Estampas de la feria de San Miguel, 2

18-11-2008.
Tras los acontecimientos festivos y culturales de pre-feria, referidos en el capítulo anterior, entramos oficialmente en la Feria con la lectura del Pregón oficial el día 26, que tuvo como escenario el magnífico Auditorio del Hospital de Santiago, corriendo a cargo de Alberto Sanfrutos, presidente de la Asociación Plaza Vieja y persona de reconocida valía y consideración, que ha llevado a Úbeda a las más altas cotas de popularidad en un programa de televisión de todos conocido.

El Pregonero, en su alocución, rompió con todos los modelos precedentes de los pregones al uso para una feria, de la que dijo que no le gustaba la fiesta en la que se ha convertido. En este sentido destacó aspectos negativos, como “agobios”, “ruidos”, “atascos”, “imitación a la feria de Sevilla”, “paseos de caballos con sus correspondientes boñigas”, o puntualizaciones como que “San Miguel no es el santo de su devoción”, o que no pisa la feria desde hace muchos años, o que tampoco le gustan los toros. Fueron hitos un tanto sombríos que le acotaron el discurso, conduciéndolo a esos días festivos del año 1970, cuando contaba con 12 años.
Tampoco es que ambientara de entusiasmo esta parte de su intervención, que la inició aludiendo a dos sucesos luctuosos acaecidos en aquel año: la muerte de Janis Joplin y la guerra de Biafra, para continuar describiendo las penas, más que la gloria, de las ferias de aquel tiempo. Un discurso jalonado con alusiones a la “represión franquista”, al “consejo de Burgos”, a la “actuación de la policía secreta con gabardina” o a la Eta, entre otros episodios negros de nuestra memoria histórica más reciente, cada año más lejana pero cada vez más presente en nuestra cotidianeidad.
Puede que su discurso sea un buen documento literario, interesante incluso desde el punto de vista psicológico, pero un poco tétrico e inadecuado para una feria de San Miguel. Menos mal que al final, pese a la incoherencia, incitó a los asistentes a que fueran a la feria “a divertirse”, jugando un poco el papel del marqués de Araña, «que embarcaba a la gente y él se quedaba en España».
Marcelino Sánchez se enjugaba el mal sabor de boca al día siguiente en el balcón del Ayuntamiento, mostrando una sonrisa de oreja a oreja con el izado de las banderas junto a los acordes de los himnos respectivos; mientras, en la plaza, hervían la chiquillería y los zangalitrones ante una maravillosa cabalgata de gigantes y cabezudos que esperaba el pistoletazo de salida tras el «¡Viva San Miguel!».
Lástima que a la mitad del itinerario fuera “pasada por agua”. Una inmerecida suerte, por segundo año, para los ubetenses y sobre todo para el concejal de Fiestas porque, si hay alguien que vale en este deficiente equipo de gobierno, ese es Jerónimo.
Seguidamente tenía lugar la apertura del Real de la Feria con el encendido del alumbrado. 80 000 vatios, que han quedado reducidos considerablemente con el empleo de luces de bajo consumo. No han faltado quejas por la supresión del alumbrado en otras calles que habitualmente lo han tenido; pero todo sea “por el ahorro y la buena economía”.
Veremos, si hay dinero para poner rótulos a las calles y a los números de las casas, como en todos los pueblos, o pintan los pasos de cebra, sin olvidar la señalización de los accesos al hospital San Juan de la Cruz. Aunque, si en todo esto tiene algo que ver Clemente, podemos despedirnos, ya que, donde pone la mano o echa la vista, el conflicto está asegurado; y si no, que se lo pregunten a los miembros de la Policía Local, que fueron los verdaderos protagonistas en la inauguración de la famosa pasarela de acceso al ferial, con la monumental pitada y abucheo que le tributaron a Marcelino y a Clemente ‑más a Clemente que a Marcelino‑, cuando procedieron a la apertura de dicha vía, a la que asistieron las primeras autoridades provinciales. Todo un espectáculo dantesco, ganado a pulso por un concejal incompetente con múltiples competencias.
El Hospital de Santiago volvió a albergar el Certamen Comercial La Loma, en su XXII edición, con un brillante éxito que excedió todas las expectativas creadas. Aunque sigue siendo una temeridad permitir el acceso a los vehículos de carga y descarga al patio de columnas, no ya por lo indecoroso e inapropiado de la operación en ese lugar, sino por el peso que debe soportar un pavimento que no fue proyectado para esos trabajos y por el riesgo que entraña para las columnas una posible y más que probable falsa maniobra del mejor conductor de turno.

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