Ir a lo suyo es a veces legítimo y hasta necesario

18-10-2009.
Es una ley general, inscrita en el fenómeno de la vida y en la evolución, la de la supervivencia de los fuertes ‑los más adaptados‑ a expensas del débil. Pero, por otro lado, la sociedad humana no es sostenible sin alguna forma de solidaridad entre individuos.
Al negociar en la familia, en la profesión o en la calle, ¿existen ocasiones en que es legítimo y ético “ir sólo a lo suyo”, o hay que ponerse siempre en la piel del Otro?

En nuestra cultura de profundas raíces católicas, por más que no seamos practicantes, ni siquiera creyentes, no podemos negar que había quedado un cierto pudor o una reticencia a parecer demasiado egoísta, al imponer públicamente y sin ningún miramiento los intereses propios por encima de los de otro. Reminiscencias sin duda de tradicionales valores cristianos: «Amarás al prójimo como a ti mismo», etc. Poco a poco, está desapareciendo hasta el “usted primero”, ante una puerta, y otras formas de cortesía que muestran deferencia y atención al Otro. Cada uno va a lo suyo. Siguen unas reflexiones sobre el egoísmo.
El depredador humano
En el diseño mismo de la vida, tal como parece haber sido concebido por la Naturaleza (o por el Creador), podemos constatar que sólo las plantas son capaces de captar la energía solar para constituir su propia materia orgánica a partir del suelo. Los organismos animales tienen que descomponer las construcciones orgánicas de otros vivientes, es decir, destruir vegetales y matar animales, para liberar energía y metabolizar después sus componentes. La vida de los animales, su supervivencia misma, está basada en la muerte y la destrucción de otros organismos. Por consiguiente, se puede afirmar que la competición y la depredación son regla mayor de supervivencia, sin mirar a la vida que se destruye.
¿Y por qué razón nos vamos a tener que interesar por el Otro? Preguntémonos abiertamente cómo y por qué razón se puede llegar a pensar que esta regla o metaestrategia de la competición pudiera ser moralmente reprobable, éticamente egoísta o estéticamente repugnante. Sería contradecir el principio último de vida.
Excluir la competición equivaldría a negar la ley fundamental de la vida. Sería soñar con mundos irreales, imposibles. La noción misma de explotación ‑en la crítica marxista‑ solamente tiene sentido cuando se considera al mundo de las realidades sociales como una deformación de un mundo ideal, dotado de leyes justas de propiedad y de autoridad. Pero la verdad es que esas leyes justas, ese mundo ideal, no existe, ni ha existido, ni existirá jamás. Por eso, aceptar como hipótesis de trabajo la imperfección (intrínseca) del mundo no tiene nada de un compromiso cobarde con la realidad, sino que es puro realismo. Nada es más intelectualmente honrado que partir de una conciencia clara de la auténtica realidad del hombre y de la sociedad e intentar mejorarla constantemente, sin soñar en utopías imposibles, engañosas ‑si no hipócritas‑, que ignoran la verdad, por así decir, casi ontológica del hombre.
Darwin, el capitalismo y el liberalismo
¿Es aceptable al menos en parte esta manera de razonar?
Darwin influenció al liberalismo británico del XIX; ejemplos: Bagehot, Herbert Spencer y John Stuart Mill. Fue Spencer, y no Darwin, quien acuñó el concepto de survival of the fittest, ‘supervivencia de los más adaptados’ (al entorno). Darwin hablaba de selección natural. En todo caso, fue Spencer quien escribió: «El Estado no debe intervenir para aliviar la situación de las clases más pobres, porque con ello estaría impidiendo la lucha por la existencia ‑poniendo obstáculos a los más dotados‑ que es el motor del progreso… Los hombres racionales se abstienen de interferir con las inexorables leyes de la evolución»1.
Para Oswald Spengler, Spencer es la expresión perfecta de la filosofía rapaz de la época victoriana, del capitalismo ético y del liberalismo radical de la escuela de Manchester.
La fe en el darwinismo ayudó, sin duda, al capitalismo ético y a la escuela de Manchester a justificarse moralmente. La rudeza de ciertas prácticas inmisericordes de las empresas encontró apoyo en la ciencia biológica. Los conceptos darwinianos eran, según ellos, una parte inevitable del desarrollo histórico y, por consiguiente, su puesta en aplicación no era inmoral sino justa y acorde con las leyes de la naturaleza.
La competición en Economía
Efectivamente, la teoría de la competición económica se desarrolla en un espacio cultural impregnado de darwinismo social. Está orientada hacia la búsqueda de soluciones inteligentes que maximizan la ventaja personal, sin tener en cuenta los intereses de otros agentes. Es una copia, en lo socioeconómico, del gran diseño de la vida. En la práctica comercial, mucha gente aborda hoy la negociación con la única idea de maximizar la esperanza matemática de la ganancia. Esa actitud es totalmente egoísta, solipsista.
Más aún, la teoría nos dice que los agentes económicos racionales se mueven no por instintos ni sentimientos sino por la “eficiencia” (en el sentido de Pareto2). En su libro de 1959, The theory of value, Debreu introdujo una teoría del equilibrio general, utilizando la matemática bourbakista, para probar que los comportamientos egoístas de optimización por parte de todos los agentes económicos, dan lugar a una distribución Pareto-óptima del trabajo y de la producción de bienes y de servicios. Las decisiones de optimización de los agentes, tanto productores como consumidores, que consideran sólo el beneficio propio, son mutuamente compatibles, con tal de que prevalezca un sistema de precios conveniente, llamado de equilibrio de Walras.
En suma, la eficiencia en una colectividad puede ser lograda como resultado de comportamientos egoístas de los miembros. (Sin necesitar la intervención de una autoridad central).
Sin embargo…
La negociación no es una simple decisión como otra cualquiera. Al negociar con otro, no podemos fingir que estamos luchando contra el azar, como cuando se toman decisiones. Estamos luchando contra otros seres humanos, que debieran ser algo más que cosas o eventos del azar. En la negociación podemos infligir a otro ser humano sufrimientos que pudieran ser incalculables.
Julien Huxley, reconocido biólogo y filósofo, hermano del escritor Aldous Huxley, escribe que entre los muchos males que engendró el darwinismo social hay que citar la glorificación de la libertad de emprender, la economía del laissez faire, el eugenismo, el racismo y, en cierta medida, la ideología nazi.
En particular, Spencer es fulminado por algunos escritores de hoy. Se le ataca porque ha ofrecido un soporte racional a la ética del capitalismo industrial y del laissez faire3.
En este momento, estamos viviendo una violentísima crisis mundial, como resultado de un liberalismo sin frenos éticos. Una sociedad de egoístas se convierte rápidamente en insufrible.
La racionalidad colectiva opone frontalmente el bien de la comunidad a los intereses del individuo puramente competitivo.
Una elegante excusa: el espíritu deportivo de la competición empresarial
Algunos teóricos, en busca de una difícil legitimación ética de las estrategias agresivas de los dirigentes de empresas, han recurrido precisamente a esta metamorfosis deportiva de la competición empresarial.
Su razonamiento es el siguiente: nadie reprochará a un jugador la utilización de una martingala para ganar dinero, aunque sea en detrimento de otros. ¿En nombre de qué moral estúpida se podría reprochar a un entrenador de fútbol el diseñar una estrategia competitiva para hacer que gane su club, aunque pierdan los otros? El empresario es un entrenador.
Late un trasfondo casi metafísico en el espíritu del deporte. El deporte, como filosofía total de vida, relega al olvido voluntario las preocupaciones más serias de la existencia humana. Subtiende una visión del carácter efímero de los valores de las cosas e implica una actitud escéptica y hasta cínica de esas cuestiones. Las cuestiones graves de nuestra existencia no tienen solución; por consiguiente y paradójicamente, es absurdo ocuparse de ellas. Lo más que cabe en el espíritu deportivo es un elegante fair play ‑la deportividad‑, más como estética que como moral de comportamiento.
No se puede reducir el juego de la competición empresarial a mero deporte. En el área económica, el juego entre contendientes no es siempre equilibrado sino asimétrico, es decir, desigual, unfair. Además, los enjuegos que están sobre el tapete no son siempre cosas de valor efímero para alguna de las partes. No se trata de una victoria en el marcador, sino que se juega con el futuro de seres humanos. Por eso, es absolutamente vergonzosa la justificación del espíritu deportivo en los mánagers. Lo que para ellos puede ser un juego banal, es un juego esencial para las indefensas víctimas de sus juegos. (Deslocalizaciones, cierres de fábricas, compras de empresas, tráfico internacional de materias primas, movimientos internacionales de capital, por dar algunos ejemplos, son jugadas empresarialmente brillantes que tienen los efectos devastadores que se saben).
Una de cal y otra de arena
Todo eso es verdad y, sin embargo, la competición es en muchas ocasiones legítima y necesaria.
a. Lo es cuando el otro ataca y no admite cooperación; cuando viene con malas intenciones. ¿Qué imperativos éticos pueden entonces forzarnos a la pasividad sumisa y resignada?
b. El altruismo puede igualmente degenerar en pasividad o en pura estupidez, porque las fronteras entre la bondad y la tontería (o la cobardía), son a veces apenas distinguibles. En todo caso, no hay que camuflar bajo pretextos morales la cobardía o la pereza.
c. Una reflexión. Está muy bien la bondad con los demás, pero ¿por qué nos hemos de dejar ganar por el Otro en el terreno de la inteligencia?
La ética tiene sus límites y la inteligencia impone los suyos; y ambas juntas justifican en ocasiones la viabilidad del juego competitivo. En la actividad económica cotidiana y concreta, la racionalidad misma aconseja también optar por una estrategia competitiva en una variedad de situaciones. Por ejemplo:
• Cuando el “objeto” de la controversia es único, indivisible e indispensable, y será para uno con exclusión del Otro.
• Cuando está aceptado de antemano el golpe del adversario, porque entra en las reglas del juego declaradas y consentidas libremente, como en el boxeo.
Cuestión abierta
“Ir sólo a lo suyo o ponerse en la piel del Otro”, decíamos al principio. Una aporía surge: es difícil entender por qué algunos seres humanos pueden ser tan crueles y egoístas. También lo es entender cómo otros pueden llegar a ser tan heroicamente desinteresados en todas circunstancias, aun sin referirse a valores religiosos o a futuras recompensas.


NOTAS
1 Cita extraída de la obra de Fernando Prieto, Historia de las ideas y de las formas políticas, volumen IV, 2. “El Positivismo”, página 184.
2 Supongamos una negociación de tipo de repartición de ventajas económicas entre A y B. Una solución de ese problema de repartición es “eficiente en el sentido de Pareto”, si no se puede mejorar a uno de los agentes sin empeorar al otro.
3 Sin embargo, el organicismo de H. Spencer, como pensamiento filosófico, me parece del mayor interés.

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