Hijos adoptivos (hace un mes)

25-11-2008.
Hoy, día 25 de octubre, he querido pedir la palabra para dar los buenos días al jesuita Rafael Villoslada y al padre Sebastián Talavera como hijos adoptivos de la ciudad. Cuando esta tarde reciban el homenaje popular, el teatro Martínez Montañés será marco feliz y testigo gozoso de un acto de honor, de justicia y de agradecimiento.

Un acto de honor que honra a la ciudad de Alcalá la Real, porque ha sabido distinguir a estos dos hombres con el aplauso unánime de la Corporación Municipal. Un acto de justicia, porque ha querido reconocer en ellos un modelo de entrega y de servicio a la sociedad alcalaína. Un acto de agradecimiento, porque va a poder decir, sencillamente gracias, a la gran obra educativa que nos dejaron. Saber, querer y poder se unen en este día sencillo y solemne, en comunión con ellos y con toda la gran familia Safa, como tributo y homenaje.
Mi saludo quiere ser el de todo un pueblo que arde al calor de sus fríos, que brilla iluminando sus sombras, que se alegra al entonar sus elegías, que renueva sus viejos manuscritos, que vence con la fe de las derrotas y que vive haciendo realidad sus sueños. Un pueblo, en definitiva, que camina deseoso hacia el futuro desde la sencilla realidad de su pasado. Es el saludo del «paso a la juventud, que se abre a nuestra vista», como imperativo de aquella Safa fundacional e histórica, que nos prometía «de ciencia y de virtud, un nuevo amanecer…» y que hizo «de la escuela y taller», «…semilla, flores y esperanza para Andalucía».
El reto del padre Villoslada se hizo fragua el 7 de enero de 1940, aquí en Alcalá, cuando funda las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, abriendo así un camino desconocido e impensable para los niños alcalaínos, hijos del hambre, de la ignorancia y de la guerra. «El objeto de mi vida ‑escribió en su Diario‑ será dedicar mi mente y mi corazón a educar y formar a los niños andaluces más necesitados».
Muchos alcalaínos tuvieron (tuvimos) la única oportunidad de sortear nuestra cuna y acceder al lugar de los “redimidos”. Y conviene, a la historia de los pueblos, dejar testimonio de ello para todos los que vinieron después y se encontraron con otras lunas y otros racimos, con distintas melodías y con diferentes abonos. Su obra inmensa, boreal y fértilmente preñada, dibuja ahora uno de los mapas escolares más importantes de Andalucía.
Cuando el padre Villoslada murió en Granada, le dediqué un artículo en el Ideal (31-12-85), del que quiero recordar estas palabras:
«Por su implantación geográfica, por su dimensión educativa, por la categoría social de su alumnado, por el rigor de su programa de estudios, por todo ello, hoy, cuando la enseñanza ya es patrimonio de todos los hombres, conviene dejar escrito que fue el padre Villoslada quien, en la Andalucía del hambre, creó una institución providencial en la posguerra española».
La tarea del padre Talavera, orientada ya a la barca, fue más localista y, por tanto, menos épica. Fue esa tarea complementaria, más sufrida y cotidiana, la que hizo, igualmente, este hombre de enorme influencia en la juventud alcalaína. Escorado hacia la educación del ocio y del tiempo libre, como organizador de juegos y de viajes, de actividades extraescolares (¡entonces!), supo hacer del campo lúdico y profesional los dos pilares de su labor educativa. Sin el resplandor de la amanecida fundadora, pero con el mérito de la lucha por una escuela promocional, con el interés por los talleres profesionales y la promoción del empleo de sus alumnos, supo animar a gran parte de los jóvenes alcalaínos de los años 60, muchos de ellos ‑aún hoy‑ herederos de aquella sementera.
Dos hombres, pues, que hicieron del mensaje evangélico un compromiso social de innegable factura. Dos sacerdotes, conservadores en sus ideas y progresistas en sus conductas, que supieron entender la misión redentora de su ministerio, a través de la gran vía humanizadora de la educación.
Por ello, hoy, Alcalá se viste de fiesta para celebrar sus respectivas adopciones, que los hará alcalaínos de pura cepa. Porque, si los hijos naturales nacen del fruto seminal de la vida ‑que les da su viento y sus calambres, su paisaje y sus suspiros‑, los hijos adoptivos son fruto del cerebro y de la conciencia ‑que les da su voluntad y su silueta‑, o sea, la de su entrega generosa.
Alcalá ha abierto para ellos el libro de su historia y ha elegido sus nombres para que siempre haya un recuerdo limpio entre las crónicas venideras, como memoria de todos aquellos que, directa o indirectamente, se han relacionado con la Safa alcalaína.
Por este motivo, también nos visitan hoy los antiguos alumnos de magisterio de Úbeda, aquellos que recibieron (recibimos) el trigo candeal en la besana. Miles de historias, conjugadas en aquellos laberintos, se darán hoy cita en Capuchinos y recordarán aquella etapa de sus vidas, en que se hicieron hombres de mirada brava y de jaculatoria añeja. Y así, «como brotes de olivo», llenaron las aulas andaluzas de cultura, trabajo y sacrificio. Alcalá os recibe, orgullosa, con la ternura de un abrazo emocionado y con la gratitud de una sonrisa cómplice.

 

Con mi saludo afectuoso.
Rafael Hinojosa.

 

Editado en
Alcalá la Real, Información,
el 25-10-2008.

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