La verdad de los sueños

28-05-2008.
Mi amigo Loren se quejaba de haber tenido un mal sueño. Transportado al mundo incierto de una ciudad surrealista, Ubdeta de los Cerros, juraba y perjuraba en su sueño que los médicos se habían equivocado en el caso que a él le afectaba: debatía interminablemente sobre la veracidad o el dislate del diagnóstico que le había dictaminado cáncer de mama.

Fue un mazazo que a punto estuvo de despertarle y de librarle de un despiadado enfrentamiento que mantenía con un señor que tenía toda la apariencia de ser un esqueleto con guadaña. A Loren, hombre de bien, de mucho deporte, libre de humos, de hábitos alimenticios naturistas, hombre de mens sana in corpore sano, le habían fallado todos los esquemas. No en vano, desde aquel sueño mi amigo Loren cambió aquella máxima latina por otra que estimó que se ajustaba más a su caso: mens sana in corpore “cochambrosus”. Para mi buen amigo Loren aquel sueño fue la rendija que le introdujo en un mundo donde la realidad supera la ficción. La peculiaridad de su diagnóstico le llevó por un pintoresco peregrinar sanitario, codo con codo, por no decir «teta con teta», con féminas aquejadas del mismo y fatídico mal. Así, mi buen amigo y malogrado Loren pasó a engrosar, como único varón, las nutridas filas de pacientas, (sí; digo bien: pacientas; esto del lenguaje sexista es la repera) que se someten a los distintos análisis y pruebas médicas: ecografías, mamografías y un largo etcétera de palpaciones mamarias. A veces se sentía como un intruso, como un consumado fisgón («“jodío” tío churretero» suelen llamar a una persona así en Ubdeta de los Cerros) camuflado en medio de una colmena de mujeres de las que  pueblan las atiborradas salas de espera de la Seguridad Social. Se sentía observado por miradas de ojos inquisidores que le apedreaban sin pestañear y a los que mi buen Loren parecía adivinarles el pensamiento:
—¿Qué hará aquí este hombre en medio de tantas mujeres? —se preguntaba muy airada una de las pacientas.
—¿No le dará vergüenza venir aquí, como si esto fuera un desfile de la pasarela Cibeles? —interrogaba para sus adentros otra circunspecta dama, entre suspiro y suspiro.
—Debe ser un pervertido sexual que viene por ver si pilla algo de refilón —se dijo muy convencida una tercera, que no le quitaba ojo.
Otra pacienta, la que ocupaba el último de los asientos, ya no pudo aguantar más tanta intromisión. Se levantó como impulsada por un resorte, se arregló la falda, se puso el moño en su sitio y con toda contundencia se abalanzó vociferando hacia mi buen Loren:
—Hasta aquí hemos llegado. Con lo a gusto que estaría usted en su casa, mirándole las tetas a su mujer.
Tampoco le trataban con mucha misericordia los letreros que cuelgan en las paredes de las densas salas de espera, que informan sobre cómo prevenir y cómo actuar ante tal enfermedad: toda la información está dirigida a las mujeres. Mi buen amigo Loren tenía imperiosa necesidad de sentirse aludido, integrado, aunque fuera en ese escenario de desdichas; pero la crueldad de los hechos desvanecían todos sus intentos. Y es que, aunque está de moda cuidar el lenguaje sexista, se escapan algunos gazapos. Gazapos que son como elefantes africanos, los paquidermos que tienen las orejas más grandes; pero no para tirarle de ellas, como habría que tirarles a los responsables sanitarios.
No quedan muchos gazapos por descubrir en el lenguaje de la Salud; pero hay uno que a mi amigo Loren también le saca de quicio: el alcohólico. Hay una amplísima información sobre el alcoholismo, pero sólo referida al hombre: «Si tu marido bebe…», «Cómo ayudar a un alcohólico…» y otras lindezas por el estilo, son titulares de algunos folletos que se refieren a esta enfermedad, donde se hace una descripción exhaustiva de las características del alcohólico, de su azarosa vida de mentiras para seguir bebiendo, de la ruina de la casa de un alcohólico, del drama de sus hijos, de su economía, etc., etc.; pero nada de nada de enfermas alcohólicas. No hay, no existen, amigo Loren. Por lo tanto ahórrate preguntas tales como:

Que si tienen las mismas características que en los hombres.
Que si mienten de la misma manera, o lo disimulan de igual forma.
Si la agresividad se manifiesta también lo mismo.
O quién ayuda al marido de una alcohólica y a sus hijos.
No insistas más, Loren, no hay enfermas alcohólicas en Ubdeta de los Cerros. Ahórrate las preguntas y despierta ya del sueño.
—Menos mal que todo ha sido un sueño, querido amigo.
—Por eso se dice: «La vida es un sueño; y los sueños, sueños son».

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