Con las alas mojadas

25-04-2008.
Aguja de mi destino,
¡quién te pudiera enhebrar!
Adelantaron ligeramente la llegada. Burguillos, adrede, retrasó el encuentro y forzó discretamente plácemes por la visita. Parecía una lista de boda. Aceptó, sin poderlo remediar, los regalos. Se los mostraban las dos a una con manifiesto afán de verle impresionado: «Excelente todo, y de muy buen gusto, pero yo no necesito nada de todo esto. Esto son lujos ‑añadió‑ y yo tengo voto de pobreza…». Un poco más y la señora de la Bastida le zurce con el abanico. Isa se empeñó en que se probara un fastuoso batín de raso. Era una obra de alta costura. Color fucsia rayado en blanco, con bocamangas, bolsos, cuello y solapas en azul bien armonizado. ¡De teatro! ¡Qué raro se encontraba el hijo del señor Manuel, el Cerero! A Isa le frustró su empeño de que se lo probara sin sotana.

Burguillos les enseñó la Universidad. Doña Angélica, en la iglesia, les hizo rezar ante la tumba del Marqués por sus intenciones. Y les rogó que la dejaran sola. Comieron luego solos en un salón de la fonda. Hubo un aparte doloroso para el ilocalizable Israel. Doña Angélica parecía más apagada, menos ocurrente. Necesitaba las aguas y cambió Mondariz por Caldas de Besaya. Así le podrían visitar a Burguillos. Tras la comida, doña Angélica se retiró a descansar. Y quedaron frente por frente y solos Isa y él. Supo Burguillos que la huerta había tenido un abril y mayo alegres y abundosos en flores, abejas y mariposas… Isa no le dio tiempo a preguntarle por los inquilinos del cedro. Volcó, proyectó su maternidad sobre el amor, la crianza y felicidad de aquellas avecitas. Y acercó un poco más la silla a la mesa. Burguillos, con pretexto de sacudirse la sotana, se retiró un poco. Se pertrechó de prudencia y, mentalmente, llamó al Espíritu Santo. Ella, sin rodeos, intentaba llevar la charla a sus relaciones. Él intentaba desviarla con preguntas hueras.
¿Que tal el emparrado? ¿Tiene mucha uva? ¿Está tupido?
Tanto y tan burdamente descrestaba Burguillos su interés, que Isa se molestó. Tomó maquinalmente un sorbo de agua y dejó con desplante la servilleta:
—Contigo no se puede. Eres un crío. Me desprecias.
—Isa, por favor…
—No tomas en serio mis sentimientos ni mi cariño…
Y se derrumbó. Burguillos no sabía qué hacer. Se acordó del padre Staelin, de su celda secreta y del Espíritu Santo… Sentía repentes de salir corriendo; y a punto estuvo también de invitarla a sentarse con él en un bajo sofá mullido y atestado de cojines. Y así, juntos, tomarle la mano y desenojarla. Y, serena ya, exponerle su resolución irrevocable… Y suplicarle que por el amor que le tenía, le ayudase a seguir a Cristo… A Isa le bailaban las lágrimas en las pestañas y el despecho agitaba sus senos. Burguillos, sensibilizado, perdía seguridad y sentía corazonadas de sorberle las lágrimas y, acariciándola, serenar su congoja.
Le sirvió sidra y la invitó a brindar por la sólida amistad fraternal que se profesaban. Un sorbo, e Isa cambió su copa por la de Burguillos. Mirándole, la apuró con avidez y le dijo recrecida:
—Estás ciego. No te enteras de nada. Dos veces te cambié en San Marcos la copa usada… Y las dos la apuré por donde tú habías bebido. Y bebí con avidez como si sorbiera tu espíritu…
¡Vaya si lo advirtió! Al verlo achantado y sin reacción, ella se agigantó. Y peleona se le vino encima con una pregunta.
—Vamos a ver. ¿Qué soy yo para ti?
Burguillos se rascó donde no le picaba. Se tomó la punta de la nariz y dulcificando el tono respondió:
—Una hermana extra que me ha llovido del cielo. La niña más linda que desempiedra las calles de Villaluz. Un poco pegajosa… Y que se olvida de que yo soy de Dios. Y no se puede disputar a Dios lo que Él ha apartado para sí.
—A Dios estaba yo consagrada. Y era feliz —dijo con gesto de leona herida—. Y tú me apartaste. Me envenenaste. Y hasta que no conseguiste que dejara a Dios, no paraste.
—Pero Isa… —y no le dejó respirar.
—Y yo ya era la esposa del Señor. Tú te pasarás, perderás la vida pensándolo.
Y Burguillos, hundido, con el alma golpeada, le dijo:
—Pero, Isa, Isadora. ¿Cómo dices que yo te envenené? ¿Que te aparté de Dios…?
Como el ángel de Dios apareció su madre.
Alegó Burguillos deberes y forzó la despedida. Doña Angélica le cogió de las manos y, muy conmovida, le pidió ruegos y oraciones para que volviese Israel. Que no quería morirse sin recuperarle. Y apercollándolo, lo besó y mojó la cara de lágrimas… Y acabó de conmoverlo cuando le dijo:
—No nos abandones, hijo mío, que estamos muy solas…
Isa le secó el rostro a Burguillos y, besándole también, le pidió que la perdonara. El beso le pareció un botón de fuego. Ya en marcha, les oyó decir que les escribiera.

Burguillos cruzó Comillas como un sonámbulo. Era el momento culmen de la luz, del sol a plomo. La sotana chupaba, se ensopaba de sol. Subió la cuesta despiadada de La Cardosa, sin más agobio que ordenar o desprenderse de las vivencias de aquel encuentro. No sabía qué le apetecía más en aquellos momentos, si ducharse o bajar vestido como estaba y tirarse al mar. Le repelía entrar en la capilla. Tenía la sensación de que el Espíritu Santo se le había volado. Isa estaba más bonita que nunca. Mejor vestida y peinada que nunca. Por fin, había liberado sus pechos, siempre aplastados. Aunque no le había despertado reacción alguna de amor, sí que le hubiera complacido enjugar su despecho.

¡Qué días…! Quince habían pasado desde aquel encuentro… Y Burguillos no se rehacía. Y todo comenzó a hacerle agua. Ni una chispa de luz ni una gota de consuelo. Agrio y triste. A ratos pensaba, lleno de asco y de rabia, que no sabía si amar u odiar… vivir o morir… El padre Staelin se había ido.
Volvió Burguillos a su escondrijo y sólo algunas cucarachas lo habitaban. Vagó solo y desasosegado trochas, prados y cantiles. Solo y sin rumbo, mientras los ordenandos hacían un retiro con el padre Nieto.
Llegó el día de su ordenación. ¿De qué color amaneció? Hasta ropa interior estrenó. Previendo cualquier salida, había retirado de la sacristía un alba… La miró… y se la puso. Indue me Domine… Le parecía un camisón, una mortaja… Y la arrumbó en el armario. Por fin, dejaba a Dios por imposible.
Se iniciaron las vacaciones y la Universidad y sus entornos rezumaban silencio y soledad. Burguillos, huidizo, la buscaba y se rebozaba en ella. Y en ella ¡cómo clamaba al cielo! Domine, fac ut videam… Quid me vis facere? Yentre los eucaliptos del bosque, en Peñarredonda, seguro de que nadie le oía, llamaba a Jesús con ternura o desgarro. E interpelaba al cielo, un cielo sordo y cruel. A pesar de su aridez, nunca tuvo atisbos de dudas en la fe: «No te comprendo, Señor», era su última queja tras el sartal de súplicas y razones. Punto final ha sido hasta hoy de tantas peticiones baldías. Y de tantos debates y dudas en los que puso el alma y ha vivido enzarzado y solo.
El Espíritu Santo se le había eclipsado. Aquel fervor, tras su encuentro con el enviado de Dios ‑el padre Staelin‑, ¿adónde se le fue? ¿Fue el Paráclito o fue su imaginación la que llenó de luz y de vida su corazón en aquel cuartucho?
Ya era julio y Burguillos volvía a las andadas… Una tarde, a la hora de la siesta, a solas, hundido, en la capilla de la Comunidad, con una pena mortal, le dijo «NO» a Dios y a Isadora. Se le quedó tan desganada la vida que suspiró por la muerte. Acaso no fuera tanto por lo que abandonaba. Tal vez porque preveía lo que le esperaba.
Al padre Rector, por eso de dejar una puerta abierta, le habló Burguillos de una salida temporal, ad experimentum… El padre le proporcionó una colocación en las Escuelas de la Safa, Sagrada Familia, en la provincia de Jaén. La decisión y el trabajo no le aminoraron la pena que le roía. Durante este tiempo sus entrañables, benditos Maestrillos, Benéitez, Antolínez, Corral, Baciero estuvieron maternales. Ejemplarmente discretos. Todas las tardes baño, naipes en la playa, merienda y rosario.
A Burguillos se le arrancaba sólo de pensar que perdía amigos y hermanos de tal calidad humana. Todas las mañanas, si estaba buena la mar, bajaba solo a bañarse junto al langostero. El mar a esas horas solía estar quieto, acogedor, sensual… Se regodeaba con avaricia, pensando que Úbeda no tenía mar. Desde el agua veía la mole de la Universidad en todo lo alto. Era impresionante. Se le hacía un verdadero emporio. Un coloso de vida, entusiasmo, ideales, saberes y virtud. Sugestiva, difícil de verter en un adjetivo o en una metáfora. De sólo pensar que se le escapaba para siempre, se le apagaban el sol y la vida. Y se angustiaba. Y solo como estaba, clamaba bien alto, mirando a los cielos: «¿Dios mío, Dios mío, por qué así me tratas y abandonas?». Y a veces, pensando en todo, la sorpresa de sus padres, el disgusto, los comentarios de tantas gentes y tantos amigos, reconsideraba su determinación.
Sabía Burguillos que aquella experiencia le dejaría una huella psíquica para toda la vida. Era como nacer a un nuevo mundo. Y ante el futuro incierto que, descartada Isadora, no acababa de prefigurársele. ¡Qué pocas salidas…! Ninguna halagüeña… A veces le tentaba desechar dudas enfermizas, como quien tira los zapatos viejos, y ordenarse… Que nadie en su vía crucis de consultas le había afirmado categóricamente que no, que ordenarse sería un disparate. ¡Qué gozo seguir a Cristo, el de los pies descalzos! Se negaba a volver a las mismas veredas. Y lo de la Safa… quizá fuera un trabajo humillante, a las órdenes de cualquier jesuita… Mucho trabajo, poco sueldo y por todo futuro el Reino de los Cielos. Y seguiría amarrado de por vida al amparo del clero. Sin encontrar su propia identidad. Arruinado el ánimo, Burguillos pensaba en todo… Y si todo, Jesús incluido, fuera un montaje… Y si se nadase mar adentro…
Aunque canónicamente no pertenecía a la Compañía, Burguillos, de acuerdo con los Superiores, vivía privadamente como un jesuita. Hasta fajín y bonete vestía. Salvo en la obediencia, que andaba más suelto que el caballo del guarda, en lo demás cumplía. Todo cuanto necesitaba le venía a través de la Procura: ropa, libros, sellos de correo.
Pero al bendito padre Noguerol ‑que estuvo comprensivo y consolador‑, se le escapó este punto. Por mucho que Burguillos le recalcó que no se lo comunicaría a sus padres hasta pasada la prueba… Burguillos no tenía más ropa de vestir que sotanas y el batín de lujo… Ni más cuartos que para tomar un helado.
Escribió a F. Ruiz Vargas:
«Lo siento con la misma profundidad que siempre he sentido nuestra amistad. Me hacía mucha ilusión cincelarte la prédica de tu misa solemne… Me retiro… Deserto… Dios no me habla. Sólo tú y el padre Rector lo sabéis. A mis padres se lo ocultaré hasta que consolide mi determinación.
Sabes de mi voto de pobreza. Voy a trabajar con los jesuitas de Andalucía. No tengo un céntimo. Pasaré el verano aquí. Me veo forzado a ser pedigüeño. No necesito nada más que para un poco de ropa. No tengo nada más que sotanas… El viaje a Úbeda lo haré en autoestop. Paco, respeta mi dignidad. Si me envías algo, acepta la devolución. De otro modo, no me envíes nada. Dios, a través del ropero de los pobres, con el padre Nieto por medio, proveerá».
El portero le entregó una carta. Isa escribía desde Villaluz. Lamentaba la situación de la fonda. La atribuía al calor y al exceso de sidra… Y principalmente a la frialdad y broma con que él había tratado sus desgraciados sentimientos… Su madre había mejorado. Y que esperaba más cariño y comprensión de su parte: «No te voy a decir nada. Sabes lo que debes hacer. Pero no calculas el bien que le harías viniendo unos días a verla. Cada quien en nuestro sitio. Pero ella necesita todo el mimo del mundo. Y tú bien sabes cuánto te ha querido siempre y cuánto se alegraba con tus cosas… Está muy decaída».
Ni se le ocurrió a Burguillos pensar que fueran nuevas redes. Había visto a doña Angélica muy vencida. Y le rondaba la idea de que, ya desechado el sacerdocio, podía ir perfectamente a Villaluz. Que era un caso vinculante de gratitud y caridad. Con un mínimo de prudencia, nada iba a suceder. Y, al fin y al cabo ¿qué podía suceder…? Allí, en la paz de aquella casa, bien acogido y feliz de hacer felices a aquellas dos mujeres que tanto amaba, seguro que se le entonaría su espíritu. Y le vestirían en León como si fuera un gentleman. Curiosamente, Isa no aludía a su Ordenación. Cuando él, en repetidas ocasiones, se lo había anunciado sin concretar la fecha. A sus padres, dada su crónica inseguridad, siempre les dijo que les sorprendería rematado ya cura, cura…
Adonde más le dolía a Burguillos no ir era a Moral. Había enviado pilas de libros y mucha ropa. Todas las prendas talares menos la sotana que llevaba encima. Les había anunciado un viaje antes de ir a verles… nada, sobre órdenes. La madre, que era la secretaria, le azuzaba… a su modo: «El campo está muy bueno. La gente, muy contenta. Tu padre y el burro no paran de finca en finca. ¡Un añazo en todo! Fruta, grano… El majuelo se presenta muy prometedor. Ven pronto».
Hipersensibilizado como estaba, estas ternezas algo le quebraban dentro… «¿Por qué tanto sufrir, Señor, cuando debiera estar desfallecido de gozo en el debut de mi sacerdocio?». Le parecía que, a partir de los latigazos de Isa, se le había roto la vena del sufrimiento. Y que le estaba anegando el vivir. Tierra abonada para el sufrimiento iba a ser. «¿Y si fuera a consolarse a casa de las Bastida…? ¡Ay, mi libertad! ¡Mi independencia!».
Dejar Comillas sabía cuánto le iba a costar… Pero cuanto antes lo hiciera, antes cegaba la pena y el clamor que le chillaba desde cada rincón, a cada hora. El desapego y la vaciedad íntima ya no eran tan vivos, tan punzantes. Pero eran como una geografía de la que no podía evadirse. Como si todo se le estrellase contra un sinsentido. No podía quejarse porque una galerna súbita le hubiera hundido las naves de su destino. Las dos eran de papel y no necesitaron tormentas para desaparecer. Habían navegado siempre en el estanque chiquito de su imaginación veleidosa. Eran por naturaleza excluyentes, pero coexistían, se necesitaban para la esgrima. Isadora vino en socorro del supuesto anhelo sacerdotal. Que sin esa rivalidad seguro que se hubiera venido abajo mucho antes, por aburrimiento. Para él, teóricamente, era sublime; pero sin dinamismo, falto de arrastre. Condicionó su conducta en una ascética puramente moralista. Vivió la pobreza, fue casto y mortificado… pero sin espíritu. Nunca se le planteó problema de conciencia por desatender su formación específica, teológica. Y la dudosa perspectiva de su ordenación sacerdotal mantuvo a Isadora en reserva. Entonces, caído un contendiente, el otro se quedó sin juego.
Castillo Puche, al dejar Comillas, inició su correr literario escribiendo Sin camino. Como él otros muchos ex han podido sentir esa falta de brújula. Pero enseguida han dado destinos al corazón. Y han puesto a punto la capacidad de trabajo y saberes humanísticos que transfiere el seminario.
Descaminado, Burguillos se sentía con el alma en desamparo y la voluntad desolada. Los últimos quince años de su juventud eran los oportunos para consolidar el destino, la unidad de la vida. Se le habían ido sin fraguar una orientación definida, un ideal certero, consistente. El tiempo y las energías propicias para desarrollar su personalidad los había pasado en contemplar el nudo gordiano de sus dudas e indecisiones. Y cumplidos los treinta, advertía que este tejer y destejer penelopeo le había malvertido el capital humano destinado a capitalizar rasgos propios y vertebradores de su self, de sí mismo. Factores como la identidad, la autoestima, o la propia imagen no tenían solidez. La extensión y orientación de su yo eran tan precarias que sentía el desvalimiento esparcido sobre su vida.
El padre Punin, el Administrador, le entregó ó a Burguillos un giro de diez mil pesetas. Al día siguiente recibió una bonita carta de Ruiz Vargas: «Tu ausencia en el retiro de los Ordenandos me preocupó… Pasé ya de noche por tu habitación. No respondías… Amargamente te eché de menos en la Ordenación de subdiáconos… Y con mucho dolor y amor, en la que yo recibí el don del sacerdocio, le hablé a Jesús de ti… Después de la visita del Espíritu Santo… Nunca pensé… A mis padres les ha afectado la noticia. A mí, a pesar de conocer tu problemática, puedes imaginar… Ese dinero no te lo envío yo. Es cosa de mis padres. Te aseguro que, además de sentirse ofendidos, si se lo reintegras te lo volverán a mandar. Comprendemos que no acudas a mi primera misa. Pero pasados estos días, has de venir un tiempo con nosotros. Mamá me dice que no te compres más ropa que la imprescindible. Que cuando vengas, vamos a Madrid y ella te viste de joven encantador. Que si no, tú, de gris o de hortera como todos los exseminaristas… Papá piensa, cuando vengas, proponerte una buena colocación en su banco… Doy por hecho que nuestra amistad seguirá inamovible como Peñarredonda».
Pensó Burguillos que aunque no hubiera tenido tan disponible la sensibilidad, la carta y el giro le hubieran afectado. Favores, deferencias son de esas que se esculpen en el alma. Valoraba tantas atenciones. Pero eso de, cada día, ponerse a la misma hora corbata y sonrisa… Y a desvalijar a cuantos clientes pudiera. ¡Qué horror! Prefería andar de feria en feria, vestido de juglar, recitando romances. 0 de guardabosques, hablando con lobos y ardillas.

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