Parque Norte

04-07-2008.
Una estampa que llena toda esta Atalaya es la revelada por la apertura del Parque Norte. Hay quien, en su primer paseo, quedó embargado en una poco disimulada emoción, en un contagioso goce que le hacía andar como en volandas por las pistas del recién echado albero con olor a yerba y a tierra mojada.

Era como sentirse en un consciente y deseado sueño, transportado a la realidad de los albores de la década de los setenta, cuando este gran espacio aún era un páramo polvoriento, recientes aún los rastros del desaparecido Tranvía de la Loma que nos unió con Linares y las estaciones intermedias de La Yedra, Rus, Canena y Estación de Baeza; cuando la superficie de este erial, un tanto inhóspito, mostraba todavía las huellas de los últimos asentamientos de la Feria del Ganado, que ocupaba además las calles Carolina y Virgen de Guadalupe y era la principal actividad económica de nuestra famosa Feria de San Miguel, que se montaba en la Explanada.
Y las eras de pan trillar, que usaron nuestros abnegados papihonraos en las agotadores faenas de la cosecha estival, nos ofrecían aún los vestigios de un minucioso empedrado pulcro y decoroso que se resistía a fenecer ante el desconsiderado avance de la urbanización.
Era una pequeña estepa donde dice la tradición que acamparon las tropas cristianas de Fernando III en los días previos a la toma de la ciudad.
Y seguía soñando como despierto, y veía aquella diáfana amplitud que se extendía desde el campo de San Miguel (Carrefour) hasta el Molino de Lázaro; y desde la Circunvalación (Cristóbal Cantero) hasta la Institución Salesiana. Soñaba con un gran parque para mi pueblo, con la pretendida intención de que fuera el orgullo de Andalucía; con un nombre, como el que ha prevalecido de Parque Norte, que postergara a personajes varios, fechas conmemorativas, santos y a políticos de medio pelo.
En ese rememorar en el pasado reciente, hubo momentos en que se temía por la viabilidad de lo que hoy por fortuna es ya la existencia real del Parque Norte. Aterrorizaba ver cómo, bocado a bocado, se le iban restando parcelas a aquel gran espacio virgen, sin mancha del pecado del cemento y del ladrillo. Aislados testigos sin voz iban presenciando el desaforado avance de las excavadoras y del hormigón en el cerro de la Atalaya y en la ermita del Paje, que muestran los estragos del sometimiento a los efectos de la paleta y la plomada. Testigos mudos, como el molino de viento de Lorenzo Lechuga, hoy ya desaparecidos porque sucumbieron en la avanzadilla.
A pesar de esas considerables mermas, la realidad, lejos ya del sueño, es que los ubetenses tenemos motivos para sentirnos orgullosos de tener a nuestra disposición un recinto verde con más de sesenta mil metros cuadrados, como es el ansiado Parque Norte.
Muy acertada la red viaria, que conjuga senderos de albero y calzadas enlosadas, que permitirá elegir pasear o correr. Queda por regular el uso de bicicletas (si es que se pueden utilizar, debe reglamentarse). Magnífica la distribución de setos, estanques y fuentes de agua, zonas verdes, jardines y arbolado; estos últimos, de plantación reciente, con lo que la demandada sombra tan codiciada en estas fechas no se hará realidad hasta pasados unos años.
Otra cuestión que destacar en el arbolado es la imperdonable ausencia de algunos ejemplares de nuestras queridas olivas, sustento e identificación de nuestra tierra. No creo que nuestros jardineros, o los políticos que los mandan, desconozcan que la palmera no es de estas latitudes: es de la costa mediterránea, donde prospera con facilidad; aquí, no deja de ser un intruso.
Aunque, quizás, el olvido más sangrante sea la ausencia del árbol autóctono por excelencia de Úbeda y de más de media España: aquel que los íberos denominaron “árbol hermoso” o “árbol bello”, cuando se referían a la encina. Menos mal que ha sobrevivido una centenaria morera, que adornaba el antiguo camino del Cementerio y que actualmente se erige como reina del mundo vegetal de este magnífico recinto.
De política, que al final lo es todo, no es cuestión de extenderse mucho. Sólo objetar algunas precisiones a la vista de las declaraciones de los distintos grupos políticos. Todo el mundo sabe los años que ha costado el hacer la realidad del Parque Norte. Todo el mundo sabe los partidos políticos que han gobernado el municipio durante esos años. En las elecciones debería votar todo el mundo para que la representatividad fuera perfecta. Quizás la gran enseñanza de las últimas elecciones sea que, para ganar unas votaciones no sólo es necesario desarrollar muchos proyectos y hacer grandes obras: hace falta algo más.
 

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