¿Quién me lo explica?

28-10-2010.
Hay veces que el escribir tiene sentido; otras, no tanto. Hay veces en que uno no sabe si debe escribir o no. Y no por temor alguno, sino porque lo que quiere comunicar escapa a lo comprensible. Y es difícil expresarlo, escribirlo.
Durante mis casi cuarenta años de ejercicio de profesión docente (tantos pueblos visitados, tantos colegios, tantas criaturas y niveles y enseñanzas por las que he transitado) uno ha pasado por todo y ha aprendido a pasarlo.

En diferentes lugares, pero casi siempre los mismos problemas fueron originados desde los sectores profesionales, fuesen desde el sector de los escolares, fuesen desde el área de los padres y madres.
En el desarrollo de la profesión, a cualquier maestro o maestra que no haya desertado de la misma (de su ejercicio práctico y diario en las aulas) le suceden casos y tiene en general las mismas experiencias, unas positivas y gratificantes y otras, ¡ay!, negativas y poco agradables. Y a todos nos pasa, en general.
Los cursos de grupos difíciles que a uno le tocan, las trabas o imposiciones administrativo‑burocráticas que parecen pensadas para aumentar la carga de trabajo del docente, la incomprensión rayana en el claro enfrentamiento de padres/madres con el profesor, que no se quieren enterar de que su chica/o no es el único de la clase al que se debe prestar atención, o de que ellos también tienen responsabilidades para con sus hijos… Compañeras y compañeros han tenido que pasar por el tormento de verse acosados o acusados falsamente, simplemente porque son los eslabones más débiles y menos considerados de esta cadena que es la llamada comunidad educativa… Hasta han padecido los accidentes de los chiquillos, inesperados, fortuitos, en excursiones o recreos.
En mis casi cuarenta años de docencia, me he enfrentado a muchas de las situaciones comunes que acá he referido. Pero nunca había pasado por la última, la menos deseable, y esperaba no tener que pasarla.
Se llamaba Jesús y tenía nueve años recién cumplidos. Entraba (o habría entrado) en el cuarto curso de Primaria, en el grupo de alumnos a mí adjudicado. No se incorporó.
Antes de empezar las clases, alguien me había informado: «El chico está enfermo; en tratamiento». La madre acudió a informarme y a informarse. La mujer se preocupaba básicamente por la consecuencia del absentismo forzado de su hijo: la posibilidad de que tuviese que repetir curso. De ello se preocupaba, sí: no quería que perdiese, Jesús, el curso…
¡A cuántos padres les importa una higa que sus cachorros repitan o no, pierdan cursos, clases, el tiempo, desperdicien el don que les llega o que se les brinda, sin poner el menor esfuerzo!
Jesús no perdería el curso (si es que ello llegase a suceder) por la desidia de sus padres, por su comodidad o capricho. No; si lo perdía, sería por la acción de una terrible enfermedad.
Cuando cumplió los nueve años, quiso estar con sus compañeros de curso.
Apareció aquella mañana, acompañado de sus padres, con su gorrilla y una mascarilla como esas de las alergias primaverales. Llevaba un bolsón lleno de chuches, que quería repartir, como en otras ocasiones.
Yo acostumbro a reírme un poco de los chicos o chicas y simulo, cuando llegan a su cumpleaños, tirarles fuertemente de las orejas ‑¡«Uno, dos, tres…!»‑, ante la cuenta voceada por los demás compañeros y luego la cancioncilla obligada. Esta vez no me atreví: tan frágil lo encontraba. Para no agobiarlo, hice que sus compañeros desfilasen, por riguroso orden alfabético, ante él, que les entregaba su regalo; ellos y ellas le dieron la mano formalmente y algo asombrados y temerosos.
No volvió al colegio.
No le sirvieron los libros que les di a los padres, para que fuese preparando las lecciones del trimestre…
Yo creí que ya, tras tantos años, me libraría de un hecho así: nunca me había sucedido. No pudo ser, como si en verdad tuviese la obligación de llegar hasta este límite.
Tampoco Jesús tenía esa obligación: la de morir; y, sin embargo… Ahora díganme ustedes por qué escribo yo estas cosas. Explíquenmelo, explíquenselo a sus padres. Yo no tengo, por desgracia, respuestas.

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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