Las décadas, y 33

06-09-2010.
60/70, XII
En realidad, el desalojo del piso no supuso ningún contratiempo: tenían tan pocas pertenencias que apenas llenaban una maleta (aquella maleta que habían traído de España y que los acompañaría aún durante años) y un par de cajas de cartón que el supermercado Migros ofrecía a quienes compraban unos melones importados de tierras manchegas.

Tampoco les fue demasiado complicado encontrar dónde alojarse, desde que decidieron volar con sus propias alas. Como era de prever, José Lauro se fue a vivir al piso de Concepción Rull. Unos meses después, se casaron en una ceremonia confidencial, porque se anunciaba el primer retoño. Gonzalo Maroto y Javier Tobajas alquilaron un piso en las inmediaciones de la estación aunque, en realidad, Javier vivía la mayor parte del tiempo en el piso de Helene, la enfermera inglesa. Por su parte, Antonio Pacheco optó por alquilar un pequeño estudio en las afueras de Friburgo, «porque ‑argumentaba‑ necesito aislarme para poder pegarle el empujón final a mi tesis de doctorado». Pudo hacerlo porque, gracias a su hermano Federico, había obtenido un puesto de perforador de tarjetas electrónicas en el Instituto de Automatización de la Universidad, un trabajo bastante mejor remunerado que el de repartidor de periódicos en el barrio Les Daillettes.
Resultaba un tanto paradójico que el incendio de la cocina de un piso estudiantil, como consecuencia del mayúsculo despiste de uno de sus inquilinos, resultara ser un hecho decisivo que pondría a prueba la solidez de la amistad de aquellos muchachos y, con ella, la firmeza del proyecto que los catapultó a estudiar en la Universidad de un país extranjero.
Dispersos, pues, por Fribourg, las relaciones cambiaron radicalmente. De hecho, si hasta entonces lo cotidiano había sido volver cada día al piso como si se tratara de la casa familiar, ahora, en cambio, sólo se veían cuando se cruzaban por casualidad en algún pasillo de la Universidad o cuando, a veces, coincidían en la cafetería. Enfrascados como estaban en sus respectivos estudios, trabajos o deberes conyugales, las dificultades, los problemas, las sorpresas, las alegrías y las satisfacciones se vivían, valoraban y solucionaban ahora de manera individual. Cesaron las confidencias, se apagaron las risotadas durante las partidas de cartas, poco a poco se olvidaron los espectaculares despistes de Javier y se hicieron cada vez más raros los paseos domingueros en grupo. Ahora, cada cual callejeaba con su novia, «sa bonne amie», como solía decirse en la lengua de Molière. Y, si alguna vez se daban cita en una cafetería, se abrazaban y preguntaban: «¿Qué tal, hombre?»; como si volvieran de un largo viaje.
Ninguno de ellos pudo imaginar esta situación cuando, unos meses antes, recibieron la visita casi sorpresa del antiguo profesor J. María Burgos. Sólo José Lauro parecía estar al corriente de su venida, gracias a la correspondencia que con él mantenía. Lo cual le confirmaba a Antonio Pacheco la sospecha de que Burgos tenía con cada uno de ellos un tipo de relación y de información diferente y que, en este juego de preferencias, la elección recaía sobre José.
Sea como fuere, en los primeros albores del verano, llegó a Suiza J. María Burgos, cabeza y conductor a distancia del proyecto pedagógico que los había catapultado a la Universidad de un país extranjero. Queriéndoles prolongar aquella imagen de hombre activo y aventurero, que tanto les sedujo cuando fueron sus adolescentes alumnos en el colegio de Úbeda, Burgos les aseguró que había hecho gran parte del recorrido en autoestop y que, a la vuelta, pensaba visitar Italia de la misma manera. Con su bella y convincente oratoria, les dijo que había conseguido la dirección de un colegio importante en Extremadura y que ello le serviría de experiencia para el futuro centro docente que años más tarde pensaba comprar en Valladolid.
—Yo me ocuparé de buscar la financiación. Para entonces —les comentaba con entusiasmo—, ya habréis conseguido los diplomas necesarios y constituiremos el equipo que tenemos planeado. Entonces, podremos poner en marcha nuestro colegio, que funcionará de manera independiente y según nuestros propios principios pedagógicos.
La visita, que en principio habría de durar por lo menos una semana y cuyo objetivo era robustecer la solidez del grupo, de hecho no superó los tres días: Burgos barruntó enseguida que algo se estaba resquebrajando en el edificio de su proyecto, empezando por los cimientos. Cuando llegó a Friburgo, al principio de las vacaciones universitarias, ya José Lauro y Concepción Rull solían acaramelarse en la cafetería de la Facultad. Con su legendaria perspicacia, Burgos percibió que su presunto jefe de equipo, Lauro, estaba a punto de caer envuelto en la dulzona telaraña que le había tendido Concepción Rull. Y que la contaminación amorosa parecía haberse extendido a Antonio Pacheco y a Gonzalo Maroto, porque los dos hablaban de presentarle a sus respectivas amigas suizas.
Cuando casi por las mismas fechas ‑un año después (el año de la diáspora)‑, Burgos volvió a visitarlos, ya no mantuvieron ninguna reunión «oficial» y ni siquiera se llegó a hablar del proyecto pedagógico. Ni falta que hizo, porque la nueva realidad se estaba imponiendo por sí misma, desde el momento en que cada uno de sus antiguos discípulos decidió navegar de manera totalmente independiente. De hecho, esta segunda venida de Burgos fue considerada por ellos como una especie de visita de amistosa, cortesía que les hacía su antiguo y admirado profesor. Para él, en cambio, para J. María Burgos, la corta estancia en la ciudad suiza supuso sencillamente la constatación de lo que en la visita anterior no había sido más que una presunción: que el montaje del proyecto se le había escapado de las manos.
Ni hubo tertulia, ni hubo junta. Sólo los reunió un almuerzo en el piso de Lauro, durante el cual se celebró su inmediata paternidad y se brindó por el éxito, en los próximos exámenes de doctorado y de licenciatura, de Pacheco y de Lauro, respectivamente. Al final de la comida, J. María Burgos se levantó con gesto cansado, alzó su copa para rendir un ardiente homenaje a la belleza y simpatía de las allí presentes novias de Gonzalo y de Antonio; y agradeció, efusivamente, la acogida que le habían regalado sus antiguos queridos alumnos, a quienes deseó un futuro feliz allá donde estuvieren. Apenas le tembló la copa. Ni un amago de tristeza, de pesadumbre, de queja, de pena o de frustración se dibujó en sus caras. Al menos, en las de los muchachos. Alguno de ellos notó en los ojos del antiguo profesor, cuando salía por la puerta, un esbozo de derrota y que en su frente se habían multiplicado, de pronto, las arrugas. En su pensamiento, debía bailotear, amargamente, la inmensa ironía del destino. He ahí todo lo que quedaba de aquel magnífico proyecto altruista, fraguado cuando vivían encerrados, protegidos, en el nido del internado; un ideal mil veces soñado y evocado con ambición, con ilusión, casi con devoción; una aspiración deseada con el vigor y la generosidad de una juventud, que pocos años antes había hervido en ansias de conquistas pedagógicas, como si fueran valerosos misioneros de la educación. Todas aquellas ilusiones se habían ido desmoronando y disolviendo por sí solas, al tiempo que cada uno de aquellos muchachos había empezado a gestionar su vida de adulto.
Cuando el profesor Burgos salió a la calle, supo que detrás de él se cerraba definitivamente la última ventana que le quedaba en su relación con aquellos jóvenes del internado de los jesuitas de Úbeda y con la empresa pedagógica que durante tanto tiempo habían soñado.
Cuando J. María Burgos salió a la calle y echó a andar, el sol iba descendiendo hasta las cumbres abruptas de los Alpes friburgueses; era un sol tibio, anaranjado, casi sanguinolento, que parecía solicitar reposo en unas nubes que, como grandes almohadones blancos, estaban tendidas en las alturas. Quizás buscaba donde dormir el sueño de una noche de verano.
FIN DE LA TERCERA DÉCADA
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