Miguel Damas Hidalgo. Un alumno diferente, 4

03-07-2010.
A Miguel le fascinaba el aplauso, el hacerse notar y competir en cualquier frente. Disputó, no siempre con éxito, el puesto de defensa central de la selección a Pedro Moreno y a Chamorro; a Del Río, Roa y Manolo Serrano, el liderazgo en Matemáticas; a Pedro Castaño, el título de mejor bailador de twist; a Almansa, Cutiño, Peris, Montes y Valcárcel intentaba “levantarles” unas chiquitas monísimas, que ellos venían trabajándose desde hacía tiempo. Con Valenzuela rivalizaba por la medalla de oro en ping-pong.

Pero en lo que destacó de forma especial fue como conquistador, seductor y faldero. Contábamos nosotros, en materia de educación sexual, con los extensos y detallados conocimientos que nos había transmitido el padre Benavídez, un sacerdote al que le gustaba mucho la fotografía. Las relaciones sexuales entre hombre y mujer debían estar en el programa de formación de los doce años, porque nos llamaba a su despacho y nos preguntaba si sabíamos cómo y de dónde venían los niños. Nosotros decíamos que no sabíamos nada de aquello, aunque no era verdad. Se trataba de poner al cura en el aprieto de tenerlo que explicar y, de paso, volver a oír hablar de aquel asunto que tanto nos gustaba. Él, poniendo los ejemplos de las flores y las abejas, nos relataba el proceso biológico de la gestación desde el punto de vista más neutro, frío y desapasionado; y nosotros quedábamos absolutamente decepcionados por el relato.
Más tarde, nuestros conocimientos en asuntos de mujerío fueron ampliándose con las lecturas que nos recomendaba el padre Mendoza, importantísimo y decisivo en nuestra formación. Recuerdo entre ellas Amor, El diario de Daniel de Michel Quoist, El libro del joven y otras lecturas. Menos edificantes, pero con más éxito, fueron las procedentes de la literatura, entre las que recuerdo aquella poesía de Espronceda que decía: «Me gustan las amantes / tendidas en los lechos» o La casada infiel” de García Lorca, de quien casi todos nos sabíamos de memoria aquellos versos: «en las últimas esquinas / toqué sus pechos dormidos / y se encendieron de pronto…», que daban lugar a un proceso analítico e imaginativo a partir de las imágenes que la composición nos evocaba y que, más o menos, se concretaba en que, en las últimas esquinas, metió la mano por debajo de la blusa de la moza, hasta encontrar primero y acariciar después, aquel descomunal par de domingas que, con el sobo y el magreo, se fueron poniendo poco a poco a punto de explotar.
Estas evocaciones alteraban nuestra afectividad y nuestra bioquímica, finalizando casi siempre en el confesionario de algún cura, que no nos conociera demasiado.
Otra fuente de conocimientos, en cuestión de sexo y desenfreno, era la publicidad en la prensa de la época. Nos suscribió don Jesús Burgos, inspector inquieto e inteligente, al periódico YA. Fue nuestro particular PLAY BOY. Las magníficas señoras que, con la falda por la rodilla, anunciaban las «confecciones perfectas» de El Corte Inglés, la señorita con el pelo cardado que lucía las medias de Rodiflex Platino, la sugestiva mirada de Natalie Wood fumando un Winston y exhibiendo pícaramente la rodilla, o las fotos de las turistas con un biquini medio caído que, según la prensa, «escandalizaban nuestras playas», constituían un peligro muy grave para nuestra tranquilidad emocional de adolescentes.
Miguel presumía de conocer al detalle la anatomía del bello sexo. Alguna vez nos relataba la forma, contenido y medida de los elementos propios de las jovencitas, mientras nosotros le escuchábamos absortos, sin atrevernos apenas a interrumpirle, para no romper el hilo del relato. Alguna pregunta inoportuna:
Miguel, ¿el pezón de las tetitas de las nenas es tan oscuro como el de las señoras que dan de mamar?
—Pues claro —respondía—.
—Y a ti, ¿no te da asco?
En este punto, perdía la paciencia y el control, se enfadaba, nos mandaba a tomar por no sé donde y allí acababa la conferencia sobre “Educación zezuá”.
Con más experiencia y madurez, él liberaba sus tensiones de adolescente con método y sistema. Nosotros, en cambio, la mayoría de las veces lo hacíamos de forma accidental e improvisada y seguida de rápido arrepentimiento. Cuando consideraba que debía dar rienda suelta a sus pasiones, para recuperar el equilibrio psíquico y mental, se proveía de las indispensables “herramientas”. Estas consistían, además de la mencionada publicidad en prensa, de alguna novela policíaca en la que la rubia explosiva, que al final resultaba ser una agente enemiga, besaba con pasión incontenible a Peter Morgan, agente del FBI y protagonista de la trama.
Imaginar a la pareja fundida en un beso de pasión, mientras Morgan apretaba contra su pecho la anatomía de la muchacha, sintiendo el pálpito del corazón de la zagala, eran estímulo suficiente para despertar en Miguelín unos ardientes e irreprimibles deseos, que alteraban sus circuitos, excitaban su fantasía y recalentaban sus hormonas, como la economía en tiempos de Solchaga. En este punto, se sumergía en una espiral de locura y desenfreno, acompañada de un alboroto irresistible y fantástico de testosteronas, dopaminas, tiroxinas, oxitocinas y adrenalina, que pugnaban por estallar violentamente, como lo hace el champán al ser liberado del tapón de la botella. Él, utilizando simplemente lo que en aquel momento tenía más a mano, daba rienda suelta a aquel torrente de energía acumulada, para recuperar de inmediato la serenidad de espíritu y el bienestar personal.

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