Soy hermano de la Virgen de las Angustias

26-05-2010.
Desde el año 1943, en que me hice hermano de la Hermandad de Nuestra Sra. de la Virgen de las Angustias, siempre he salido acompañándola en su procesión. Ya llevo varios años que, con sentimiento, no la puedo acompañar.  Este año de 1996 he tenido ese gozo de acompañarla en el desfile de la tarde, creyendo que me cansaría y ha sido todo lo contrario: he salido fortalecido.

Mi novia en aquel entonces, hoy mi querida mujer, con primor me hizo la túnica y la estrené en la Semana Santa de 1944, antes de incorporarme a filas. Varias Semanas Santas no pude salir por esa razón. A otra muy significativa tampoco asistí por encontrarme en Madrid, en la Clínica de la Concepción, operado. Si hubiera asistido ese año a la fiesta de nuestra titular, seguro que me hubiera visto inmerso en el óbito de ese ejemplar hermano que murió en la Iglesia de Santiago, frente a nuestra Virgen, Cándido Miranda. Ella se encargaría, con su piadoso corazón, de llevar su alma a la presencia del Padre. A su lado estaba otro socio que fue quien primero lo socorrió: Rodrigo Madrid, q.e.p.d. Un hombre bueno, afable, trabajador, un verdadero amigo mío. Por donde iba, dejaba estela de cariño y amistad.
Hace unos años, cuando aún yo trabajaba, me salió un acceso en la región glútea. Parecía cosa corriente, pero no fue así. Tuve que pasar por el quirófano cuatro veces, dos en Úbeda y dos en Madrid. En mi ciudad no tuve suerte. Me fui a la capital de España. En casa de mi hermano Alfonso estuve varios días, esperando que me ingresaran en la Concepción, y así fue. Hacía varios días que estaba ingresado, cuando una mañana me subieron a uno de los muchos quirófanos que había. Desnudo, me cambié de mi cama a la mesa de operaciones. Mi médico, don Emilio Melero Calleja, que era quien me operaría, me pidió las radiografías. Yo le respondí que no me las habían hecho. Se malhumoró con algunos de su equipo y de nuevo me montaron en mi cama y me sacaron al pasillo, donde había un trasiego de enfermos que asustaba. Pasé más de media hora en el pasillo. Por fin, me introdujeron de nuevo en el quirófano, me anestesiaron y, cuando vine a la vida, estaba en el pasillo. Miré al techo y conocí la lámpara que había visto antes de mi entrada. Toqué la pared: ya estaba consciente de lo que me habían hecho.
Cuando entré en mi habitación, donde había otros tres enfermos como yo, mi mujer me consoló con sus besos y caricias. Esperamos con ansiedad la tarde, vino el médico y nos comunicó que de nuevo me tenían que operar, ya que la intervención había que hacerla en dos fases. Mi mujer y yo rompimos a llorar desconsoladamente, después de marcharse el doctor. ¡Qué mala suerte teníamos!
Me bajaron a radiografía, cosa que no habían hecho anteriormente. Me hicieron pruebas y, cuando al día siguiente me vio el médico, yo intuía que la primera operación la habían hecho a ciegas. Le pregunté y me respondió que todo estaba localizado. En la clínica estaría un mes justo. Cuando me recuperé de la primera operación, de nuevo al quirófano y, al no ver a mi médico, le pregunté a uno del equipo que quién me iba a intervenir. En ese momento se asomó por mi cabecera, con sus guantes puestos, diciéndome: «Yo». Respiré profundo y una sonrisa de satisfacción le dediqué… Fue todo un éxito. Las enfermeras que a diario me curaban, lo hacían con una gracia tal que no sentía ningún dolor. A mi mujer, que ya se había venido a Úbeda, la llamé a instancia del médico y fue presta para aprender a curarme. Desde aquellas fechas hasta ahora marcho estupendamente gracias a esas manos benditas que tiene ese médico conquense.
En la fiesta de nuestra titular, Nuestra Sra. de las Angustias, del año 1985 le hice esta petición a nuestra Madre querida:
Petición
En este tercer domingo
de Cuaresma y de Pasión,
¡oh!, madre de las Angustias,
permíteme que te haga
una humilde petición.
Los hermanos te queremos,
todos con mucho fervor.
¡Que siempre estemos unidos,
igual que una gran familia,
a tu amante corazón!
Tus penas serán menores
al ver tú cómo te amamos
con los corazones nuestros.
Y esas grandes penas tuyas,
contigo las compartamos.
¿Habrá dolor más profundo
que el que padeciste tú
por
la maldad de los hombres?
En un pesado madero
viste clavado a Jesús.
Cuán angustiada acogiste,
en tu amoroso regazo,
traspasado el corazón,
el cuerpo inerte, sin vida,
de tu Hijo tan amado.
Y se fundieron tus lágrimas,
desde tus ojos de Madre
‑que bajaron abundantes
por tus rosadas mejillas‑,
con su bien preciada sangre.
Por la tribulación tuya,
por esta pena de Madre,
todos estos corazones
‑tiernos, pobres, pecadores‑
vienen para consolarte.
Fernando Sánchez Cortés (17-02-1985).
Recitada por mí en la fiesta de nuestra titular.

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