LAS MUJERES, DECIDIDAS, UNTARON EL POLVO de adormideras
en sus labios, y sus besos llevaban un veneno lacustre:
la irremediable luz de la vida y la inquietante luz
de la muerte. Las mujeres, silenciosas, aguardaban;
miraban cómo las olas morían unas tras otras en la orilla
donde los hombres dormían tendidos en la arena
con el desaire de náufragos felices. Y los desearon
con la pasión de la mantis religiosa; pero el mar, encendido
de cobres, los protegía con su verde muralla. Las mujeres
llevaron a la orilla frutas y avecillas en sus nidos,
y jaulas con pájaros cantores, y aguardaron pacientes
a que los hombres tuvieran sed y hambre y cayeran
en la indolencia. Pero los hombres seguían contemplando,
tendidos, la carrera del sol en el horizonte, y aquellos
rebaños de nubes con hocicos rosados y platas. Se despojaron
las mujeres de sus viejos vestidos y se vistieron de alas
y rayos y espejuelos. Los hombres se contemplaron en ellos
y se reconocieron como habitantes de sus salas de retratos
y se hundieron como desorientadas veletas dentro de aquellos
ojos, labios y senos y esperaron la huella de la vida.