Recuerdos de Manuel Velasco, 9

19-01-2009.

Fiel historia de una posición, y 2
Al iniciarse el curso 1954-55, vuelvo a Andújar a organizar los trabajos escolares. Nada hasta entonces se me había comunicado. Se hicieron los exámenes de externos y empezaron las clases. El padre Murillo, el nuevo Director, que al principio estuvo afable y comunicativo, repentinamente se hizo hosco y despegado.

Cuando llegaron los internos, se me barrió por completo de todo. Pero con esa falta de caridad profunda de no decirme absolutamente nada, con un vacío completo y una indiferencia tal, que parecía un mueble más de la casa. Era Director del Grupo Escolar por nombramiento oficial y ni esto se respetó. Entre el padre Murillo y el padre Flores dispusieron toda la vida del internado y organizaron las clases, los programas y la distribución de niños.
Todas las mañanas bajaba a misa, pero al entrar en la capilla los muchachos mayores ‑que no comprendían nada de lo que allí pasaba‑ miraban con expectación. Dejé de bajar a misa; atravesaba las galerías presuroso; no encontraba confianza en recorrer la casa y me refugiaba en la habitación como parapeto fortificado.
Tenía noticias de mi cese de Director, pero la comunicación oficial no acababa de llegar. Sin embargo don Francisco Estepa ya tenía el nombramiento de Director en el bolsillo (!!!).
El 16 de octubre le hice entrega de las llaves a don Francisco Estepa.
La vara de la “justicia” había alcanzado a don Juan Maldonado, que cesó como Director de Linares, y a don Eduardo Cueto, eliminado del cargo de Administrador de Andújar. Dos maestros excelentes cofundadores y de los primerísimos en las Escuelas.
Un día de noviembre llegó el padre Cuenca acompañado de don Isidoro Vilaplana. El salón-biblioteca de los padres daba frente a mi clase.
Contemplaba una reunión larga y no sabía que aquello era mi “consejo de guerra”. A la salida el señor Vilaplana me comunicaba:
«Se le ha propuesto para Director de Alcalá de los Gazules. Como verá es una honra para usted…».
¡¡Encima debía de sentirme honrado!! Me negué en redondo a aceptar y a dejar Andújar. Días después, regresó el padre Cuenca, que me recibió en clausura. Me hizo varias observaciones correctas y afables, aun cuando era mi ruina profesional lo que se gestaba.
«La Institución no olvida sus servicios… Las Escuelas necesitan de usted… Es una medida de ejemplaridad…».
¡¡¡Ejemplaridad…!!! Desde entonces esta palabra parece perseguirme como un eco sardónico. Todos tus desvelos por las Escuelas quedan en… que debes una ejemplaridad. Hubo asamblea de Directores en Úbeda y no fui invitado. Después, el padre Cuenta se volvió atrás en su ofrecimiento y me dijo «que me convenía ir de soldado raso» (?).
Y don Isidoro Vilaplana ‑al que nada le iba ni le venía en aquello, ya que no fue capaz de defendernos como superior jerárquico, lo mínimo que pudo hacer fue inhibirse‑ me presionaba constantemente para que aceptase Alcalá de los Gazules «porque las Escuelas tienen nuevos amos y no vaya a creer que es inamovible y se le puede formar expediente por incompatibilidad». ¿Acaso soy un elemento peligroso?
Pues… sí.
¿Qué hacía en Andújar en esta situación? Bien sabía que lo de expediente era puro cuento y que no podían hacerlo porque para eso era menester que faltara a mis deberes profesionales. Y esto no era posible, pero… todo lo tendría en contra y era preferible marchar a Alcalá de los Gazules.
En los últimos días recorría la huerta con vehemencia, como queriendo aprisionar toda la amplia geografía, los surcos, los frutales. Ya no era el paseo reposado acompañado de los niños, sino atravesando sin rumbo, abriendo bien los ojos para aprisionar en la retina la tierra que iba a perder.
Subía más tarde a las terrazas y oteaba el horizonte, la cinta del río entre largas alamedas, las lomas de Arjona con olivares, los caseríos de la vega, Sierra Morena… Entraba en las habitaciones, aún sin estrenar, del último piso, la pérgola, los dormitorios de pequeños de camas y ropas flamantes… y siempre sin rumbo fijo y siempre deambulante. Cuando a las once de la noche atravesaba el vestíbulo de Profesionales para retirarme a mi habitación, los pasos retumbaban en la bóveda como en tambor tenso. Yo sabía que había muchachos despiertos que conocían mis pasos por tantas noches medidos a la hora del descanso. Todo en silencio, tanto así como las grandes tragedias son de silenciosas.
Saqué la última fotografía de mis niños del alma, los únicos que no me abandonaron, como recuerdo de la casa y de sus alrededores y el 15 de enero, de madrugada, como había llegado también, salí de Andújar con el corazón encogido y las velas de la ilusión rotas.
Alcalá de los Gazules estaba en fiestas porque se abrían las Escuelas de la Sagrada Familia. Asisto a la bendición de los locales. El párroco leyó unas cuartillas pero, con el espíritu lejos, la memoria se duerme. Sí recuerdo que hizo un símil con la continuación en la historia del convento donde se establecían las Escuelas «mansión de paz, pureza y obediencia, de unas almas que se habían entregado a Dios»; también nos recordó al Fundador «alma por quien se ha hecho realidad este sueño». Tuve un amago de ojos humedecidos, pero desvaído, en feliz concordia con el ánimo. El padre Bermudo recordó al padre «que en espíritu estaba allí presente».
Los niños, formados en el patio, oyeron con edificante silencio todo lo que se hablaba, pero supongo que no se enterarían de nada. En el pueblo había mucho interés por las Escuelas. Me hospedo en una posada y, a pesar de ello, tengo que pagar veintiocho pesetas de pensión. La familia es muy buena. Tengo que comer en mesa redonda entre feriantes, matuteros y alguna que otra familia gitana de las que venden telas. Ciertamente no es mi ambiente. Así es que terminadas las clases, bajadas las siete cuestas, el resto de la jornada lo paso de bar en bar, teniendo que beber por fuerza cuando nunca me gustó la bebida.
El pueblo me quiere y no se por qué, puesto que bien poco es lo que hago. Todo lo mío le parece de maravillas.
«¡Señor! ¡Señor! Siempre estuviste a mi lado en los momentos más amargos, y ahora también lo estás. Veo tu mano en todo y que no me dejas. No me has dejado nunca. Por eso estos niños de Alcalá y sus padres me quieren tanto, porque se lo has ordenado Tú».
No hay explicación humana para este milagro de un pueblo por el que menos hice y más se me haya entregado.

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