Cómico de la legua

11-06-2008.
Hacía dos años que Burguillos no pisaba Moral. Volvía ahora sin sotana y con el pelo muy largo. Hubo extrañeza y comentarios. Disfrutó mucho de sus padres, ya mayores. En compañía del borriquillo, cruzó trigales, escuchó alondras y perdices y levantó bandos de avutardas en los alfalfares. Sus padres habían repartido la hacienda. ¡Qué pena ver El Amoroso dividido y maltratado! En honor y cordial recuerdo a Bangueses, llamó a su borrico Eduardo.

Desvanecida ya la última esperanza rubia, no se amilanó. Estaba cantado. Lo esperaba y lo aceptó como algo natural. No había dejado su vida de piedad. Y el hecho de haber pinchado en sus entusiastas intentonas amorosas le hacía pensar. ¿No habría que leerlo en clave providencialista? ¡Qué bien le iba eso a él! ¿No sería todo cosa de Dios para retornar? Por otro lado, el desapego que, salvo en el anciano Rector, halló en la Safa, el porvenir tan al raso vivo, economía, prestigio, falta de inquietudes… le empujaban a tomar la puerta. Los chavales, únicamente… Pero, salvo aficionar a unos pocos a la literatura o al latín, ¿qué más podía hacer? Y resultaba muy duro haber echado años soñando púlpitos, colegios o parroquias… y quedarse de por vida vigilando “chiquitos” a las órdenes de jesuitas a medio hacer. Tal como los celadores del Hospicio de Valladolid.
La Safa promocionaba a los niños que en ella lograban entrar. Pero desatendía la formación de los profesores. Y al que llegara con alguna delicada preparación, por desuso se la raía. Nunca vio Burguillos un libro ni supo de un cursillo sobre formación permanente de profesores… Y nunca nada sobre inspectores.
Sin quererlo, en sus visitas y paseos vespertinos revolvía y rumiaba todo esto. Y ante este panorama mísero y castrante que la Safa le ofrecía, se apremiaba a tomar otros caminos. Y al cabo, fatigado de sobar el tema, el sacerdocio le parecía serenamente la solución ideal.
Su madre, como si leyera sus pensamientos, aireaba sus sotanas olorosas a membrillo. Y él, siempre ávido de certezas, decidió someterse a una última prueba.
A pesar de sus devaneos, amoríos o enamoramientos de su primer año en Úbeda, Burguillos no había dejado de cartearse con Olga. Y decidió echar parte de agosto en Canarias. Si a nada llegaba con Olga o nada encontraba a su gusto, la voluntad de Dios era clara: el altar.
Madrid era un tostadero. Sorprendido de sus arranques, se compró ropa de verano. Le parecía encontrarse como una miaja dandi. Lo de los pasajes de avión estaba duro. Y ahí le hizo presa la duda. Se le atascó la voluntad y se pasaba horas y horas y aun días echando los dados. Moral o Canarias, cura o casado. La siesta, ineludible, era enredarle como antaño en una madeja de angustias. A ratos se le imponía como salvación de todo su pobre y desairada Isadora, su huerta y sus haciendas. Aún podría darle cuatro niños…
El padre Staelin residía en la Casa de Escritores. Un poco escéptico, le urgió a dejar el columpio. Burguillos, en un ataque agudo de indecisión, se sentía gravemente paralizado. Comprar un alfiler era someter su voluntad a un acto heroico. Y entraba en cualquier templo y vertía su espíritu acongojado: «Señor, tú conoces mi mal, la parálisis de mi indecisión. Rechazo psiquiatras consejeros porque sólo tú puedes curarme. Empújame, que yo quiero y no puedo».
A pesar de todo, Burguillos no perdía el tiempo. Y, teóricamente práctico, husmeaba oportunidades que le permitieran compatibilizar trabajo y estudio. Y acudió al colegio Alamán. Decidido y radiante expuso al director sus pretensiones y, a grandes rasgos, sus métodos educativos. Exponía lo que calculaba que más podía interesarle, es decir, su capacidad de seducir a los chicos y a sus familiares, así como todo lo que de rechazo pudiere prestigiar el colegio. Con tal convicción y vivacidad exponía Burguillos las industrias con que trasformaría el internado, que veía el interés del director en las arrugas de la frente y en la presión de sus labios.
Hablaron. Dos veces el director le tomó la mano derecha, se la apretó y la sobó. Siguieron hablando de todo. De un buen despacho donde recibir a los chicos y a sus familiares; de salarios y de los inspectores ayudantes. Se concretó la figura laboral de Burguillos como jefe de disciplina. Y, académicamente, como auxiliar de Clásicas, impartiría seis horas semanales de Latín y de Griego. Inicialmente, cobraría seis mil pesetas. Viviría en el colegio y subordinaría sus clases de Periodismo a las necesidades del colegio. Y si cuanto prometía se evidenciaba en un semestre…
—Créame, señor Burguillos, no me dolerán prendas. Y usted lo ha de comprobar.
Y ya en la despedida, don Manuel Alamán le estrechó morosamente la mano. Tenía los ojos en la punta de los dedos y Burguillos se sentía escrutado.
Ya no se descoyuntaba entre Moral y Canarias. Ahora la contienda era Madrid versus Úbeda. De un lado museos, univer­sidad, bibliotecas, teatros, mujerío nacional y de importación; del otro, Úbeda, sus cerros, la Safa de patios claros, jesuitas grises y chicos entrañables, listos y leales. ¡Cuántos ratos pasó en la iglesia de los Ángeles, allá por Cuatro Caminos!
Consciente y dolorido de su patología, volvió a Moral. La familia, el campo, las eras y el sagrario tonificaron su alma. Comenzó con ilusión a esbozar el proyecto educativo que le había pedido el señor Alamán. Escribía… escribía cosas sensibles. Acaso hasta bonitas. Le interesaba seducir, antes que a nadie, a aquel ciego apasionado e intenso. Quizás hasta usurero. Pero enorgullecido de sus dos aristocráticos colegios. Mucho más porque eran fruto de una bien lograda compensación. Le aseguró estar harto de vigilantes chiquilicuatro, exseminaristas irresponsables, impreparados e inconstantes. Probablemente náufragos que aceptaban el cable que les echaban hasta que aprendían a nadar en el anchuroso Madrid.
Y, escribiendo, Burguillos se sentía osado e impostor. Sí: él movería y removería el internado. Daría a los chicos conciencia y orgullo de grupo selecto. Ganaría a los más influyentes… Cabecillas, tipos estrella, con dotes y afanes de liderazgo. El deporte ‑mens sana…‑,actividades paraescolares, teatro, tuna y periódico. El ocio, programado y efervescente. No dejaría minuto ni rincón vacío, sin un mensaje, un estímulo, un condicionante educativo. Barrería el tedio, la claustrofobia que los internados originan. Buscaría que todo revirtiera en bienestar y contento de los estudiantes. Y facilitaría sensiblemente la disposición para el estudio y sus rendimientos. Con manos libres, medios y una poca consideración, él haría milagros durante el curso y en el verano, y conseguiría ser una presenciaaceptada y amable. Presentía Burguillos que su plan le iba a interesar al señor Alamán.
Efectivamente, don Manuel dio por bueno el comunicado y lo citó para incorporarse a mediados de septiembre. Y esa llamada puso en funcionamiento el molinillo de sus cavilaciones. En las tormentas de la indecisión, cuando aún le quedaban unos residuos de voluntad, siempre prevalecía en Burguillos lo cómodo sobre lo arduo, la abstención sobre el riesgo, el no sobre el sí. Lo conocido sobre lo desconocido. Su vida estuvo tejida de noes, de autoexclusiones, de muertes por goteo… Porque cada negativa a la vida, cuando la vida llama, es una muerte comprimida. ¡En cuántas ocasiones se automarginó y puso tope a su crecimiento! Él mismo cerraba las puertas a la aurora que tantas veces le llamó a luchar, a triunfar.
Y Burguillos volvió a Úbeda a examinar a los de septiembre. Fue sin ninguna ilusión. Huyendo del refugio de Villaluz, dorado y atrayente refugio. En realidad no tenía ánimos para intentar nada. Lo conducía como tantas veces la fuga, el escapismo. Rebuscando un rebojillo para aquietar su apocamiento, le aliviaba pensar que en Úbeda algún bien hacía… y que, pese al desnutrido salario, por lo menos el ambiente le preservaba su vida espiritual. Y además, que en cualquier momento podía dar un paso al altar. Que no todo lo es el dinero…
¡Vaya si lo era! Por falta de dinero hubo de volver a Madrid, con meses y meses en blanco. La Safa era una deuda viva. Algunos profesores desertaron. A punto estuvo de tantear de nuevo su entrada en el colegio Alamán.
Eduardo Bangueses conocía las aficiones escénicas de Burguillos. Le presentó en Madrid al mayor de los Olcoz, que se movía como Director de la Yago Films y que le dio cartas comendaticias para Rabal. Paco Rabal vivía en la calle Goya. Él y su esposa Asunción escucharon, animaron y prometieron ayuda a Burguillos. Le citó Rabal en el Teatro Español, donde representaba Las Brujas de Salem. Allí, en los camerinos, lo relacionó con Dicenta.
Después de una prueba, papeleo, fotografías e inscripción, en atención a su soltura en la declamación, le redujeron el período de meritorio a tres o cuatro meses. Burguillos quería debutar en Madrid. Ello le supondría larga espera e intervenciones irrelevantes. Y él necesitaba rodaje, tablas. En Sevilla, la Compañía Talía buscaba un actor dramático. Y de Sevilla, en pocos días, le llegó una carta apenas legible. Un resguardo de giro postal para el viaje y primer día de estancia. Saludos y deseos de cooperación y felicidad.
Pronto y en bandeja; y además ¡en Sevilla! Que no en Sabiote. Con la carta en el bolsillo se fue Burguillos a la iglesia a dar gracias. Y allí empezó lo de siempre y como siempre.
Sevilla… Cambiar la sotana por la farándula… A saber Dios qué Compañía. Sin duda, un revoltijo promiscuo de titiriteros, farsantes y cómicos de la legua y el hambre… Y qué director. Medio analfabeto. Pero el gusanillo no se dormía, no dejaba de roerle. Contestó con ingeniosos pretextos justificando una breve demora. Rogó que retiraran el giro. Que con mil amores él pagaría el desplazamiento. Demoras que, para el magín y la voluntad de los indecisos, veneno puro son. En unos días consultó con media docena de clérigos prestigiosos. ¿Cómico o sacerdote? Todos se extrañaron y más de uno se rio de tal disyuntiva.
Burguillos seguía yendo al Teatro Español. Ya conocía a muchos actores. Un buen día acudió a la sesión de noche. Terminaba muy tarde. La troupe no se desmaquillaba ni se cambiaba para irse a su casita. Como si necesitaran recuperar la propia personalidad, se reunían muy al natural. Les urgía rijo y relajo. Esta disolución, tanto lingotazo y amores cruzados… y el verdugo de toda su vida, su pulso traicionero, le afianzaron en el no.
Muchas veces y durante mucho tiempo sintió Burguillos no haber consumado la experiencia. Sabía que no hubiera llegado muy lejos, aun con las perspectivas más halagüeñas. Pensó también que, andando el tiempo, le hubiera saturado vivir tantos personajes y hubiera terminado, para embridar el pulso, dipsómano o adicto a los barbitúricos.
Pocas veces tuvo su indecisión justificantes tan objetivos.

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