El patinazo

10-02-2009.
Hasta que llegué a las Escuelas no conocí a ninguna persona importante. Las personas más importantes de mi pueblo eran don Saturnino, el boticario, y don Antonio, el párroco, que pasaban el día en el casino jugando al ajedrez.

Luego venía don Pedro, el médico, y don Juan, el brigada de la Guardia Civil; pero el médico, como era joven, no parecía importante; y el brigada, tampoco, porque era un bonachón que saludaba a todo el mundo.
¡Ah! Casi se me olvida. Sí; conocí a una persona importante. Fue al obispo don Félix Romero que llegó una mañana en su Mercedes, modelo embajador, de color negro lacado. Todos los niños salimos a recibirlo con nuestros maestros, agitando unas banderitas de papel con la leyenda: “La escuela al Prelado”, que no sabíamos qué significaba, y cantando una canción muy bonita que tampoco entendíamos, y decía así:
Somos luz de amanecer,
de amanecer,
de la España que ha empezado a resurgir,
resurgir,
y los flechas sembraremos de laurel,
de laurel,
los caminos de nuestro porvenir,
porvenir.
En cambio, al colegio venían muchas personas importantes, como don Isidoro Vilaplana que era un inspector muy simpático y muy bien peinado, y el gobernador, don Felipe Arche, alto, con gafas y una mandíbula poderosa como las de esos agentes del FBI que no paran de masticar chicle, cuando examinan la escena del crimen.
Aquella tarde nos vino a visitar el padre José Antonio de Sobrino, un jesuita de mediana edad, de aspecto distinguido y con un don de palabra extraordinario, que terminaba de llegar a España procedente de Estados Unidos.
–¿Cómo que de dónde? Pues de América. ¿De dónde van a ser los Estados Unidos? Y a ver si no interrumpimos, que es una falta de educación.
En el salón de actos, sobre el escenario, se instaló una gran mesa, desde donde el ilustre invitado nos dirigiría la palabra. A su derecha, el padre Bermudo, Rector del colegio; y a su izquierda, el padre Navarrete, Prefecto de estudios. El resto de religiosos ocupaba las sillas del público, como nosotros. Cuando el Rector presentó al ilustre visitante, fue leyendo su larga lista de libros y titulaciones académicas: doctor en Filosofía, en Teología, en Teodicea, en Metafísica, en Ontología, etc., y ¡doctor en Filología! Una vez presentado, el padre Sobrino comenzó a disertar sobre un sin fin de asuntos interesantísimos, con ese lenguaje claro, ameno y sencillo con el que hablan los sabios.
Más de dos horas nos tuvo boquiabiertos, comentando la pasión de las vacas americanas por la música, los ruidos que hacen los coches españoles, curiosidades sobre actores y actrices, la técnica utilizada para separar las aguas del Mar Rojo en Los Diez Mandamientos y cómo, en América, un Cadillac multiplicaba su valor si llevaba la firma ‑¡en oro!‑ de una estrella del celuloide, como Kirk Douglas o Marilyn Monroe. También aprendimos, como recuerda Alfredo, que en americano Cadillac se decía /kodilak/, Douglas, /daglas/ y Marilyn Monroe, /merlin monrou/. Al finalizar, nos invitó a preguntarle sobre otras cuestiones que pudieran interesarnos especialmente.
El padre Navarrete, un malagueño joven, simpático, seguro de sí mismo y con una gran dosis de ingenuidad, le observó todo el tiempo con cierta pelusilla. Al empezar el coloquio, tras una pregunta a la que el orador respondía pausadamente, Navarrete se armó de valor, decidió que había llegado el momento de intervenir y, saltándose las más elementales normas de cortesía, cortó en seco al conferenciante, para aclararnos que: «Lo que el padre Sobrino quiere decir…», ‑¡una interrupción genial y un patinazo de antología!‑.
Cómo nos reímos luego comentando la indiscreción del Prefecto y su increíble audacia para corregir, en público, a un ilustrísimo Doctor en Filología y elocuente orador en varios idiomas. Navarrete era así, un hombre noble, optimista, conservador, seguro de sí mismo, y ‑como vemos‑ un ejemplo de tierna humildad y sencillez evangélica.
En las Escuelas vivimos felices junto a personas como Navarrete, Bermudo y nuestros profesores. Eran hombres sencillos, con defectos; pero nos cuidaban como cuida el labrador la tierra que cultiva. Vigilando a diario la salida y la puesta de sol para que el granizo o la helada no arruinen la cosecha. Desvelándose por nosotros, con ese desvelo tan natural que todos entendemos y que es al mismo tiempo tan misterioso y difícil de explicar.
Barcelona, 4 de febrero de 2009.
 

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