¡Ea! No se puede servir a dos señores, 1

29-06-2009.
Maltrechos, ya les rebrotaba el orgullo de casta. Insostenible, profesionalmente. Cualquier lego de sacristía tiraba el matacandelas ‘apagavelas’ y pilotaba un taller de electrónica… Y cura o lego, sin más artes que su osadía, pastoreaba secciones de chicos como quien pastorea borregos. Así les lucía el pelo. Y, como último recurso, presumían de ser hijos del amo. Y ahí, más que su autoridad, radicaba su desprestigio.

Más allá de estas “menudencias”, Burguillos se dio al análisis de sus relaciones con el amo y los hijos del amo. Porque se le repetía la misma ecuación que en la Safa. A mejor entendimiento con sus muchachos, más guerra de sus clérigos. Esos exámenes le llevaron a la vieja conclusión de que “no se puede servir a dos señores…”: dirección y alumnos. Porque, siendo tan dispares en derechos y capacidad coactiva, es difícil mantener a los dos contentos. Ya que los derechos que el señor prepotente se arroga, mediatizan y contaminan de parcialidad y sumisión al servidor común… Y pobre de este si, valiente y honesto, se inmuniza y defiende los menguados y arrasados derechos del señor sin voz. El poderoso le despeña inmisericorde. Esto se agrava si, además, se tiene buena mano y se provoca simpatía. Mucho más aún, si el señor y los suyos son de poca enjundia, pelillosos y profanos en su cometido… Y sabido es que la hostilidad que se origina en la frustración es difícil de asimilar por los débiles y por los engreídos. Y suele ser reactiva, destructora. Y todo esto a pesar de lo cortico que él se quedó en vindicar los intereses de los alumnos.
Por profesores y residentes, sabía Burguillos de los ataques públicos en que legos y sacerdotes se desfogaban con él. Comprendió que se trataba de una campaña orquestada. Conocía Burguillos de antiguo esas tácticas. Pero no se le encogió el ombligo. Hasta una miaja de morbo sintió. Que seguro estaba él de que el efecto bumerán les dañaría en toda la cresta. ¡Ciruelos! A más tirria y maledicencia, más adicción de los chicos le promovían. Y más reafirmaban el rechazo.
Ya en Úbeda, Bermudo, niño de coro junto a Eliseo Barón, se le quejó a Burguillos de la preferencia marcada, excluyente, de los chicos por él. Y Burguillos le respondió:
—Indagad cuanto queráis… Pero más provecho hallaríais si, humildes, por bien de los chicos, en vez de escoceros con mi labor copiaseis algo de mi estilo. Por ejemplo, para abrir boca, que pueris maxima reverentia debetur. Quia res sacra sunt ‘a los niños se les debe la máxima reverencia. Porque son cosa sagrada’Sin olvidar que, nunca, abejas y mariposas se van a las flores de papel.
Su credo de que los educandos nunca son adversarios que domeñar, sino amigos potenciales a quienes conquistar y entusiasmar, pronto le identificaba con ellos.
Nunca en su quehacer le movió el contento o descontento del Superior. Ni la anemia de su salario ni la insomne beligerancia de sus desbragados colegas. El torpedeo del nuevo jefe, sí…
Por inercia responsable, siguió con sus modos. Que siempre le recordaban los ovillos, las agujas de calcetar, el patrón y la ilusión que su madre y sus hermanas ponían en hacerles preciosos jerseys a los chicos. Así, Burguillos en Miralar. Cada nuevo curso se ilusionaba con el haz de pulsiones que cada adolescente le traía, saliéndosele del plasma. Y, ágil y animoso, se disponía a ayudarles a confeccionarse el jersey de su propio carácter. Le llegaban sin orientación vital. Inmediatamente, a los nuevos, aleccionaba sobre el estilo de Miralar. Y les deshacía los prejuicios sobre su autoritarismo y distancia.
«No me comparéis ‑les decía‑, con otros educadores. Porque yo soy un bicho raro. Me he negado a ser tan adulto que no entienda a los jóvenes. Me siento a gusto entre ellos, aunque lleven barba y melenas. Cuidadas, ¿eh? Necesito a los jóvenes para no envejecer. Y os entiendo. Porque yo también fui joven, como vosotros, de sangre ardiente y cabeza ligera. Hoy, un poco chiflado, sigo creyendo que la nueva aurora del mundo hay que buscarla en el corazón de los jóvenes… Dos años vamos a marchar codo a codo. Y, entre todos, hemos de conseguir que sean inolvidables».
Y caldeados ya, Burguillos les pedía honradez existencial, que exige ser veraz consigo y con la vida. Ser leales a la propia identidad, rechazando todo lo no auténtico. Y rechazar un vivir egocéntrico, autócrata. Compromiso existencial que lleva a aceptar los imperativos de una vida integrada, trascendente… Y por aquello de “obras son amores”, una vida dinámica, creativa.
Y en las charlas generales, expresa o subyacente, siempre la “personalidad” era la diana. Y tenaz en su objetivo, el desarrollo, necesidades e intereses, la autorrealización… Todo lo presentaba como escalones para acercarse a la misma meta: la personalidad. Y les insistía en que ninguna necesidad satisfecha ha de ser punto final.
Y como a la dinámica motivadora y ambiciosa van ligadas las quejas, Burguillos las avivaba. Despertar, interpretar y canalizar las quejas en una comunidad juvenil es una de las melodías más delicadas en la partitura de la educación. Por el nivel de sus quejas, se evalúa la calidad educativa de una colectividad y la de sus educadores. Que, al educador de raza, corresponde aflorar y orientar el inconformismo juvenil. Vino nuevo que rompa los odres viejos.
En sus trece seguía Burguillos de que el ejercicio de la autoeducación requiere algo más que buena voluntad y la bendición del Superior. Algún saber, al menos, sobre el entramado humano, complejo y cambiante de niños y adolescentes. Humildad y entrega en asumir que, en el binomio educativo, el factor más importante es el educando. Y se requiere, sobre todo, amor. Para bien desempeñarla, hay que estar enamorado de la educación. Hay que sentir la urgencia de poner en cada niño o joven el granito de sal justo y oportuno que le desate el hambre insaciable de vivir y crecer.
En aquel Cristo Rey asilvestrado, sus métodos y dedicación eran peculiares. En los años dorados de Miralar, Burguillos nunca supo cuánto hubo de entrega voluntaria y cuánto de arrastre, de encantamiento por parte de sus chicos. Aquello fue ceder a un destino apasionante. Percibía, íntimamente fusionados, el placer y el deber; el trabajo y el juego… Se sentía “él mismo” interpretando su propio guión. ¡Eso sí que era autorrealizarse! Rebuscarse potencialidades y rodarlas como valores, en bien de su gente. Si Burguillos, confiado, descuidó su situación laboral fue porque su salario estaba en su trabajo. En él, no sólo actualizaba sus capacidades personales; también, y con qué ánimo, despertaba las de aquellos a los que él amaba. Eran amables por sí mismos. Y Burguillos les quería además, porque les consideraba la encomienda que Dios le asignaba.
Salvo en Úbeda, sus problemas nunca estuvieron mejor conjurados. Pero doscientos cincuenta residentes de dieciséis a dieciocho años para él solo… Cuatro clases diarias. Chicos ayermados, sin un leve aroma de humanismo, y en dos cursos, mal podía pensar Burguillos en una educación personalizada. Aun así, siempre había, en la juventud de aquellos mozancones, una estrella que descubrir. Alguna oportunidad para inquietarles. Y los chicos le respondían.

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