Yo estuve en Melilla

10-10-2010.
Estando mi hijo en Melilla, fuimos su madre y yo a estar con él una semana. En una clara mañana veraniega nos embarcamos en Málaga. La mar estaba en calma. Mi señora, por ser la primera vez que se montaba en un barco, iba asustada y más cuando, bajando las escaleras hacia nuestro camarote, decía que ella no se enterraba en el mar. Ya se fue serenando, después de derramar algunas lágrimas. El viaje lo hicimos casi todo en cubierta, después de haber pagado un pasaje de primera. Vimos desaparecer Málaga (España). Tras nosotros todo era alta mar.

El crucero fue de ocho horas, pero disfrutamos viendo esa estela de blanca espuma que deja el barco en su avance y los delfines siguiendo esa misma estela, emergiendo y sumergiéndose en busca de los residuos y desperdicios que dejaba el vapor. En cubierta pudimos respirar aire puro y limpio, mientras las gaviotas dibujaban círculos en el aire y sus constantes graznidos daban unas notas de alegría y felicidad.
Ya por la tarde, en lontananza, divisamos el continente, o la isla de África. Como nos acercábamos a Melilla ya se veían con nitidez sus grises murallas, sus viejos cañones apuntando a Europa. En el muelle, desde proa, vimos a nuestro hijo que con su flamante y blanca ropa de marino nos saludó con su lepanto en la mano. Esperamos con impaciencia la lenta ‑así se nos figuró a nosotros‑ maniobra de atraque. En la pasarela, nuestro hijo nos esperaba. Nos fundimos en besos y abrazos y nos fuimos a buscar pensión.
Después de visitar varias pensiones y hoteles, nos pudimos instalar, quizás, en el mejor hotel de Melilla, “El Ánfora”, un bonito y moderno hotel de estilo árabe. Allí las sillas no existían; por todas partes había gruesos cojines de cuero a cuadros, de opacos colores. En ese lugar pasamos la primera noche en esa tierra africana, con mucho confort y una servidumbre muy eficiente, rayando a veces en la exageración.
Al siguiente día, buscamos nueva pensión, pues nuestra economía no daba para esos lujos.
Frente al puerto y muy cerca de donde mi hijo tenía su cuartel, encontramos uno más económico, en el que nuestra ventana coincidía con las de la compañía de mi hijo, que estaba en la muralla, frente a nosotros.
En los días felices que pasamos allí, tuvimos tiempo de visitar bazares, tiendas y todo lo que tenía algo de interés. Visitamos el Zoco, con sus mil tenderetes al aire libre, donde podías comprar relojes, yerbas medicinales, hasta cocos o monos, o lo que quisieras, siempre servidos por moros de cara enjuta y enchilabados, de los que lo único que entendíamos era lo de «Paisa» y, por sus gestos, que el artículo era barato. Recorrimos el pequeño aeropuerto, donde vimos llegar las avionetas que cruzaban el Estrecho, procedentes de Málaga y Almería, y viceversa.
Yo nunca había montado en avión. A lo más alto que había subido era a la torre de El Salvador, cuando era monaguillo. Allí se me presentaba una ocasión de oro para satisfacer ese deseo que desde niño tenía. Me contaba mi madre que una vez vino una avioneta y aterrizó en las eras de la Ermita del Paje y muchos hombres pudientes económicamente, por una cantidad que no recuerdo, se montaban en la avioneta y les daban una vuelta por el cielo del pueblo. Aquello se comentó mucho y era una fiesta. La gente subía a raudales para ver ese espectáculo, porque en realidad eso era; y lo que más dio que hablar fue el valor que tuvo una joven muchacha, sirvienta (pero con años), que pagó su pasaje y se subió con decisión a vivir esa aventura. Creo que fue la única mujer que voló en ese lugar a gran altura.
Satisfice mis deseos. Pregunté cuánto costaba el pasaje para Almería: «Mil cinco pesetas», me dijo el taquillero. Lo consulté con mi hijo y mi mujer. Mi hijo me dijo que sí. Mi mujer, como era natural y por costumbre, me dijo que no. Aunque entonces en España no existía la democracia, yo siempre la he tenido y, como en democracia todo se somete a votación, viendo cómo en este caso había dos votos contra uno, pues compré mis dos billetes y a la tarde siguiente nos despedimos de mi hijo y “Nos vinimos volando”, nunca mejor dicho.
El aparato era una avioneta con asientos dobles a los lados y un pasillo por medio que comunicaba con la cabina, que no tenía puerta, pues veíamos accionar a los dos pilotos. El número de viajeros sería, pizca más o menos, como el coche de Sabiote de tío Pedro, que tenía llegada y salida en la puerta de los portalillos de Biedma, cuando yo estaba de aprendiz.
El pequeño avión se puso en marcha: los pilotos pulsaban interruptores, accionaban palancas, se encendían pilotos de colores; era un continuo manoseo el que tenían en el cuadro. Vi con alegría que aquello marchaba. Sentí cómo el avión se deslizaba por la pista. Mi hijo nos levantó la mano y nos mandó un saludo. Se elevó lentamente: eso me daba una sensación que me agradaba. Tomó altura y le dio la vuelta al Cerro Gurugú, ese monte que en la guerra con los moros tantas vidas españolas costó, y que lo conocía por canciones que escuchaba desde niño y que aprendí.
La nave enfiló, después de pasar el cerro, hacia la península. Yo, atento a lo que hacían los pilotos, vi que parecía que se desentendían del aparato y se pusieron tranquilamente a leer los periódicos, cosa que no me gustó. Vinieron a mi mente mil pensamientos y ninguno bueno. Me acerqué más a mi mujer, le cogí la mano. Al contacto noté que las mías las tenía frías: un escalofrío recorrió mi cuerpo, las apreté con fuerza, nos miramos en silencio…
Miré por el cristal y todo lo vi azul. Pude graduar a la altura que íbamos, pues vi un barco que parecía un mosquito. La felicidad con que había comenzado el viaje se me había acabado. Sentía frío, calor y el cuerpo se me descomponía. Alguien dijo: «Eso es Almería». Ya parece que respiré. Vi cómo una cenefa de espuma blanca separaba lo azul de la arena. Los pilotos, más atentos al cuadro, accionaban los mandos. En ese momento, sentí cómo parecía que el estómago me lo arrancaban. Me abracé a mi mujer, lleno de pánico, ocultando mi cara junto a su pecho, mientras pronunciaba: «¡Manuela mía, que me muero!». Yo no sé lo que aquello duró; mas lo que sé es que esos momentos fueron de los más duros que yo he pasado. Hasta que sentí las ruedas de la avioneta chocar en el asfalto no me despegué del cuello de mi mujer, y ya, después de limpiarme los ojos y la boca, pude respirar hondo: ya había pasado el peligro para mí. Mi señora estaba tranquila y me decía: «¡Vaya un miedoso!». Claro, ella de niña y de muchacha, se montaba en columpios y norias, y por eso no le daba esa sensación que me dio a mí.
Así terminé ese mi primer vuelo que, a pesar de todo, fue bueno y positivo.

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