La exigencia debe ser recíproca

02-05-2009.
Permitidme que me vuelva a meter en otro jardín sin flores. Permitidme equivocar mi juicio. Permitid que me arriesgue a ser objeto de controversia. Permitídmelo.
Lo hago a raíz de un suceso que se vino arrastrando por la prensa y noticieros españoles acerca de un caso judicial, habido en Cádiz, que afectaba a una familia mauritana.
 

La cuestión, recuerdo, estribaba en el obligado matrimonio de una menor de dicha familia con un varón de unos cuarenta años; boda parece ser realizada en Mauritania. La familia vive en nuestro país. Pasó el tema a caso judicial por argumentarse atentado contra los derechos de esa niña y otras acusaciones.
Y vengo al tema porque en las manifestaciones habidas a favor de la familia mauritana se argumentaba en pancarta que debíamos respetar sus costumbres aquí como ellos respetan las nuestras en el suyo…
Tal es la falacia esgrimida que me ha provocado estas reflexiones que a continuación van.
Es demasiado duro y descarado el esgrimir tal argumento cuando de muchos es sabido que en países donde la ley islámica es ley a su vez civil, el contravenirla o incumplirla puede costar muy caro. Es sabido que se penaliza muy duramente (la muerte incluso: se han visto imágenes tremendas muy recientemente); por ejemplo, el que un musulmán o una musulmana se case con un cristisno o una cristiana, u otras cosas casi siempre muy relacionadas con la vida marital y la situación entendida del papel de la mujer en todos los casos. En el Magreb, ahora, se están condenando a individuos que se han hecho cristianos. Es sabido que en el ambiente del rigorismo islámico, si impera por ley, cualquier infracción o disidencia puede ser fatal y no vale la argumentación de la diferente cultura del infractor si lo hace públicamente (y a veces privadamente si es acusado). No vale, pues, el pedir respeto a una supuesta conducta o costumbre por una también supuesta, que no verdadera, reciprocidad.
El respeto debe salir del alma misma de quien respeta. El respeto debe salir del convencimiento de la particularidad de los otros, y de su libertad. Pero el respeto debe ser mutuo y consecuente, cosa que no se da en muchas ocasiones. Por ello, la sociedad, nuestra sociedad, debe establecer como norma el respeto y la convivencia, que emanan, o deberían emanar, de nuestras leyes. Y a ellas habrán de ajustarse quienes quieran convivir en nuestras culturas, al igual que no se nos permite interferir en las suyas.
La llamada Alianza de Civilizaciones se debe establecer bajo el prisma del mutuo entendimiento, el mutuo respeto y la garantía de cierta reciprocidad; si no es así, no es tal alianza, sino una triste rendición de una parte frente a la otra. Un vergonzante encogimiento de hombros y echar la vista hacia otra parte, ante ciertas barbaridades cometidas o por cometer, todo antes que, supuestamente, ofender a nadie. Es eso entonces una política de cobardes.
No se pueden justificar, en aras de cierta libertad de expresión malentendida, ataques u ofensas a creencias, opiniones y religiones varias (entendiendo esto en el término más amplio). Nada de eso se debe justificar, pues es gratuito y no aporta, a la verdadera libertad de la sociedad, nada constructivo ni educativo. Si se ofenden ciertos grupos, en su derecho están de reclamar respeto, cuando piden algo respetable, claro; pero, ante las barbaridades, no se puede estar callado, volver la cara, o conceder. Contestarlas y criticarlas sin ofender, ese es el camino; prohibirlas, si en nuestra mano está y nuestras leyes lo permiten.
Imponer la llamada “civilización occidental” como modelo y norma en todo el planeta es, a la vez que iluso, injusto y equivocado. El mundo es lo suficientemente grande y viejo como para estar dividido en diversas áreas geoculturales que se fueron gestando durante milenios y de las cuales lo llamado “occidental” sólo es una minúscula parte. La dinámica histórica llevó a Europa (y a su herencia norteamericana) al dominio de buena parte del planeta; pero eso no conllevó una total y radical transformación cultural de esos territorios hasta la occidentalización. Muy al contrario. Esas civilizaciones tenían, y tienen, sustratos tan antiguos o más que la europea y tan válidos como ella; formas de vida ancestral y, a su modo, equilibrada, admitida por sus sistemas religiosos y de pensamiento. No tenemos derecho, los occidentales, a considerarlos, como se ha hecho, salvajes o retrasados.
Podríamos decir que la historia de las colonizaciones europeas no ha sido precisamente modélica; y la colaboración hacia la occidentalización de esos pueblos, más bien, lo fue como excusa para el provecho de ciertas partes de sus élites a que actuasen como intermediarios entre el interesado extranjero y el explotado indígena. El empleo de la religión como medio y vehículo civilizador llevaba en sí el estigma de la imposición, y es ahora cuando algunos intentan deshacer los entuertos cometidos (y usan de la solidaridad más que de la caridad anquilosada y paternal).
La transformación de aquellos pueblos se derrumbó en cuanto la estructura colonial se abandonó, pues no se había asentado en bases útiles y coherentes. Hoy se mira hacia atrás y se suspira por una vuelta a la tutela; o se busca la renovación, venida siempre desde el exterior, de los chinos (mas sería otra explotación económica, no se olvide).
En los países islámicos, que sí que tenían una estructura social y jurídica basada en la ley de Mahoma, la insolencia del blanco europeo (ahora del americano) nunca fue sufrida con paciencia; menos aún, cuando se estaba (y se está) en la certeza de la superioridad del islam sobre el cristianismo. Los agravios históricos pesan demasiado todavía (recuérdese la reivindicación recurrente de Al-Ándalus, como ejemplo de irredentismo profundo). Su sociedad es respetable a priori, no criticable por una superficial mirada; de profundas convicciones, que incluso anteceden a la prédica mahometana, esos pueblos deberían haber ido transformándose, al igual que le pasó a los pueblos cristianos, que pudieron traspasar la rigidez de las ideas y leyes eclesiásticas para fabricarse unas ideas y leyes civiles (a pesar de la Iglesia, desde luego).
Sin embargo, ante la evidencia de la permanencia de los extremos; de los residuos primitivos, tribales; de las interpretaciones, simplemente absurdas, de unas convenciones que sólo buscan la permanencia de unas estructuras esclavistas, de sumisión de las mujeres, de intereses familiares y económicos ‑todo ello en aras de una supuesta pureza religiosa y cultural (lo cual es sólo manipulación de las castas dominantes, sean sacerdotales o nobiliarias)‑, entonces sí que es lícito, al menos, no admitirlas ni protegerlas en nuestros territorios; y perseguirlas. La religión no puede ser la justificación de los excesos.
Y quienes no estén dispuestos a acatar la norma y ley derivada de nuestro pensamiento occidental, mientras por acá vivan, pues que se retiren a sus países de origen. Así de fácil.
 

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *