Tres vidas, tres sonrisas

09-07-2009.
“La muerte era lacónica, misteriosa, terrible”.
(El Camino, de Miguel Delibes).
Volví a Úbeda en primavera y temía volver a caminar por sus calles.
Sabía que ya no me los volvería a encontrar.

Si subía las escaleras de la Trinidad para hacer la visita de rigor al Centro de Jóvenes de Acción Católica, sólo encontraría los futbolines, que todavía funcionan con pesetas; pero en aquel recóndito rincón, rodeado de antiguas fotografías del Campamento, no estaría Antonio “El Viejo”; no podría tropezarme con su bondadosa sonrisa y su saludo cordial.
Si me paraba a contemplar los escaparates de “EL Métrico”, antes de entrar en la tienda de tejidos, no vería la mano de Manolo Molina, que antiguamente los adornaba. Si entraba, buscándolo por alguno de los mostradores, no me tropezaría con su delgada y enigmática figura y no podría recibir su saludo, acompañado de una sonrisa tenue y delicada.
Si caminaba por los alrededores del campo de fútbol o por la calle Nueva, no me podría sorprender al encontrarme con Antonio Cruz y estrecharme con él en un efusivo abrazo, seguido de su explosiva sonrisa.
Tenía miedo de volver a caminar por la Plaza del General Saro, de recorrer la Calle Corredera, de buscar el puesto n.º 62 del Mercado de Abastos y no poder tropezarme con su presencia, con sus miradas, con sus sonrisas.
Tenía miedo de sentir sus ausencias.
¡Pero sucedió el milagro!
Acompañaba a Mari Tere a comprar los zapatos de rigor en la zapatería “El Rayo”, situada junto al Convento de las Descalzas, cuando de pronto ¡los vi! ¡Estaban allí, como siempre, SIEMPRE UNIDOS!
Era un cartel que anunciaba una Carrera Popular: la XXIII Carrera Popular Memorial Antonio Gutiérrez “El Viejo”.
Mari Tere entró en la zapatería, yo me quedé mirando el cartel que estaba pegado en el escaparate.
En la fotografía, en blanco y negro, estaban los tres. Descansaban del ajetreo diario del Campamento. Antonio “E Viejo” ya habría vuelto de comprar la fruta y las sandías en EL Colorado y las sardinas en el Mercado de Chiclana y, tras conversar con las cocineras sobre el menú del día siguiente, se encontraba tranquilo, sentado junto al monumento erigido para conmemorar los XXV años del Campamento. Antonio Cruz estaba relajado. Ya habría dado las últimas instrucciones a los jefes de grupo para que los acampados tuvieran las tiendas en perfecto estado de revista. Manolo Molina, sentado cerca de los dos Antonios, aparecía pensativo. Seguramente ya tendría preparada la reflexión de carácter místico, que poco después expondría en el acto de arriar las banderas en la plaza del Campamento. Momento solemne en el que se daba fin a las actividades del día.
Mirando aquella fotografía, me vino a la memoria un lugar del campamento especial, distinto. Era un rincón situado a la sombra de un pino cuyo tronco, tumbado, por el capricho de la naturaleza, servía de descanso, de remanso, de sosiego en el tiempo de la siesta. Lo llamábamos el “Rincón de la Felicidad”. Allí, tomando café, contábamos anécdotas, chistes, reíamos, nos sentíamos verdaderamente felices. El tiempo se detenía, el ajetreo diario hacía una pausa en ese lugar y en ese momento.
Pareciera que la felicidad había cambiado de lugar. Ahora “El Rincón de la Felicidad” estaba plasmado, con todo detalle en aquel lugar y en el instante congelado en la imagen.
La voz de Mari Tere, avisándome desde el interior de la zapatería, me despertó. No sabía dónde estaba. No podía apartar mi vista del cartel que seguía colocado en el escaparate.
Tras hacer la compra en la zapatería, recorrimos la calle Corredera, camino de la Plaza del General Saro. Al llegar cerca de la iglesia de la Trinidad, noté que aquel temor que sentí al llegar a Úbeda había desaparecido.
Advertí su presencia, su aliento y recordé algo que me había pasado desapercibido al contemplar la fotografía: LOS TRES SONREÍAN. Y EN LA SONRISA DE CADA UNO DE ELLOS ESTABA LA VIDA.
 “VIEJO”, MANOLO Y ANTONIO, ¡NUNCA OS OLVIDARÉ!
Francisco González Biedma, “El Bollo”.
 En El Puerto de Santa María, a 8 de junio de 2009.
 

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