Prosa poética, 2

26-09-2009.
154
Carta a Valle en el Día de los Enamorados
Ideal, 14-02-1987.

Me diste la sorpresa un día nublado de febrerillo el loco, cuando los vientos de Sierra Nevada bajaban blancos y crecidos, como copos de novia. Yo intentaba capear el temporal de este invierno del alma, apretado mi cuerpo en el cerebro de Hominal presencia y rehaciendo, como siempre, el interminable crucigrama de la vida.

Te me presentaste mujer de pronto, hija mía, con esa timidez rubia que te hace parecer ausente. Me hablaste de tu boda como una nueva Penélope en Ítaca, y aquella niña que creía dormida en el ancho corazón del sueño me anunció que la rosa, el agua y los almendros siguen siempre su cauce natural.
Quiero que recuerdes que los besos son el principal lenguaje y deben hacernos llorar para que la alegría se lave y purifique. Quiero que aceptes que San Valentín tiene siempre un cuerpo de carne y hueso y que el Día de los Enamorados no siempre viene con su calendario rojo, azul o verde, porque en el amor también pintan bastos, grises y marrones.
Valle del profundo Astigi, sabes que tendrás en mi ojal la margarita de tus dieciocho primaveras hinchadas de ilusión y siembra. ¿Qué puedo decirte en este día del año en el que te enciendes y me ofreces la gran cosecha del vino y de la risa?
Acaso sea la paz de esta vega granadina, en donde fuiste mirada oceánica, la que vuelva a alumbrar estas esquinas que de pronto se convierten en ascuas hirviendo.
Primavera, volcanes, miniatura,
ramillete, claveles, manos llenas…
Pero no quiero darte tan sólo un pedazo de prosa en este Día. También pienso en mi historia de amor, aquella que te hizo posible y creadora. Recuerda los renglones de aquella otra carta que tienes grabada con mi voz de aguardiente y mi tic-tac nervioso.
En este Día de los Enamorados, cuando tu proyecto se llena de algodones, te digo que amar es conocer al otro, aceptarlo tal cual es, darse en su plenitud y no pedir por ello nada a cambio. Esto último es lo que hace que San Valentín no sea siempre el ángel bueno que nos hace aire con sus alas.
Amar es principalmente un verbo activo, un verbo en lucha, un verbo potencial; su proceso nunca es acabado, ni perfecto, ni mucho menos, pasivo. La entrega amorosa nunca es renuncia del yo, sino su recreación en el otro. A partir de ahora, hija mía, sentirás que la primavera anida en todo tu cuerpo de aniñada mujer. No confundas la siembra con la cosecha, pues ahora te será fácil adornar el jardín.
Vendrán tiempos de hielo, algún sopor de tardes aburridas y, tal vez, haya inicios de ceniza. Ese es el riesgo, cariño, que tú has de vencer con agua, cada instante, renovada. Riega tu vida nueva con lo mejor de ti; cuida la semilla y orea las macetas. Recuerda que el verano es cosecha y trigo; y que el otoño anuncia un mosto recién hecho. Defiéndete del invierno, en donde un cristal de humo se mete entre las venas y pretende hacernos garabatos en la piel.
Lleva siempre la cal en tu mirada,
riza siempre tu rizo y tu lenguaje.
Que, al mirarte, veré la madrugada
del clavel hecho labio en tu teorema.
… Y otra vez nacerá la primavera.
Sé siempre libre, porque la libertad te dará tu credencial como persona. Conserva este amor que ahora mismo te devora y hazlo arder en cada rato, pues tú sabes muy bien que puede ser un valor interino.
No esperes sentada a que se te dé gratuitamente. Créalo. Haz crecer la verdad en el camino que desde hoy decides recorrer enamorada. Te lo repito: el amor es el motor que pone en movimiento al mundo, el más preciado don, el imán natural, la fuerza de la vida. Mientras tu corazón esté lleno de él, sentirás que tu alma joven nunca conocerá el cansancio. Recuerda aquella frase de Erich From: «El amor auténtico se presenta como irrenunciable y en esta medida es felicidad».
Quisiera para ti toda una vida de sanvalentines, en donde los verbos amar, sentir, vivir y ser sean sustancias y no simples formas adjetivas. Las palabras de amor, como dice esa canción tan bonita, son siempre sencillas y tiernas; y hay una vieja cuna que las echa al vuelo. Y tú, ¡eres tan joven!
Estoy seguro de que habrás aprendido nuestra propia lección y también confío en que entiendas la convivencia no como un aguante, sino como un goce.
Distingue siempre entre estado de enamoramiento y amor. Este se va posando, va adquiriendo su propio peso específico y se funde contigo; aquél es un brillante fogonazo, un dulce momentáneo que, tras el primer paladeo, deforma y se indigesta; separa el brillo del mate, el agua de la sangre, la canción del estribillo y la piel del cerebro.
El amor no es sólo sentimiento: es idea y diálogo, cultura y personaje, reflexión e instinto, comunicación y reposo. También es vena y luto, aplauso y lágrima, equinoccio y solsticio…: lucha.
Léete Erosístoles de vez en cuando y verás que esta carta amorosa de tu padre está escrita con todas las luces y todas las sombras de su propia experiencia. Te servirá para los días inaguantables, los momentos de éxtasis y alguna que otra tarde en donde el corazón se nos encoge de hombros.
El Día de los Enamorados es siempre un día erótico, pero hay demonios en el jardín destruyendo castillos de colores. Ser consciente de ello es la mejor manera de presentar batalla y de estar preparada para el triunfo; pero, ¡ojo!: el triunfo del amor nunca podrá ser rutina, aunque sí lo cotidiano. Eso es todo en este día de AMOR en el que te miro y reflejas mi rostro en tus pupilas.
Pronto soñarás que tu padre, vestido de gris, saldrá a tu encuentro como un Ulises renacido. Y soñarás que Javi te regala un lirio de cristal y mimbre.
Conserva este sueño con una interminable memoria; pero ¡escúchame!: no te conformes con la sola postal de ese gran día. Tendrás que hacerlo realidad cada mañana. Un beso.

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