Un libro amarillo: «Tumbas sin nombre», 3

22-07-2009.
Es sospechoso que Íker Jiménez, un experto en fronteras de lo imposible, en enigmas de lo extraño y encuentros con lo desconocido, se atreva a decir que han rozado, han acariciado quizá el secreto, este secreto, cuyo patrimonio es del pueblo de Andújar, que nada tiene, ni quiere tener que ver con las archifamosas “Caras de Bélmez”.

Y una pregunta en el alero:
—¿Hubiesen escrito este libro Íker y su socio, si Canal Sur no hubiese cometido la tropelía de Regreso al pasado?
No podemos dejar de pasar por alto un dato que nos confirma la escasa profundidad y la sobrada ligereza con la que los coautores de Tumbas sin nombretratan de embrollar a los neolectores. Ese dato lo podemos cotejar, al comprobar cómo, en la bibliografía del texto, brillan por su ausencia los libros de autores ya citados y analizados, amén de no haber tenido la equidad de buscar a los hijos de Santiago Cortés, testigos directísimos y también dolientes, de aquello que se tilda de masacre.
¿Por qué pone de testigo a un linarense, como es Antonio García, e ignoran a Pedro Cortés? ¿Por qué no han buscado a Juanito Estepa, que formó, como antes hemos dicho, parte de la embajada municipal que subió hasta el Cabezo a las pocas horas del fin del asedio?
A pesar de todo, es justo reconocer que este dúo de autores tiene un especial mérito. Ellos han venido a la viña de nuestra reciente historia a la hora nona para zarandear, eso sí, la modorra de los andujareños y la encorsetada heterodoxia en la que nos desenvolvemos, anclados en la norma de la catolicidad imperialista de Felipe II y los sucesivos cronistas de la ciudad, con la excepción de Paco Calzado, ahora en la paz de Dios, y la de Enrique Gómez, que inicia tímidamente un camino no usual en algunas cuestiones.
Hemos pasado, con la misma leyenda, desde la Era de Piscis a la de Acuario, sin desprendernos de la piel primigenia; desprendimiento necesario para renacer al tercer milenio.
A Íker y a su compañero de búsquedas nadie les puede arrebatar su aventura; pero a Íker y a su compañero también se les pueden impugnar los medios utilizados: unos medios con pátina Carácter indefinible que con el tiempo adquieren ciertas cosas. de ciencias exactas que ellos aplican a un evento relacionado con la fe popular y ancestral de nuestro pueblo, olvidando que, en este “Centro de poder”que es el Cabezo, hay aspectos mucho más interesantes que los que ellos contemplan.
Quienes hayan podido contemplar, en la página 30 de su libro, la correlación fotogénica que hacen entre el guardia civil Miguel Chamorro y la cara de Bélmez apodada “La Pava”, comprenderán que es pura especulación, ya que en una mesa redonda sobre el asunto, cualquier contertulio medio avispado le desmontaría la trama, sacando de su bolsillo la estampita de un Cristo, de un caballero del Greco, de un retrato de Tizziano, o de una pintura negra de Goya.
Hay un detalle en el libro que, aunque parezca nimio, demuestra que sus autores no le dan el brillo y la prestancia que son propios y merecedores de nuestro Santuario. Cada vez que ellos lo citan, lo hacen con minúscula, lo llaman santuario”, junto a las mayúsculas que utilizan, por ejemplo, para citar el Alcázar de Toledo.¿Otro detalle sin importancia? No, sino una evidencia que delata su desconocimiento y sus prisas.
Dicen que aquella gesta del asedio al Cabezo fue un infierno sin publicidad. ¿Es que ellos quieren hacerla ahora? ¿Acaso Miguel Hernández no se encargó de ello como corresponsal de los asaltantes? ¿Acaso el ABC de aquella época no llevó la acción fratricida a su portada? ¿De dónde han copiado ellos las fotografías que van en su libro y de las que advierten que no se reproduzcan por sus derechos de autor?
Sorprende en gran manera que, mientras la protagonista principal en el asunto de las teleplastias Misteriosa expresión, cuando se le reconoce no fraudulenta, cuya génesis y motivación se ignora, que aparece, desaparece o se perpetúa en el tiempo, mutando su expresión o, lo que es más curioso, cambiando a veces ligeramente su emplazamiento en el suelo. de Bélmez no diera credulidad al intento de enhebrar las tumbas del pequeño cementerio del Cabezo con las caras del fogón de su casa, el testigo Antonio García, después de sesenta y seis años, nos sorprenda afirmando «que hay que admitir que el parecido es sorprendente». Sorpresa aún mayor, si comprobamos a qué pregunta contesta, que es ésta:
—Antonio, ¿vio el programa de la Televisión de Canal Sur? Usted que conoció a aquellas personas, ¿cree que pueden ser ellas, las caras de Bélmez…?
Pura ficción digo yo, porque ¿recordaría alguien, incluso su propia foto, sesenta y seis años después de no haberla sacado del armario, años suficientes para transmutar un rostro hasta hacerlo irreconocible al mismo fotografiado?
Pues miren ustedes la suerte de Íker que ha encontrado un hombre de memoria fotogénica única en el mundo: Antonio García.
Pura ficción lo que esa TVA califica de matanza y masacre, lo que fue una lucha heroica y un abrazo al final, como el mismo corresponsal de guerra, el poeta Miguel Hernández confiesa con estas palabras:
«Pude comprobar en aquellos momentos la grandeza del corazón popular: ni un insulto, ni una ofensa salió de la boca de los soldados, que ayudaban a curar a los heridos y sentaban a los niños sobre sus hombros. Muchos de ellos se conocían y se estrechaban las manos con emoción».

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