Prólogo, y 3

18-09-2009.
Me gusta evocar estos recuerdos en clave de humor, resaltando la anécdota, aunque a veces sea incapaz de evitar que se cuele entre ellos algún razonamiento personal o sombra de tristeza.

Ahora que las ambiciones comienzan a remitir y nuestros hijos no nos exigen la atención de antaño, que el recuerdo y los sentimientos se hacen más intensos y de verdad empezamos a valorar lo que es auténtico y decisivo, me gusta recordar a tantas personas importantes que nos ayudaron a ser lo mejor que se puede llegar a ser en la vida: gente normal.
Quizás sonreímos con superioridad al revivir aquellos tiempos, aquella exigencia, aquellos maestros, aquellos errores. Con ellos crecimos, fueron nuestro ejemplo, determinaron nuestras pautas de conducta, establecieron nuestros modelos.
Hoy es fácil bromear con todo aquello. No obstante, me pregunto qué pensarán las generaciones del año dos mil cincuenta de sus maestros, de las pautas de conducta y los modelos actuales. Qué opinión les merecerá rememorar aquellas tardes veraniegas de su adolescencia, contemplando, embelesados en la tele, las historias de Boris Izaguirre y su novio Rubén, las tragedias amorosas de Rociíto, los dramas de Belén Esteban, la restauración con silicona de los atributos pectorales de Ana Obregón o las braguitas de Marlene Morreau, breves y picantes como un epigrama.
Claro que, a ver quién es el guapo que consigue mantener un solo día en antena, sin generar un conflicto nacional grave ‑ahora se dice estatal‑, un programa que cante las excelencias de Platón, Anaxímenes, Demócrito de Abdera, Empédocles de Agrigento o el gran Parménides.
Sólo unos días antes de finalizar este trabajo, el veintisiete de octubre concretamente, descubro otra perla en la portada de La Vanguardia de incalculable valor: El alcalde de Barcelona hará bautizos civiles. Por un momento, pensé que era un traspié del periódico y busqué en el interior la aclaración. No había duda. Rotundo, claro y conciso, el encabezamiento de la noticia decía textualmente: Clos bautizará. Antes de preguntarme qué persigue el alcalde con la medida, me sale del alma un:
«¡Bravo, señor Clos! Olvídese de sus problemas con los bomberos, de la grúa municipal, del tráfico caótico de Barcelona, de las obras, del ruido insoportable de la ciudad, de las pintadas en los edificios. No se preocupe. Que no le distraigan estos problemas insignificantes. Son cuestiones menores y de escasa importancia. ¡Siga así! Lo que realmente esperamos los barceloneses de usted es que administre sacramentos con eficacia y destreza. Eso sí. ¡Por lo civil! Desde aquí le animo a que, en fechas próximas, se instalen confesionarios en Las Ramblas, El Paseo de Gracia, el Puerto Olímpico y en las inmediaciones del Camp Nou, para que los agentes de la Guardia Urbana de Barcelona procedan a escuchar en confesión a los conductores. A continuación, y previo arrepentimiento y pago de las multas ‑que ¡la pela es la pela!‑, los absuelvan en nombre de Narcís Serra, Josep Borrell, Pascual Maragall y en el suyo propio, por haber aparcado en doble fila o rebasar el límite horario de la zona azul. También le sugiero que, ya metidos en plena juerga litúrgica, se celebren Primeras Comuniones ¡por lo civil! y Confirmaciones ¡también por lo civil! Y, ¿por qué no?, en la fiesta del Uno de Mayo, una Gran Misa Solemne en el Palau Sant Jordi. ¡Por lo civil, naturalmente! Eso es modernidad y progreso. Lo otro, es decir, que Barcelona sea una ciudad limpia y habitable no tiene la más mínima importancia. Ya lo era antes de que usted naciera».
Personalmente, sigo siendo un incondicional de las Escuelas de aquella época. Nada me gustaría más que disponer de tiempo y recursos para poder escudriñar en los archivos en busca de personajes de entonces, de las familias que hicieron posible el milagro y de quienes trabajaron con fe para llevarlo a cabo. Hablar con ellos, con los triunfadores y con aquellos que no pudieron finalizar su formación en la Institución. Con los afortunados y con los que la vida ha tratado con dureza. Sé que es muy difícil y que tampoco veré realizado este sueño. No importa. Me conformaré con ir colocando, en esta Galería, algún nuevo retrato cada año. Para ello, espero vuestra colaboración y vuestra ayuda, por muchas razones:
  • en primer lugar, porque cada día será más difícil que podamos reunirnos, aunque estaré encantado de asistir a cualquier encuentro;
  • porque soy muy consciente de mis limitaciones y de que mi visión de los, hechos es muy diferente de la de muchos de vosotros;
  • porque estoy convencido de que existen multitud de anécdotas y experiencias que desearíamos que nunca se perdieran;
  • porque recuperar nuestro pasado y dejárselo escrito a nuestros hijos puede ser una maravillosa obligación para nosotros y un extraordinario regalo para ellos.
Por todo ello espero que la idea os ilusione y colaboremos entre todos para hacerla realidad. ¡Ánimo!
Por mi parte, me comprometo a coordinar todas las aportaciones y reunirlas en un libro, respetando, por supuesto, los contenidos y participaciones de cada uno. Sé que la obra no va a ser un best seller, porque no recogerá escándalos, ni corruptelas, mordidas, sobres, mamandurrias, sexo oculto, sobornos o extorsiones; y, sin estos aderezos, es muy difícil que un libro constituya, en nuestros días, un éxito editorial; aunque tampoco ese es nuestro objetivo.
A la espera de conseguir vuestra colaboración en la recuperación de algún suceso o personaje de aquel tiempo y deseando que esta Navidad sea especialmente alegre y feliz para vosotros y vuestras familias, recibid un fuerte abrazo.
¡Hasta pronto!
Dionisio Rodríguez Mejías.
Barcelona, 24 de diciembre de 2000.

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