¿Quién mató a Manolete?

15-03-2009.
—¿Quién mató a Manolete?
—¡Zapatero! —le contesta su churumbelillo a un sobrino mío.
Y así están las cosas. Zapatero es hoy día el culpable de todo lo que está pasando en nuestro país y casi, casi, en los demás. Hemos encontrado la cabeza culpable y hay que decirlo, ¡cómo no!, a los cuatro vientos.
 

En anteriores décadas de gobierno socialista (socialdemócrata me diría yo, que lleva su diferencia), era Felipe González quien se llevaba todas las papeletas. Con «¡Váyase, señor González!», nos machacaba un día sí y otro también quien al fin le sucediera en el cargo. Y no había ni un ápice de vergüenza, ni una autocrítica, ni un resto de ética y de moral que señalase las conductas insidiosas e inquisitoriales usadas. Se trataba de derribar “al monstruo” y todos los métodos y todas las maniobras, dado el fin superior, eran buenas. Pinzas hubo contra natura para extraer el mal.
Se sucedieron entonces unos años del «España va bien», y era lo único que contaba. Yendo bien España… ¿Quién, España o los españoles? ¿O algunos españoles y no todos? Con seguridad, de unos, porque todos no podían ser lógicamente; pues, si se repartía así, a manos llenas, el pastel, faltaría pastel. Maletines llenos de esos billetitos que les dijeron “Bin Laden” circularon como el papel higiénico en los hoteles, sobre todo hacia afuera. Claro, había que decir España, porque la cosa quedaba así zanjada, en esa redondez conceptual que se trataba quedase bien cerrada y no se fuese abriendo y desgajando como una naranja. Días de vino y rosas en los que se zambulleron los crédulos, los beneficiados, los que vivían de la representación y cobraban también las entradas. Cerraron los ojos en éxtasis farisaico quienes sabían lo que luego vendría, pero no lo iban a decir tan pronto, que no era oportuno. Mientras, «¡coge el dinero y corre!».
No existía monstruo alguno. Camelot y sus caballeros de la Gran Mesa donde muchos afanaban, con el Rey José Mari a la cabeza montándosela con sus otros pares, reyes de otras naciones y también de la falacia, la manipulación de todo lo manipulable, queridos de Dios y bendecidos por sus obras. Bodas en reales sitios a las que los de España no fuimos invitados (bueno, algunos sí, pero creo que unos no eran de España y los otros parece ser que estaban más por lo de “apaña”). Pero no había pecado. Y si lo había no se publicaba o se silenciaba magistralmente, pues un pecado de Señor siempre está justificado. ¿Quién lo iba a contar? (Peccata minuta). Lo que hicieron lo hicieron todos, dicen, y así se justifican. O sea, que los que no lo hacen son los tontos. O habría que abrir prisiones especiales para tantos, si se dejase investigar los asuntos.
Hasta que cayó el telón. Y se empezaron a descubrir las bambalinas. En el Camelot de cuento que se habían montado no cabía la duda, pero los ingratos dudaron. Desde luego alentados por los que siempre irían “ladrando su rencor por las esquinas”.
Llegó Zapatero. Como un zarpazo en sus honras. Se conmovieron los cimientos del castillo y se fue todo al garete. Cada barón intentó su jugada, sin atender al consejo ignaciano («En tiempos de tribulación, no hacer mudanza»). Zapatero procuró volar en la alfombra mágica heredada de Camelot, pero demostrado queda que es hombre que no sabe volar. En principio había salvado hasta los muebles y también se apuntó a la consigna «¡España va bien!», dicha con sonrisa aparentemente inocente. Se atrevió todavía a más, afirmó que ya éramos «la octava potencia mundial»… Pero éste no era un Rey, no tenía categoría para ello y además apuntaba maneras republicanas (aunque más monárquica que la presidencia republicana francesa no la hay y fíjense ustedes). Además, Zapatero en apariencia se transformaba: al principio era un Bambi, luego un rompeespañas, más adelante un mentiroso compulsivo y así. No buscaba a sus pares (grandeza por delante) sino que iba con tercerones. No tenía ni categoría. Cierto que empezó a mendigar el favor de un gesto del Emperador, y eso hasta resultaba insoportable no sólo por los de su hueste, sino por los caídos del poder. ¡Qué iba a ser igual el poner los pies encima de la mesa del Emperador que darle de hurtadillas y con conciencia de culpabilidad la mano!
Claro, así las cosas, Zapatero empezó a tener todas las culpas. Cuando la economía se desbocó él siguió cantando el ya podrido «España va bien», que parecía lo había inventado, y la realidad le dio en toda la cara el bofetón. Realmente entonces Zapatero debería haber dimitido y se le habría dado la patadita cariñosa por hacerlo (nada de agradecérselo, faltaría más). Se sabe culpable de todo y prosigue el tío. Ahí está pendiente el asunto de Cataluña, traidores tengas, que dejó se le escapase de control, el infame intento de que llegase la Paz, PAZ, a nuestras tierras y nuestros españoles y españolas sin temer de muerte (¡y de paso llevarse todo el mérito!), ahí el desastre reciente de Galicia, palpable muestra de su ineficacia (¿y no será la ineficacia no haberse desprendido del Pepiño?), aquí la cuestión del gobierno en el País Vasco que lo va a dejar desarbolado en el Parlamento…
Hombres de armas del antiguo linaje se enzarzaron en disputas, descubriendo que eran traicionados por quienes tomaban copas a sus mesas, la juglaresa salió aprovechona y mientras se hacía la melindrosa motivaba que sus secuaces lanzasen puñaladas a diestro y siniestro. Mas todo esto, con ser grave, no merecía ni un tiempo de penitencial cuaresma en las religiosas filas, y vestirse de saco, no de Armani. Y adivinar que, unos cuantos del Camelot añorado se habían forrado a costa de sus chanchullos, siguió siendo cosa de poca monta. Total, levanten ustedes las alfombras de los de Bambi y verán; que ya se dijo algo del caído en Galicia aunque ser verdad, verdad, de la mitad para abajo.
Cuenten, cuenten casos que sobrarán para demostrar lo que decimos desde el principio, que la culpabilidad del actual Presidente de España es total y la Historia (así, con mayúscula) no se lo perdonará, como con seguridad ya ha hecho con otros que anteriormente anduvieron por nuestras tierras y hará, según dos vaticinios seguros (uno de Aznar) con Bush y con Castro.
Para que aprenda.

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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