Recuerdos de Manuel Velasco, 4

27-11-2008.
Bazas del triunfo, y 2
El acierto mayor fue tocar el corazón sensible del obrero. Solo sentimos que la falta de medios, por los años malos que se atravesaban, no nos ayudasen en la labor; y otras, por incomprensiones lamentables. Todas las dimensiones de la vida afectiva, y las necesidades materiales y espirituales se enfocaron desde el punto de vista familiar.

Hicimos sumamente fácil la vida del colegial, guardando celosamente la singladura de una disciplina, pero dejando a la disposición de los muchachos holgura de movimientos tales, que no les hicieran creer, ni por un momento, en una vida premilitar. «Vivíamos en familia», me han repetido muchísimas veces; y es verdad.
Tuvimos obsesión por “el mañana”. Tratamos de ser buenos cristianos con vistas a “ese mañana” de vida independiente; educamos para la vida que nos ronda las puertas y atisba por los postigos; hicimos del colegio la granja experimental y no el blanco de ilusiones; hemos tratado, hasta que las fuerzas y la inteligencia lo permitieron, conformar el colegio a la vida, al mundo. Hemos tratado de hacer hombres y no muchachos cohibidos. Por ejemplo, en Andújar, los profesionales salían a la calle libremente «cuando llevaban una misión definida», y en tiempos de taller, tal como a comprar material o a realizar algún trabajo profesional. Discurrimos que SI NO LOS EDUCAMOS EN EL MUNDO, EL MUNDO PRONTO SE ENCARGARÁ DE PERVERTÍRNOSLOS.
He aquí el motivo de las salidas libres los domingos, en unos años que parecía la determinación “escandalosa”. Pusimos empeño en que el internado se fuera disolviendo en el exterior de forma y manera que, cuando llegara el cambio, apenas si lo notaran.
El amargo comentario de los seculares internados induce a Françoise Sagan en Bonjour tristesse:
«Instituciones respetables que en la práctica dan algunas veces resultados bastante dudosos. La pedagogía de algunos colegios no está a la altura de los tiempos que vivimos si se suministra a los alumnos solamente un baño de piedad ñoña, sentimental, sin bases sólidas capaces de contrarrestar los peligros que ofrece el ambiente al que están destinados a vivir. Después de pasar varios años en un ambiente artificial, aséptico a la realidad del quehacer cotidiano, van a caer al gran mundo cuya norma de vida es el placer más o menos refinado, más o menos lícito, y se dejan llevar por la corriente. Las buenas enseñanzas se las lleva el viento del buen vivir; se olvidan de ellas como de un mal sueño».
Nuestros alumnos recuerdan con cariño (recordaban, más propiamente) las Escuelas «porque no hicimos un ambiente aséptico a la realidad del quehacer cotidiano», y los testimonios irrecusables de la permanencia espiritual y del éxito de los procedimientos que ‑contra viento y marea de obstáculos, zancadillas e incomprensiones‑ los pongo a la vista y consideración como documentos fehacientes; las cartas de una legión de ellos que, «cuando no les ligaba ningún compromiso con nosotros» ‑porque ya eran libres‑, escribían, sin embargo; y que, cuando nada pesábamos en la máquina de la vida, abrían el corazón con la misma libérrima voluntad y conciencia. Aquí se podrían transcribir centenares de cartas, miles tal vez; pero unas cuantas citas serán suficientes.
«Estoy trabajando en el mismo sitio de antes; estoy muy bien mirado, y trabajo lo que puedo y sé más. Y será la costumbre, o lo que sea, el caso es que me parece que aquí se hace el tiempo y el trabajo menos cansado que todas las cosas. Ahora es cuando uno ve las cosas como son. Yo llevo mi casa adelante y no me vendo por nada. En el taller estamos siete y el mayor, con veinticinco años. Está feo decirlo, pero no me alabo: a mí no me habrán oído decir palabras feas, y se ríen porque les digo cosas de la religión, y me dicen “el cristiano” y que son tonterías. Yo les vuelvo a decir lo que me han enseñado y Dios quiera que no lo olvide. Pida por mí para que yo no deje mis creencias».
(José Migallón Rodríguez. Córdoba).
«Que cada vez que abra mi cartera me recuerde de mi niñez, ahí en esa casa que recoge a todos, buenos y malos, y los saca buenos, hechos hombres, como a mí me recogieron. Gracias a Él puedo decir que estuve en un sitio donde me dieron mucha vergüenza y educación y sé demostrarla en todas partes».
(Agustín Gallardo. Marmolejo).
«Lo que tenemos que pedir a Dios es que con nuestros méritos buenos nos dé la gloria, que es lo que interesa. Cada día me doy más cuenta de lo pervertido que está el mundo, que hay que luchar mucho, pero mucho más que cuando está uno en esa casa tan santa. Se me hace la vida muy difícil, pero yo con mis oraciones sigo pidiéndole a Dios, y a nuestra Madre y a san José que no me deje caer en el pecado y, si por desgracia caigo, que me dé fuerzas para levantarme humillado y limpio de tanta inmundicia. Por cualquier sitio veo lo que no quisiera ver, y oigo lo que no quisiera oír. Yo quiero tener un padre espiritual y pronto lo tendré. Yo no sabía lo que era la vida hasta ahora; tengo que luchar, si no me quiero condenar. ¡Dios mío!: que yo nunca sea de esos pobres infelices; que te tengo mucho que agradecer, porque mi familia es cristiana; y te agradezco que haya estado en un colegio del que otros no han tenido esa dicha».
(Braulio Vicente. Bilbao).
Las referencias se harían interminables; basta con estas tres. Hay un “algo” en nosotros que nos impide desertar, cuando la educación se ha llevado con pleno conocimiento. Vendrán convulsiones, debilidades; pero el firme sostén espiritual, este “algo” que no acertamos a definir, que es consustancial con nosotros, nos lo impide: tendrían que volvernos a fundir.
Así repetíamos con machacona insistencia y por todas partes, por donde venía a pelo. Que los tiempos cambian, las situaciones políticas, las relaciones sociales; pero que Dios es inmutable; que la moral es siempre igual, y el premio y castigo eternos. La juventud es fácil de guiar, cuando estudiamos sus problemas y nos interesamos por resolverlos. A la juventud hay que darle un margen de responsabilidad que les sublime. Lo que la juventud pide es que no se la deje suelta; que encuentre un apoyo a quien pueda acudir, a cualquier hora, en busca de orientación y consejo.

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