Prosa poética, 4

20-10-2009.
B) De páginas de Navidad
156

“Brindis del Año Viejo” es una muestra de prosa lírica, en donde la nostalgia del tiempo vivido ‑eso son los recuerdos‑ se hace soledad e intimismo. En el trasfondo hay una rebeldía contemplativa ante el galope del almanaque y, al mismo tiempo, una crítica amarga de los montajes tradicionales de la fiesta carnavalesca de fin de año. Recuerda una noche de San Silvestre, pasada por el autor en compañía de un espejo que le proyectaba su otro yo. El poeta, adornado con una gran pajarita amarilla de cartón, se bebió una botella de agua.
Brindis del Año Viejo
Ideal, 31-12-1983.
Querido Año Viejo:
Me he acercado temblando a las páginas íntimas de un diario inacabado, en una fecha como hoy, sin apenas ganas de querer escribir. Por eso escribo.
El inventario de cada San Silvestre me dice que algo anda mal y que, tal vez, estorbe la memoria. Cada cual es muy dueño, que sólo se muere este año en algún lugar de niebla. Un brindis siempre suena a euforia de tristeza inmensa.
Los diciembres son retales de vida añeja, los penúltimos fascículos de esa vida crujiente que nos recuerda, con las doce campanadas, que sólo nos vive el eco en las palabras.
Me ha cogido este brindis de improviso y ni siquiera llevo el carné de identidad en el bolsillo. Hay, eso sí, un tiritar de dientes en cada beso roto; y, en el rincón, siguen amontonados los gerundios.
Esperando la siembra cada año,
cuando sé que sólo existen los bisiestos
y que todo se esconde en la conciencia.
Perdona que esta noche no vaya con el disfraz de fiesta y que no te salude con la mueca y que siga olvidada la corbata. Yerma sigue estéril y San Manuel ya no tiene su lago de Sanabria en donde se sumergía la ciudad encantada.
Hay un pesebre con olor a nada y el Niño tiene el sarampión, ¡tan chiquitillo!
En esta Nochevieja me acordaré de Salvador Gaviota, de Cortázar y de aquel lobo estepario con sus tímidos ojos hermosos.
Porque «la velocidad era poder, y la velocidad era gozo, y la velocidad era pura belleza». ¡Ay, Año Viejo! ¡Cuántas uvas se secaron en tu calendario!
Nos han obligado a cantar el Happy New Year y el champán está servido para ser llenado con saliva. ¿Qué nos traerás en tu nueva mochila?
Sabes que quise escuchar la voz y cavar con varias palas en el magma de la tierra para atravesar salones, y cocinas, y dormitorios, y los baños de las casas señoriales. ¡Cuántos perros dormían, tendidos en el zócalo de mármol! Ya ves, qué lejos queda el mar a veces.
Se nos está escapando la vida a trompicones y tú te empeñas en cogernos siempre con la barriga llena.
Soy consciente de que no tengo derecho a aguarte la fiesta, cuando tan coqueto te acicalas para decirnos, campana ronca, que vamos tirando. Me gustaría celebrarte con toda la soledad que se alberga en un vuelo que dejó todo el callar almacenado en nuestra piel.
Y recuerdo aquella rosa de Panagulis, junto a Penélope en la orilla; y me recito el poema de Auríspice, aquí y ahora; y me lloro con el Cancionero de Petrarca, dedicado a Laura.
Hace un año todo estaba en el ozono de la noche lenta, entre aquellos sonetos de vendimia y nieve y unos madrigales de la espera pasiva:
Me habló la luna:
¿Qué tal?
Quiero volar y volar.
Hace aire.
La sangre crece
al fondo del olivar.
Atardece.
En esta noche de año viejo, tú, tiempo errante, me harás la cicatriz antes de despedirte. Pero no tengo uvas, ni me gusta el champán, ni la resaca me anima. Me encerraré con Serrat y nos pondremos a cantar Cada loco con su tema.
Querido año viejo, cuando des el relevo al nuevo año, dile que existe el hambre y la guerra; recuérdale que el amor anda a gatas y que sólo la lucha nos hará personas, si eliminamos nuestra ración diaria de soberbia.
Y que todas esas palabras de felicidad que te dedican son fórmulas de cortesía para disimular nuestra rutina y nuestra mala conciencia.
Pero dile también que cada año nuevo es una nueva esperanza.
-¿Brindamos, darling?

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