Corrida en pelo, y 2

20-05-2009.
No se centró en el problema y no conectó con los huelguistas. Que mudos y displicentes le escucharon. Interpretó el silencio como aquiescencia.
Campanas al aire… Y esa misma tarde los profesores acudieron para reiniciar las clases. Los alumnos implicados… «impasible el ademán».

El Padre, malhumorado, se movía inquieto. Convocaba a grupos de chicos. Llamaba a alguno privadamente… Más empeño que en reconducir el problema y buscar calefactores, ponía en sonsacar, en que los chicos delatasen a algunos grupos promotores. Discreto y elegante, como era también, les preguntó por Burguillos. Era su estilo…
Pasaban los días… La cuerda más tensa. Los pantalones del Padre más flojos. El Ministro y los de su banda, envalentonados, incordiando a Burguillos. Pero de contratar calefactores y manos a la obra, ¡nada!
Ya muy en las últimas, sin tierra y atufado, dispuso el Padre una reunión conjunta de jesuitas, profesores y alumnos de Miralar. Fue en el salón de actos y le impuso a Burguillos moderarla.
Hora y media. Dos horas de bandazos e impertinencias, que más que serenar, irritaban a los chicos… Y al cabo, les preguntó Burguillos:
—¿Qué tal si nos quedásemos mano a mano vosotros y yo?
Accedieron los rebeldes con causa. Y en diez minutos se disipó el justo enojo de aquellos zaheridos muchachos… que camino llevaba de convertirse en amotinamiento general.
Mantenía Burguillos que la huelga no fue una asonada. Y que, si su gente no la hubiera hecho, le habría decepcionado. Y bien alto, «con las ansias de la muerte y un pie en el estribo», siempre afirmó que él no propició aquella protesta. Por más que cuerpo y alma le pedían apadrinarla. Cierto es que no la apisonó. Porque reivin­dicaban unos derechos básicos, contratados e inhumanamente desa­tendidos. Todo fue cosa de la ingénita pigricia Negligencia. del Ministro y de la alergia que al Rector le producían los chicos de Miralar. Si en el colegio de San José fuera, Rector y Ministro pierden el culo buscando calefactores.
De la Comunidad nadie, ni los “progres”, ni los “sociatas” o los espirituales emitieron una palabra sobre la desidia aquella. Burguillos, ya muy entrada la faena, no estuvo fino en la lidia… Dejó un poco suelto al novillo… Y al padre Rector, bien por nervios o porque era torpe en lances de capa, le dieron una buena corrida en pelo. A él y a su cuadrilla no les vino mal para ajustar su desbordado autoconcepto. Burguillos estuvo al quite y en el momento justo les echó el capote.
Pasó a notificárselo al padre Barón. Tenía una visita. No le supo bien que Burguillos, tan fácilmente, le hubiera liberado de su desazón e incapacidad. Y despechado como estaba, no pudo reprimir su cabreo y se le escapó su mala… educación. Y como fórmula de gratitud le espetó destemplado:
—Ya me enteraré yo de quién ha montado y manipulado todo esto.
Con qué placer, salvo por respeto a la señora, hubiera rebotado Burguillos en toda la cara:
—¡So malaleche! ¡Tú y el minusválido de tu Ministro!
Esa noche se razonaba Burguillos: «El auge de Miralar ya me lo han hundido… Conocida la secundariedad resentida del Rector y del Ministro, ¿qué coños hago yo aquí? Ha llegado la hora urgente de cambiar el cacareo de la clerigalla por el balido de los corderos. Y seguro que, si hay Dios, más me van a hablar de él la encina y el olivo, que no este gallinero».
Y decidido estaba a presentar de mañana su dimisión irrevocable. ¡Cuánto ludibrio, Desprecio. cuánto fraude y tropelías se hubiera ahorrado! ¡La indecisión maldita!
Rápido llegó la factura: el Padre, que no perdonaba una, cerró el comedor de Miralar. Dos pájaros de un tiro. Ahorró en la calidad de la comida y en el servicio. Y resarcirse de la huelga. Previa espera a la intemperie, los de Miralar retrocedían al rancho y a la tromba. No era raro encontrarse el comedor impresentable. La chiquillería del primer turno protestaba los menús, atestando las jarras con balines como garbanzos. Burguillos no pisó aquel comedor.
Le dio mucha pena… Si no se le fueron más externos fue porque el Administrador les amenazó con quitarles la beca. Las becas, eran personales, nominativas. Pero las traficaba el colegio. La amenaza última con que asustaba Burguillos a los chicos era dejarles externos. «¡Torpones! ¡Ineptos! —pensaba—. ¿Tratarían de encrespar aún más a los chicos?». Con qué tranquila, gozosa conciencia manipulaban la justicia… Comida y servicio eran muy superiores en Miralar al rancho y limpieza de “la manada cristiana”. La pensión a tono. Pues no hubo retoque.
Había dos varas de medir. Y dos vocabularios se manejaban: Si a una pobre señora del servicio, husmeándole el bolso se le encontraba un vaso o media barra de pan, se la amonestaba. Y de robar y ciscarse Evacuarse el vientre. se hablaba. Pero si a esa misma señora pobre, y a todas, incluidos los profesores, se les birlaba “la extraordinaria” por participación de beneficios, entonces se hablaba de salarios aquilatados… Y no había lugar a escrúpulos, que la Gloria de Dios andaba por medio…
Tal y como estaban las cosas, se sorprendió. Le llamaba el padre Provincial. Era aquel jesuita tocado de verbomanía. Le sugirió una retirada airosa. Visitar y cooperar en otras casas. Y terminar en Villagarcía… Era un día espléndido de mayo y a Burguillos le parecía oír llover a chaparrón. Le dijo también que Miralar funcionaba mejor que si la llevasen dos o tres jesuitas. Y estuvo enfático en reiterarle que, a pesar de todo, la Comunidad reconocía sus capacidades de iniciativa y organización. Y su prestigio y liderazgo entre los chicos, ¿…?
Alguien le aseguró a Burguillos que el padre Provincial, más que por enjugarle el desamparo y la humillación del puntapié, le creía —como tantos otros jesuitas— un rico hacendado sin herederos… Fuera por lo que fuere, ni esas puertas abiertas ni esos elogios recreaban los oídos a Burguillos. Eran tabarra recurrente, bien para reconocerle o para apuñalarle. Y años lo fueron también para compensarle de salarios cenceños Enjutos. y carnisecos Delgados.. Bien sabía él de sus capacidades y de sus fallos. Y más le hicieron pensar en la desnudez de la Compañía. «Que en una Comunidad de veinticinco o treinta jesuitas —pensaba Burguillos—, la mayoría más jóvenes que él, fuertes, deportistas, cantarines, animados y encantadores  apurando un buen whisky, ¿no era extraño que se diera tanto relieve a un viejales despiadadamente agredido? A un hombre tímido, temblón, dubitante…». Sin apoyos y malquisto Malquerido., ello le daba que pensar. Y pensaba que si un Cristo Rey exangüe Aniquilado. en artes, modos e ilusiones educativas podía prescindir del único educador reconocido, sus maldades, como las de los hijos de los hombres prediluvianos, reclamaban fuego del cielo… Claro que también pensó que si su sombra dañaba tanto el prestigio de la Comunidad, pálido y por los suelos debía estar.
Y modoso y humilde se propuso rebuscarse pecados de lesa Agraviada. autoridad y Comunidad…

 

 

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