El invierno del 45

28-06-2010.
El invierno del 1945 al 1946 lo pasé en el corazón de los Pirineos de Huesca. Ese año, según decían los nativos, nevó más que otros inviernos. Yo había visto nevar en Úbeda copiosa y abundantemente; pero esta forma no tenía comparación.

Había noches en que te acostabas con el suelo humedecido y al día siguiente estaban las calles intransitables. Cuarenta o cincuenta centímetros de cuajada nieve impedían el tránsito. Cuando se derretía, las calles eran un verdadero lodazal. Hacían veredas y la nieve la acumulaban junto a las casas y, al derretirse, quedaba un barro de los excrementos de tanto ganado como allí había y era un fértil abono que los agricultores echaban a sus cultivos y arbolado.
En una cuadra pajar dormíamos varios soldados. Otros lo hacían en otros lugares parecidos. Allí, el quehacer era bien poco. Nos pasábamos el día junto a un bidón de chapa, puesto en el centro de la referida cuadra, y procurábamos que todo el día estuviera ardiendo. Para eso, algunas veces íbamos varios soldados a las pinadas y cortábamos pinos hasta llenar el carro que, tirado por una mula, nos lo traíamos al pueblo.
El pajar en que vivíamos tenía una gran puerta, pero hecha polvo, como aquí decimos. Por sus rajas y agujeros se entraba y salía un perro que, cuando salimos de Grañén para el norte, nos lo llevamos como mascota. El perro era cariñoso y muy sociable. A todos los del grupo nos conocía y hacía buena liga. Todos dormíamos en el suelo en colchonetas llenas de paja. Todas las noches, cuando veía que me acostaba, se postraba a los pies de mi camastro y allí dormía al calor de mis piernas, y yo recibía en mis pies el calor de su cuerpo, y así los dos sobrellevábamos y paliábamos los rigores de ese crudo invierno pirenaico.
Cuando entró el verano del año 1946, ya perfilábamos la licencia pronto. En Radio Macuto, las noticias eran contradictorias porque, según decía el asistente del capitán, nos bajarían a Zaragoza y allí nos licenciarían. El machacante, según oía de sus superiores, decía que estaban esperando los pasaportes de capitanía. Un día recibías una alegría y al siguiente una decepción. Lo cierto fue que una mañana a todos nos vacunaron, igualmente que cuando llegamos de reclutas al campamento de Bétera, y eso nos animó. Nos dijeron «Dieta y no beber alcohol»; pero poco caso hicimos. Transcurrieron varios días y entonces sí fue de verdad la marcha.
Nos bajaron a Zaragoza, al Hospital de ganado de la 5.ª Región Militar, a Movera, un pueblecito cerca de la capital. Al llegar al destino, lo primero que hicieron, antes de vacunarnos de nuevo, fue pasar revista de piojo, creyendo que vendríamos comidos de esos cansinos y constantes parásitos. Mas no era así, pues en los Pirineos nos bañábamos a diario en sus transparentes y frías aguas. Como decía, procedieron a vacunamos. Cuando llegó a mí el encargado de ponerme la banderilla, le dije que hacía unos días que lo habían hecho con todos. Lo consultó con el jefe y dijo que siendo así el que no quisiera vacunarse que no lo hiciese. Yo, ya medio desnudo, le dije que me la pusiera y fui el último, pues la cola se deshizo. Unos días después llegó la tan ansiada licencia. Veintiocho meses fue lo que yo serví a la Patria.
Llegué, a mi casa, alegre, contento, ilusionado, con muchas ganas de incorporarme al trabajo. Ese día tuve que ir al Ayuntamiento a legalizar mi situación como ciudadano que ya era. Me dieron la cartilla de racionamiento, no sin antes decirme que tenía que vacunarme y llevarla sellada por el médico. Así lo hice y, al día siguiente, pude coger mi ración de pan.
El año anterior, mi hermano menor se había ido voluntario a los sementales de Baeza, y no sé por qué circunstancia su cartilla de abastecimiento la tenían mis padres. No se la recogieron, ni ellos la entregaron, pues con la escasez de todo había que arriesgarse. El dilema que ahora se presentaba era que se cumplía el plazo para la vacuna del titular y él no podía venir a vacunarse; y menos, siendo militar. Yo pensé: «Me vacunaré, pero si me conocen y me ven tan pelado y dicen “Usted estuvo aquí ayer”, yo podré contestarles que ese era mi hermano; que nos parecemos mucho».
En fin, que con más miedo que vergüenza, como se dice, no por el dolor físico que me pudieran hacer, me encaminé al Hospital con mi bilbaína. Me puse mi vacuna, me sellaron la cartilla y, cuando salí al patio de Santiago, respiré hondo y rápido. Me salí de allí, dándole a mi ser una alegría como cuando en la vida obtienes una victoria. ¡Era la cuarta vacuna que me ponían en menos de un mes…!

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