Las décadas, 16

31-03-2010.

Mágina, 16
—Vienes muy endomingado —le dijiste al Coíno, poniéndote frente a él y ojeándolo de arriba a bajo—.
—Perdona el retraso —te respondió y añadió a modo de excusa—. Es que Aquilino, ¿sabes?, el nuevo jugador de Profesionales, se me acercó muy zalamero cuando iba a las camarillas a cambiarme y se enrolló diciéndome que, como soy el capitán del equipo de Profesionales, le hiciera el favor de pedirle a don Antonio Domínguez que lo acepte en la selección Safa…

—Oye, Coíno: hace un día espléndido; ¿por qué no me lo cuentas mientras nos damos un paseo hacia los Miradores de San Lorenzo?
Descendieron los dos amigos por Prior Monteagudo y, al llegar al cruce con Cotrina, se les abría a cada paso hasta mostrarse de par en par el magnífico e inabarcable panorama que como un enorme lienzo se extendía a lo largo y a lo ancho de la mirada: desde las cercanas huertas hasta la finísima y lejana línea azul en donde se vislumbraban las pálidas cumbres granadinas. Un olor a tierra humedecida subía de las huertas y subrayaba que la primavera acababa de llegar.
—¡Qué maravilloso espectáculo! Es un paisaje realmente excepcional —comentaba Antonio Lanzat, el Coíno, poniendo su mano derecha en el hombro de su amigo y la izquierda como visera—. Fíjate en la gradación de colores: el verdor de las huertas, las grises hileras de olivares, los radiantes espejitos del Guadalquivir, el azul del Aznaitín salpicado de blancas cortijadas, la finísima y luminosa neblina que apenas deslinda pueblos y envuelve cúpulas montañosas hasta perderse allá en el fondo en Sierra Nevada.
—¡Cómo se te nota, amigo Coíno, que has hecho Literatura con don J. María Burgos!
—Este paisaje es una de las pocas cosas que voy a echar de menos…
—¡Cómo que lo vas a echar de menos! ¿Qué quieres decir con eso?
Y Antonio Lanzat le contó a su amigo de Villajara que, durante la Semana Santa, estuvo hablando con su padre a propósito de su porvenir en los Profesionales de la Safa. Le dijo que allí no estaba a gusto; que lo suyo no era pasarse la vida en un taller manejando llaves inglesas, tuercas, tornos y destornilladores; que le daba vergüenza, cada vez que veía a sus compañeros de Magisterio; y que prefería volver a casa y ayudarle en el negocio del restaurante. Y le habló de manera tan sincera y convincente que su padre lo aceptó.
—Pero con una condición —le advirtió su padre—: que continúes hasta el final del curso y después decidiremos.
—Pero yo no pienso cambiar de opinión —y el Coíno miraba en la lejanía hacia el Sur—; entre otras cosas porque se me revuelven las tripas cada vez que me cruzo o veo de lejos al cabrón del profesor de Matemáticas. A veces me dan ganas de sacudirlo… Pero, además, ¡es que no tiene ni media hostia!
—Tranquilízate, hombre —y llegaron a la pequeña plaza donde se encuentra la iglesia de San Lorenzo, cuya fachada estaba inundada por una verdísima yedra que se encaramaba hasta la espadaña—, y piensa bien lo del colegio…
—Por mí —cortó en seco—, está más que pensado. Prefiero repartir comidas en el bar de mi padre. Pero dejemos eso, por favor, y vamos a lo nuestro. Cuando hace un rato venía para verme contigo en la Plaza de Santa María, pensé que yo no tengo nada que perder y que un día de estos le voy a decir al cura Nieto que el culpable de todo soy yo; que, cuando me encerró en su cuarto, me puse a trastear, encontré las preguntas de los exámenes y te las di…
—¡Que buen amigo eres, Coíno! Pero no puedo estar de acuerdo; primero, porque no fue así; y segundo, porque no serviría para nada ya que, de todas maneras, hemos copiado y el cura Nieto lo sabe. Recuerda que estamos aquí para descubrir quién nos ha vendido y que, para ello, una pista puede ser ese Aquilino de Villanueva del Arzobispo.
—¿Y me quieres decir tú para qué nos sirve saber quién ha dado el chivatazo?
—Pues, en realidad, tienes razón. Porque, si el jesuita cumple su palabra, que la cumplirá, el único suspendido seré yo. Pero lo que no puedo tragar es que un compañero nos haya traicionado —y mirando a los ojos de Antonio Lanzat, añadiste—. Y yo quiero saber quién es; porque a partir de ese día, ni yo ni los demás compañeros lo miraremos como antes. Dime, pues, qué hay de lo de Aquilino.
—Ya te dije ayer que si Aquilino Muñoz estaba en el entrenamiento con nosotros era por recomendación del padre Nieto. Me lo dijo el propio Domínguez cuando, al terminar el partidillo, se acercó a mí y me preguntó qué pensaba yo del Aquilino.
Y el Coíno refirió haberle respondido que, al menos en el equipo de Profesionales, Aquilino era un buen compañero en el vestuario; pero que, sobre el terreno de juego, era algo indisciplinado, porque no respetaba siempre al pie de la letra lo que le pedía su entrenador, el cura Nieto. Aquilino es de esos jugadores que van a por todas, que están deseando marcar un gol para que lo aplaudan y lo abracen sus compañeros. Yo tengo la impresión de que es un muchacho algo acomplejado y que necesita un buen empujón de autoestima. «Pues se lo vamos a dar», concluyó el entrenador Domínguez.
—Eso significa que tu opinión favorable, más la recomendación del padre Nieto, harán que Aquilino juegue en su Villanueva del Arzobispo con la selección de la Safa.
—Pues, eso parece. ¿Y qué conclusión sacas? —te preguntó el Coíno—.
—Conclusión ninguna; pero lo que has dicho refuerza la hipótesis de que el cura Nieto encargó a Aquilino que sonsacara a su paisano durante la Semana Santa; y ahora le está, por así decir, remunerando el trabajillo.
—Pues mira, amigo: el único paisano que tiene Aquilino en vuestro Quinto curso es Paco Redondo Moreno, el “Maestro”. Y, entonces, aquí se cierra el triángulo: el jesuita ex legionario es el incitador; Aquilino, el indagador; y Paco Redondo, el soplón. Y así cobra sentido la frase de Nieto: «Todo se termina sabiendo, porque todo consiste en saber preguntar a la persona adecuada».
—Tú lo has dicho, Antonio. Ahora sólo queda coger el toro por los cuernos y, si sale bien, daremos el asunto por terminado. Quiero decir, que tú vas y te encaras con Aquilino y le haces que abra el pico. Y yo intentaré hacer lo mismo con el “Maestro”.
En esto, llegaron al cruce de Fuente de las Risas que hace esquina con el Obispo Cobos. Torcieron a la izquierda y minutos después estaban en la entrada del Colegio. Grupos de internos entraba por la verja lentamente. Algunos que estaban ya en la explanada, se dirigían a la iglesia para asistir al oficio del Angelus.
—Yo no voy al Angelus, ¿y tú?
—Yo tampoco —respondió el Coíno—. Eso lo dejo para hipócritas y pelotilleros. Yo me voy a mi cuarto, a cambiarme.
Se despidieron y prometieron contarse los resultados de la indagación durante el entrenamiento del sábado siguiente.
Antonio Lanzat no te había dicho la verdad, cuando afirmó que iba a su cuarto a cambiarse. Se fue directamente a la sala de juegos, porque sabía que Aquilino, con otros dos o tres compañeros de los Profesionales, acostumbraba a volver antes del paseo del domingo para echar con ellos unas partidas de ping-pong, un juego en el que era un verdadero campeón. Y, efectivamente, allí estaba Aquilino, sudoroso, distribuyendo golpes de raqueta a diestro y siniestro. Al ver al Coíno entrar en la sala, pensó que le traía algún recado a propósito de su posible definitiva inclusión en el equipo de la selección Safa; dejó la raqueta sobre la mesa y, sin rodeos, le preguntó:
—¿Me traes alguna buena noticia, Coíno?
—Eso depende. Ven, vamos a sentarnos en aquella mesa del fondo junto a la ventana.
Tampoco tú le habías dicho la verdad completa a su amigo Antonio Lanzat. Como sabías que Paco Redondo, el “Maestro”, era un asíduo de la ceremonia del Angelus, entraste en la iglesia y viste que, efectivamente, allá estaba, en el penúltimo asiento, al lado de un confesionario. Te acercaste a él, le pusiste suavemente la mano en el hombro y le susurraste:
—Paco, tengo que decirte algo urgente y a solas. ¿Te vienes, por favor, a mi cuarto?
Paco Redondo te miró entre sorprendido y extrañado. Ojeó a su alrededor, se rascó un momento la nuca y, alzando la barbilla, se levantó de su asiento, diciendo:
—De acuerdo. Y espero que lo que me vas a decir sea tan importante y urgente como dices…

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