Una tremenda profecía

29-09-2009.
Terminado el verano y sus posibilidades de ocio, de largarse a otros pagos, de solazarse en pecaminosas entretentas, entonces, dicen los expertos (que de todo hay en este mundo y nunca faltan los que se declaran expertos en algo o en alguien) que nos asalta el síndrome de las posvacaciones, del que se ve que es igual o peor síndrome, por sus efectos, que el prevacacional.

Debe ser que somos lo que no creemos ser, y me explico: que no somos de la especie homo sapiens sapiens que se desarrolló, precisamente, por la capacidad de adaptación y de dominio del medio que lo rodeaba. Suponía yo, en mis suposiciones tan arriesgadas y atrevidas, que la humanidad había llegado a dónde y cómo, por el desarrollo mental de habilidades y de recursos consecuentes que tanto medio hostil le obligó a utilizar. De ahí habría nacido la capacidad intelectual (?) que lo diferenciase de las demás especies… Eran teorías ‑se ve‑ muy optimistas y aptas para demostrar la teoría del diseño inteligente. Y su antagónica, también.
Pues no. Que no, vamos, que no somos capaces de superar nuestras dificultades, reales o ‑peor‑ inventadas ‑que son las más‑, porque ello repercute terriblementeen nuestro equilibrio personal. Tan equilibradamente desequilibrados andaríamos, que cualquier modificación causaría un terremoto. ¡Oh, qué fatal estoy y qué estrés tengo de tanta monotonía y presión en el trabajo! ¡Ah, qué mal esto de volver a reencontrarme con la pesadilla anterior, luego de haberla, momentáneamente, abandonado! Y ahí se van esas eminencias grises especializadas (sociólogos, psicólogos, por especificar) y elaboran toda una teoría sobre el tema, sin darse cuenta, ¡digo yo!, de que con ello ponen una gran piedra en el camino de la evolución de la especie.
Pues, si todo ‑por lo que se ve, se nota y se declara‑ ya produce traumas y altercados en nuestras sensibilísimas mentes y nuestras sutilísimas personalidades, es que estamos muy malitos, muy tocados, muy de atar… Que somos una especie en decadencia que empieza a declinar la lucha por su existencia, que es darwiniana, y que se va a dejar caer en la tremenda, pero agradable cama de la facilidad y la pereza.
El edonismo, se dice, es tremendo para el alma. Lo proclaman desde los púlpitos y desde las tribunas. El edonismo es tremendo, porque todos y todas querrían ser felices, sin término medio: felices o nada. El edonismo quiere una vida sin traumas. ¡Yo quiero ser edonista, que me llegue o me caiga encima un mogollón de hedonismo…! Pues es que quiero vivir feliz, que de eso se trata: que nada del exterior, ni de mi interior, me afecte negativamente. Quiero ser honesto y justo conmigo mismo; y, también, que los demás lo sean conmigo, lo cual me llevaría al equilibrio, que es la verdadera dicha. ¿Entonces por qué lo proclaman como negativo y pecaminoso? ¿No será que confunden edonismo con desenfreno de pasiones, con libertinaje descontrolado, con un sí/no inmediato y sin criterio de prioridades ni de orden? ¿No será, pues, que en su propio desequilibrio personal quieren medir a toda la humanidad…?
Yo no quiero trabajar con el concepto de que el trabajo dignifica (que además ya sabemos con qué tremendo sarcasmo lo utilizaron en los campos de la muerte), sino que me es necesario para mí y los míos: para la comunidad. Y si no lo siento así, pues no debiera trabajar. ¡Abajo el trabajo por decreto…! Yo quiero comer y beber, porque me deleito en ello; aunque no signifique un atracón por comida. Pero si comer y beber me lo presentan como algo insano y perjudicial, ya me están fastidiando y debiera hacer oídos sordos a tanto agorero y talibán de lo correcto. ¡Abajo el Ministerio de Sanidad…! ¡Abajo tanto profeta de lo descafeinado, de lo de chicha sin chicha ni nabo, de la protección de mi salud, aunque yo no me preocupe por protegérmela!
Todo contribuye a hacernos miembros de una humanidad histérica, alterada, miedosa, tonta del bote, que corre tras consignas de santonas y santones salvadores de nuestras vidas, porque ellos lo dicen: porque tú no lo vales.
¡Joder, y cómo nos comen el coco! No me extraña que andemos tan estresados. Pues aviso: cuidado, que a este paso nos apagaremos como personas individuales y como especie en general.
 

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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