia. Aquí no caben términos medios. O estamos en el camino o andamos extraviados. Lo importante no es donde estemos, que eso es don divino; lo importante es la búsqueda, la duda, la lucha, la inconformidad…; porque, si de santos y diablos los cielos están llenos, son los hombres y mujeres de buena voluntad los que deben poblar la tierra.
Estamos viviendo unas fechas cruciales, yo diría que son tiempos de encrucijadas, donde los fundamentalismos son capaces de demonizar la convivencia de los pueblos del mundo. Esos fundamentalismos los ejercimos nosotros o nuestra civilización, durante siglos, sobre la sangre de otros hermanos. Ahora, nos toca a nosotros padecerlos… Nada hay nuevo sobre la luz del sol; pero, porque todo es viejo, deberemos, entre todos, buscar una solución; una solución que, lejos de eludirla, la tenemos que ejercer, porque tiene un nombre y tiene un profeta. ¿Su nombre? Amarnos los unos a los otros. ¿El profeta? El Enviado.
En este libro que acabáis de leer tenéis claves para alcanzar ese sueño o permanecer en la pesadilla. Hay en sus páginas preguntas, indicios, silencios, denuncias, riquezas y mezquindades, actos heroicos y acciones serviles, conductas solidarias y actitudes egoístas, historias de brujas y leyendas de santos, miradas de ángeles y gritos de demonios… Todo es según el color del cristal con el que se mire; pero la Verdad no necesita cristal: ELLA brilla por sí sola.
El mundo no es sólo Occidente; tampoco es sólo Oriente. Lo que ahora es luz, dentro de unas horas será noche. El sol alumbra para todos. Quienes crean que en el imperio de sus creencias no se pone el sol, están terriblemente equivocados. No hay dogma que prevalezca sobre la luz universal. No hay profetas para una sola nación. Los verdaderos profetas tienen por desierto toda la creación.
Estamos en la era de Acuario. Hemos enterrado la de Piscis. Se ha pasado de la noche oscura de Jonás al estallido del Tabor. El mundo, con el mandamiento universal del Amor, no necesita de salvadores, ni de caudillos, ni de pastores, ni de guardianes… El mundo, con el amor naciendo al alba y permaneciendo en el ocaso, seguirá girando… Solo hay una condición sine qua non. Esa condición tiene un nombre: SOLIDARIDAD.
Todos los sufrimientos del mundo son pecado de insolidaridad; un pecado que brota en los arenales de la incoherencia; un pecado que hace que a la MADRE le nazcan puñales de hierro; un pecado que nos hace caminar como ciegos, aunque lo veamos todo con meridiana claridad; que nos acarrea ruinas dentro de un estado de bienestar; que siembra pájaros negros sobre la frente blanca de los niños; que aventa la granza del olvido sobre la memoria de los pueblos; un pecado que cometen y han cometido todas las religiones en su afán de dogmatizar; un pecado que cometen y cometemos todos los hombres en nuestro afán por TENER y, en nuestro desdén, por SER.
Este pequeño libro que me ha llevado años el traerlo a la luz no quiere caer en el mismo pecado y, si ha caído o he caído en él, desde este mismo instante pido perdón y piedad a todos aquellos que así lo crean, sobre todo a los personajes que en él aparecen como hermanos del camino.
En ese mismo camino, en esa misma vereda cabemos todos. O deberíamos caber. Cada cual con sus ideas, cada cual con sus alforjas, cada cual con lo suficiente para acabar la andadura cuando nos llamen. Sin sobrecargas ni lastres.
En ese mismo camino, andamos cada cual bajo la luz del sol y el brillo de la luna; cada cual con el color de su piel y el aroma de su sudor; cada cual con sus ángeles y sus demonios; cada cual con sus talentos y sus obligaciones; cada cual con sus sueños y sus esperanzas; cada cual con sus cánticos y sus llantos.
Sin más cetros que el cayado; sin más medalla que el latido; sin más púlpitos que la cumbre, ni más argollas que el abrazo.
Ese es el mundo que Dios creó y ese es el mundo que alcanzaremos el día de las trompetas, donde no habrá llantos ni crujir de dientes; donde sólo habrá luz y justicia, paz y esperanza, tiempo y amor.
Si en el transcurso de la lectura de las páginas anteriores a este epílogo he utilizado vocablos críticos, o he cometido el mismo pecado que ahora subrayo, pido de nuevo disculpas. Son las caídas, las humanas e inevitables caídas de los caminantes, tan ávidos por finalizar el camino como torpes para recorrerlo.
Sólo he tenido un objetivo con esta obra, quizás pequeña para muchos, pero costosa en tiempo y búsqueda: el defender una hipótesis por la que te hubiesen quemado en la hoguera hace unos pocos siglos. No es este asunto banal, fácil ni cómodo.
Espero que, cuando pasen los años, cuando mi carne sea polvo y ceniza entre jaras serreñas y cuando m¡ alma ande buscando el dedo azul de Dios, los hombres y las mujeres que suban a nuestra Montaña Sagrada comprendan la criptografía de mi CÍRCULO y entiendan quiénes son los Bafometos que se apostillaron en el Cabezo.
Agradecido quedo a cuantos, sin ellos proponérselo, me han ayudado a profundizar en las dudas que me embargaban. A todos: a los que han callado y a los que han gritado. A los templarios y a sus verdugos. A los videntes y a los incrédulos. A los que ocultaron la Imagen en tiempos de la Media Luna, y a los que escondieron la Imagen en tiempos de la Cruz.
A los andalusíes que murieron en el fortín del Xhándola y a todos los héroes de una y otra cota, que cayeron sobre los riscos del Cabezo.
A los ermitaños que jalonaron de mística magia nuestros montes y a los pastores que se pasmaron ante la lluvia de estrellas el 12 de agosto de cada año.
A todos quedo en abrazo y en esperanza; a todos dedico este libro, en la certeza de que las dudas que os asalten tras su lectura sean los escalones necesarios para esa ineludible coherencia, solución final y universal para un mundo mejor.
A MAYOR GLORIA DE MARÍA SANTÍSIMA DE LA CABEZA,
EN JUSTO HOMENAJE A LA ORDEN DEL TEMPLO DE JERUSALÉN,
CON LA INTENCIÓN DE QUE ELLA, MORENA PERO HERMOSA,
DESVELE LA VERDAD DE SU ESTANCIA ENTRE NOSOTROS,
HABIENDO ELEGIDO, POR ALTAR, LA MONTAÑA SAGRADA,
DONDE LOS CIENTOS DE GENERACIONES QUE NOS PRECEDIERON
GUARDARON EL FUEGO DE LA VIDA.
El autor.

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